viernes, 31 de mayo de 2013

Luz de las crueles provincias, de Héctor Tizón (1995)



«Giovanni recordaría durante mucho tiempo que en su aldea sólo unas pocas casas estaban habitadas y sus moradores eran muy viejos o muy tontos, cuyo destino era morir en la indigencia con orgullo o abandonar lo único que habían conocido. Las eras estaban yermas de tanto dar a lo largo de siglos y no valían nada, empequeñecidas, además, por las sucesivas divisiones. Ya no había lugar para una nueva familia. Pero, a pesar de todo, en su bodas habían alcanzado un capón, cuatro gallinas y un pavo para que comiese hasta el hartazgo toda la gente decente, aparte de los restos sobre los que se abalanzaron los mirones que estaban al acecho al caer la noche y cuando casi todos se habían ido y estaban muy borrachos los que quedaban.
Al día siguiente, muy temprano, el padre lo mandó llamar. Cuando él bajó de su cuarto lo vio observando las cenizas del fogón. No hacía frío ni corría viento.
—Todos sabemos lo que es este mundo —dijo el padre cuando se sintió que Giovanni estaba de pie cerca de él—. No tenemos nada que comer. Nos consumimos.
Él no dijo nada.
—Esta casa no da para dos y estoy demasiado viejo para ser yo quien se vaya... Y no voy a morirme pronto.
Él quiso decir algo; intentó decir que iba a llamar a su mujer que dormía arriba.
—No —dijo el padre—; ella no dirá nada, ni servirá que opine. Las mujeres sólo opinan cuando viejas, y demasiado... Deben irse, Giovanni.
Él estaba pálido y frío y alcanzó a balbucear:
—¿Cuándo?
—Cuanto antes —dijo el padre—; aquí no podemos esperar la misericordia divina. Esta tierra es tan pobre que ni siquiera Dios puede hacer nada con ella.
Giovanni notó que la claridad del día, metiéndose por la alta ventana, comenzaba a destacar las cosas: los peroles colgados, la fiambrera vacía, el perfil del padre con sus bigotes lacios abundantes y encanecidos, e intentó replicar.
El viejo entonces, incorporándose de junto al fogón y levantando la voz, dijo:
—¿Puedes decirme desde cuándo te permites hablar como si fuéramos iguales?... Te quedarás un par de semanas y luego se irán... El vapor sale a fin de mes y el cura lo ha arreglado.
Nunca olvidaría el triste adiós a la casa paterna, aquella mañana camino del puerto. Don Arigo, el cura, que para mantener el culto, a él mismo y a su barragana necesitaba dar misa y repicar en cinco aldeas a la redonda, les prestó su propio carruaje para viajar hacia el puerto y además les regaló una gallina asada y un escapulario. En un baúl llevaban todo lo que ambos tenían, incluido un grueso libro, de hojas apergaminadas y tapas de piel de chivo que el viejo le entregó diciéndole que lo conservase como lo habían hecho él y su padre y su abuelo y su bisabuelo y los anteriores porque allí estaba todo. Era el alba de un martes templada, luminosa e inapropiada para tan triste ocasión. Sólo media docena de personas estaban en el patio bajo el parral y el viejo dijo:
—No habrá despedida. Odio los velorios y las despedidas, de modo que pueden irse de una vez —después besó a Giovanni y entró en la casa. Nunca más volverían a verlo ni saber de él.»


Héctor Tizón, Luz de las crueles provincias, Buenos Aires, Alfaguara, 1995.


A la memoria de Héctor Tizón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.