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lunes, 25 de mayo de 2020

"La gesta de Luiggin", Violines y toneles, Roberto J. Payró (1908)




«La gesta de Luiggin.


A Pedro Angelici.

I

–En cuanto junte un capitalito, pongo una carpintería por mi cuenta. El que trabaja hace camino en este país, ¡todo el mundo me lo ha dicho!
Así pensaba Luiggin, el marido de la linda Marietta al desembarcar en Buenos Aires por el antiguo muelle de pasajeros, con pocas liras en el bolsillo y muchas ilusiones y esperanzas en la cabeza, su decisión de buen piamontés, sus fuertes brazos de mozo robusto y su habilidad de oficial carpintero.
Había que verlo subir por la barranca de la calle Piedad hacia el centro, alto, enjuto, con sus largos bigotes negros y sus ojos resueltos y brillantes, dejando colgar los brazos de que pendían dos macizo y encallecidos puños, balanceados por el movimiento, al lado de Marietta, menuda y vivaracha, en cuyo rostro sonrosado ardían como brasas los labios y como llamas las pupilas.
Se habían casado hacía poco, en una aldea próxima á Turín, convenidos de antemano para venir á América en busca de fortuna, seguros de sí mismos, de su buena suerte, de su amor y de su alegría. Y se embarcaron días después de la boda, y aquí estaban ya, en el teatro de la lucha, dispuestos á vencer y convencidos del triunfo.
Luiggin no perdió tiempo, y antes de acabar con la última de las pocas monedas que había traido, ya tenía ocupación y salario en el taller de un paisano suyo, y veía el horizonte de color de rosa, soñando entre las astillas y las virutas con su futuro establecimiento, las riquezas, la vuelta triunfal á Italia y á su pueblo. Su mujer soñaba con él, en las horas tranquilas del descanso, frente á la frugal comida, y á los proyectos de ambos se mezclaban risas y bromas, la afectuosa jovialidad de gente optimista que cuenta con su fuerza y su juventud, y no vislumbra siquiera dificultades en el camino.
El salario era pequeño, bastaban apenas para sus necesidades; pero modestos y ordenados, no sufrían ni se quejaban.
–Hay que empezar por el principio –decía Luiggi, –y es malo apurarse mucho.
Y reía y cantaba bromeando con Marietta, y en el taller, envuelto en aserrín y polvo, su voz alegre, se oía de la mañana á la noche, vibrante de contento y de confianza.
Hasta entonces le había sido imposible poner nada de lado, pues los gastos se equilibraban estrictamente con las entradas. Pero ¿no tenía aquellos brazos formidables y aquel pecho de atleta? ¿Para qué pedir más? ¡Tiempo al tiempo, qué diablos!... Y sin embargo, sin ahorros, no podría establecerse por su cuenta… ¡Bah! Ya llegaría el momento de economizar, aunque el patrón, “paisano” y todo, se mostrara duro y mezquino.»

Roberto J. Payró, Violines y toneles. Buenos Aires: M. Rodríguez Giles, Editor, 1908.

"Inmigrantes á bordo", Violines y toneles, Roberto J. Payró (1908)



«Inmigrantes á bordo.


A José León Pagano.

A bordo del “Pelagus” 14 de Diciembre de 1903.

Mi querido amigo: Mañana, por fin, vamos á desembarcar, con dos días de atraso, y entonces echaré al correo esta primera carta que te escribo, todavía bajo la impresión de terribles emociones.
Mi pasaje de tercera me dio un sitio entre cuatrocientos cincuenta pobres diablos como yo, que llenan el entrepuente convirtiéndolo en una especie de plaza de aldea en día de mercado, pero sin aire, ni luz, ni alegría. Está rebosando de hombres, mujeres, niños, en revuelta confusión, que hablan todos los idiomas, exhalan todos los olores, visten todos los harapos... No te puedes imaginar lo que una persona medianamente educada, por mucho que sea la amplitud de su espíritu, padece en lo físico y lo moral durante uno de estos viajes dolorosos y deprimentes. Mis compañeros mismos, aunque en su mayoría hechos á la miseria, se sienten rebajados de su dignidad de hombres y se rebelan instintiva é inconscientemente contra ello, manifestando la protesta con su irritabilidad y mal humor.
Considérame en este hacinamiento humano, entre multitud de mareados que en un principio aumentaban minuto por minuto, con las apreturas, la falta de aire, el hedor, el contagio inevitable por la excitación y luego depresión de los nervios… En los primeros días yo no podía estar sino en el puente, echado de bruces sobre la borda, mirando el mar, bebiendo la buena brisa del Océano, hasta que la fatiga me obligaba á ir á acostarme abajo, en aquellas mazmorras de madera, en que las camas parecen obscuros estantes para mercancías sin valor, desperdicios de humanidad… Pero no podía quedarme mucho rato: apenas me despertaba cualquier ruido, cualquier movimiento, semi-asfixiado por aquella atmósfera gelatinosa, irrespirable, corría á cubierta y me bañaba en el viento, como para sacarme una pringue que me cubriese de pies á cabeza. Mis pobres compañeros, anónimas reses de aquel rebaño encajonado, sufrían también, y en medio de la noche, entre ronquidos y respiraciones anhelosas, sonaba de vez en cuando algún terno sofocado, alguna imprecación, algún juramento…
Así navegamos varios días, sin poder acostumbrarme á tal suplicio, cuando de repente empeoró nuestra situación sorprendiéndonos una terrible tempestad… El barco amenazaba á cada instante hundirse en el mar para no reaparecer. Las olas rompían sobre el puente, con verdadero furor, cataratas intermitentes y repentinas que se precipitaban con el estruendo de un estampido, arrebatando cuando había sobre cubierta. Era casi imposible mantenerse allí, pero, abajo, con los ojos de buey cerrados y los ventiladores insuficientes, la permanente era una tortura intolerable. Por eso, desdeñosos del baño continuo y del peligro inminente, muchos pasajeros de tercera, y yo entre ellos, preferimos quedarnos arriba, nerviosamente asidos de los cabos, de los pasamanos, de todo cuanto presentara un firme punto de apoyo. Las olas que entraban por la proa y llegaban hasta más de la mitad del trasatlántico, en forma de torrente furioso, nos envolvían empapándonos, y sus espumarajos pasaban sobre nuestras cabezas, haciendo que el puente y todos sus accesorios, mástiles, chimeneas, ventiladores, correaran agua como bajo una lluvia diluviana. Peo aunque á cada momento podíamos ser lanzados, cual por una catapulta, á la inmensidad del Océano negro como tinta, muchos preferíamos el peligro al aire libre, á las angustias de la asfixia… Pero la situación fue haciéndose insostenible, la lucha para mantenernos y no ser arrebatados agotaba rápidamente nuestras fuerzas, y uno por uno, mis compañeros comenzaron á bajar derrotados… Quedábamos los más fuertes, los que más odiábamos el encerramiento, cuando el comandante ordenó:
–¡Todo el mundo abajo! –al ver que una nueva partida de inmigrantes subía á respirar á despecho del peligro.»

Roberto J. Payró, Violines y toneles. Buenos Aires: M. Rodríguez Giles, Editor, 1908.

jueves, 14 de mayo de 2020

El casamiento de Laucha, Roberto J. Payró (1906)





«La casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde o la mañana.
Entramos a la ramada, y del otro lado de la reja se nos apareció una mujer de más de treinta años –después supe que tenía treinta y cuatro–, bastante buena moza todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y ojos oscuros. Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí que era italiana.
–Doña Carolina –le dijo el repartidor–, aquí le traigo un forastero que anda medio en desgracia, y como el hombre busca trabajo, yo le he dicho que aquí puede ser que encuentre. ¿Qué le parece?
–Sí –contestó la mujer, mirándome con atención–; si se queda por acá, luego o mañana no más, han de venir del establecimiento de Torres… Lo pueden conchabar…
–Y usted, doña Carolina, ¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo vivo y capaz de ayudarla.
–¡Oh, yo! –dijo la gringa, suspirando– ya no pienso en eso. Se me ha ido la idea.
–No importa –le dije–; me quedaré a esperar a los de Torres. Y, de mientras, sírvanos dos vasos de vino que sea bueno, que estoy galgueando de sed, y este compañero no le digo nada.
Tomamos el vino, que era bastante rico, y el repartidor se despidió porque tenía apuro de llegar al pueblo. Yo me quedé a la espera, mirando la casa, para matar el tiempo. El almacén estaba regularcito de surtido, con muchas bebidas, latas de conservas en un estante, salchichones y tocino colgados del techo, queso y dulce de membrillo en una vidriera, junto con masas de facturería, caramelos largos, pan viejo y galleta.
Había también cosas de ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijera de esquilar, hachas, lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos; pero del otro lado de la reja, lo mismo que las cosas de tienda, bramante, zaraza, coleta, ponchos, camisetas, pañoletas, calzoncillos, chiripás, hilo, canutillo, pañuelos de seda celestes y colorados, y qué sé yo qué más.»



Roberto J. Payró, El casamiento de Laucha. Buenos Aires: Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1906.

Ilustraciones de la primera edición.


El casamiento de Laucha, película de Enrique Dawi (1977)





“El casamiento de Laucha”, película argentina dirigida por Enrique Dawi. 

Guion de Enrique Dawi y Emilio Villalba Welsh a partir de la novela homónima de Roberto J. Payró.

Actores: Luis Landriscina, Malvina Pastorino, Osvaldo Terranova, Mario Sánchez, Noemí Laserre, Ulises Dumont, Marta Albertini, Amalia Bernabé, Romualdo Quiroga, Alberto Irizar y Pedro Quartucci.

Estreno: 18 de agosto de 1977. 

miércoles, 13 de mayo de 2020

Pago Chico, Roberto P. Payró (1908)





«El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el ferrocarril, pues entonces comenzaron a establecerse “barracas” para el acopio de frutos del país –lana, cueros, etc.– . Estos establecimientos fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando a efectuar ciertas operaciones bancarias –depósitos en cuenta corriente y a plaza fijo, descuentos, giros– que antes hacían difícilmente las principales casas de comercio.
Entre estas últimas, la más notable era la de Gorondo, que reunía en un inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de madera, hierro y tejas, mueblería, armería, hojalatería, pinturería, ropería, librería, papelería y droguería, amén de otras especialidades.
Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia, y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías, almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías, zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un conato de librería y una cigarrería pequeña; casas entre las que sobresalía como una perla de incomparable oriente la

Sapateria e spacio di bevida
di Romolo e Remo
  di Giuseppe Cardinali

Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes que París, o al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda reaparecer cuando se complete el ciclo de su evolución progresiva.»

Roberto J. Payró, Pago Chico. Buenos Aires: Casa Editorial Mitre - M. Rodríguez Giles, 1908.

lunes, 10 de junio de 2013

La Australia argentina, de Roberto J. Payró (1898)



«La gran mayoría de los que regresan no han fatto l’America sino, por el contrario, se van quejando de la desastrosa aventura que los vuelve derrotados a su vieja tierra. Sin embargo no se les había ofrecido más de lo que podía dárseles: campo en que hacer su hogar y desarrollar su acción, seguridad de vidas y haciendas, justicia rápida, equitativa, insospechable, barata, comunicaciones fáciles para la salida de sus productos. Y todo esto que puede, que debe dárseles, porque nos beneficiaría a nosotros mismos en primer término, se traduce precisamente en todo lo contrario…
La tierra —mucha parte de ella, por lo menos— está en poder de compañías especuladoras y avaras, que mientras aprovechan el trabajo del colono no le permiten conquistar el pedazo de terreno comprometido y que sería su independencia, porque permitiéndolo perderían el siervo seudolibre que las enriquece. La seguridad de nuestras campañas ha sido y es un mito, pues las autoridades encargadas de velar por ella se nombran con miras inconfesables de dominio político, y con el mismo fin les dejan facultades tiránicas de que todavía abusan…»

Roberto J. Payró, La Australia argentina, Buenos Aires, Imprenta de La Nación, 1898.

viernes, 23 de marzo de 2012

Italia y Argentina en la literatura. Diálogos y entrecruzamientos.



Italia y Argentina en la literatura.
Diálogos y entrecruzamientos [1]

Fernanda Elisa Bravo Herrera [2]

Hablar de los vínculos entre la cultura italiana y la argentina implica inevitablemente considerar, como punto de partida, el fenómeno de la inmigración italiana que inició aún antes del gran éxodo y, como lo señala Fernando Devoto en su Historia de los italianos en Argentina (2006), se remonta al período colonial. La “gran migración” italiana se produjo desde 1870 hasta la Gran Guerra; sin embargo, los flujos migratorios continuaron hasta después de la II Guerra Mundial sin llegar a ser aluviones, agotándose en 1976. En un siglo emigraron 26 millones de italianos, la misma cantidad de habitantes que había cuando Italia se unificó. Entre 1857 y 1930, señala Lucía Gálvez en Historias de Inmigración (2010), la población en Argentina se duplicó cada veinte años y en 1914 más de la mitad de la población de Buenos Aires no era nativa argentina.
El aluvión inmigratorio –no solamente el italiano– implicó un cambio en la sociedad argentina que Vanni Blengino denominó “simétricamente  transitivo” en cuanto también significó una modificación en la identidad de los inmigrantes. La inmigración en Argentina transformó el horizonte urbano y también el rural con la creación de colonias, especialmente en la zona de la pampa. Es por ello que esta zona se denominará sucesivamente “pampa gringa”, no obstante la organización en latifundios que impidió el desarrollo de un sistema agrario fundado en la colonización, como lo denunció Gastón Gori en numerosos de sus ensayos, entre los que se puede mencionar La pampa sin gaucho (1952), El pan nuestro (1958), El desierto tiene dueño (1958), Inmigración y colonización en la Argentina (1964). En estas transformaciones, la inmigración italiana tuvo una visibilidad relevante no solamente por su importancia cuantitativa sino también porque, a diferencia de la inmigración española, se percibían claramente las diferencias existentes, inclusive aquellas internas relativas a las regionales italianas que hacían que éstas se presentaran como un grande mosaico cultural. Por este último factor es necesario remarcar que las generalizaciones en torno a la inmigración italiana hicieron que muchas de las articulaciones internas perdieran su complejidad y algunas de las contradicciones que la definían en su totalidad. En este aspecto, los estereotipos funcionaron como una negación y una simplificación del fenómeno de la inmigración italiana y el Cocoliche, personaje de los sainetes, una mera caricatura, arbitraria y descontextualizada, de la cultura italiana que, más bien, debe considerarse como una red compleja de culturas regionales y estratificadas.
El fenómeno de la inmigración fue percibido y “narrado” de diferentes formas a lo largo de a historia, en una y otra orilla del Atlántico. La literatura recoge estas perspectivaciones, contradictorias y complejas, que parecen un caleidoscopio de imágenes y representaciones. Si en Italia, después del boom económico, se había cancelado de la memoria el pasado vinculado con la migración por considerársela una especie de estigma, de hemorragia social; al unificarse Europa y ante la “amenaza” externa, por la europeización, e interna, por los flujos migratorios de los llamados países extracomunitarios, las identidades regionales y la idea de identidad nacional se reforzaron, recuperando con ella las historias vinculadas con la migración evidenciada, entonces, como una epopeya. Durante el siglo del gran éxodo, en Italia, una política a favor de la emigración sostuvo el desplazamiento de masas, sobre todo campesinas, en parte, como una medida para sanear el tejido social, favoreciendo así las compañías navieras que publicitaban los viajes inclusive a través de guías para emigrantes y estipulando contratos de trabajo en los países de destinación para los emigrantes. En el período fascista emigrar no era visto como una manifestación de debilidad del estado italiano, sino como una oportunidad para los pioneros y los colonos portadores de cultura y civilización en el mundo, aunque el gobierno fascista tratara de desalentar el éxodo. La realidad, sin embargo, demostraba que esta percepción optimista de la situación de los emigrantes italianos estaba lejos de toda idealización. Además de las dificultades de integración y los traumas de la migración, en los diferentes momentos del viaje muchos inmigrantes enfrentaron problemas que no se debían tanto a las complicaciones burocráticas cuanto al impacto con la palabra escrita, porque en muchos de ellos la cultura se transmitía oralmente. La fragmentación lingüística de los dialectos regionales era la manifestación más evidente de la complejidad cultural de los inmigrantes italianos, que construyeron su identidad nacional no en su patria de origen sino a través de la experiencia migratoria, como una forma de reconocer identificaciones y diferencias.
En la Argentina, el proceso de nacionalización determinó que la inmigración fuera acogida en el territorio argentino en función a un proyecto político que implicaba que estos extranjeros se integraran a este país. Tal vez, por ello, más que hablar de una “italianización de la Argentina”, como propuso Maciel en 1924, se debería hablar de una argentinización de los italianos que implicó lo que Ricardo Rojas calificó como “restauración nacionalista” (1922), es decir una didáctica de la identidad argentina. Se trató, en parte, de un proceso de invención de tradiciones y de identidades, cuyos fantasmas –hundidos en una pampa ganada a los indios y con la voz idealizada de los gauchos– respondían al propósito de crear una nación y sus mitos. A estos fantasmas de la gauchesca se sumaron los de la mitología del arrabal y del malevo en una ciudad también mitologizada e idealizada. La consolidación del espíritu nacional, sostenido por la euforia exterior del primer Centenario de la Revolución de Mayo –no obstante todos los conflictos sociales que la acompañaron–, procuró contrarrestar el riesgo de la dispersión que ya se insinuaba en el país, desde una Buenos Aires transformada en una creciente Babel por las diferentes colectividades de inmigrantes. Se desarrolló, entonces, un proyecto político, asentado en bases didácticas, tendiente a lograr la homogeneización de las masas inmigrantes, suprimiendo en ellas las diferencias, para que pudieran ser absorbidas en la sociedad argentina. En 1928, la revista Nosotros realizó una encuesta para tratar de establecer la influencia italiana en la cultura argentina. En esta revista, Ricardo Rojas estableció que el fenómeno inmigratorio no había sido determinante en la conformación de la argentinidad, ya que ésta se basaba no en el factor étnico sino en el ético. Esta percepción de la argentinidad en los hijos de inmigrantes italianos ya había sido percibida incluso por representantes del gobierno de Mussolini en Argentina, como puede leerse en el informe diplomático de Giovanni Giurati del 1924 en el que informó que los descendientes de los italianos en Argentina no solamente eran nacionalistas argentinos sino inclusive anti-italianos. La situación se mantuvo igual en la década siguiente, como lo testimonió Massimo Bontempelli en su viaje a Buenos Aires junto a Luigi Pirandello en 1933. Este era el resultado de la política de nacionalización de los inmigrantes que incluyó una legislación que impulsó diferentes medidas dirigidas a la integración de los extranjeros y a la imposición de la identidad argentina según la imagen construida por los nacionalistas, como la Ley de Inmigración y Colonización de 1876 de Avellaneda, la Ley de Educación de 1884, la Ley Sáenz Peña de 1912, unida a mecanismos de control de los conflictos sindicales y a rebeliones anarquistas como la Ley de Residencia de 1902 y la Ley de Defensa Civil de 1910.
El mito del “crisol de razas” –que Florencio Sánchez propuso en La gringa (1904), reafirmó Roberto Payró en Marco Severi (1905) y se presentaba en los sainetes como presupuesto ideológico imprescindible en el proyecto nacional– configuró una imagen de equilibrio social en el que los conflictos sociales provocados por la inmigración parecían resolverse. Esta representación, no obstante, era opuesta a la posición xenófoba que acentuaba las tensiones y evidenciaba un fuerte rechazo a esa masa inmigratoria que no respondía a la imagen idealizada del inmigrante durante el proceso de organización del estado nacional en el siglo XIX. Sarmiento ya había señalado en diferentes artículos publicados entre 1855 y 1889, y luego reunidos por Ricardo Rojas en La condición del extranjero en América (1927), que habían sido las masas campesinas e ignorantes las que primero habían emigrado de Europa. Este rechazo se inscribió en varios textos literarios, especialmente narrativos, como ¿Inocentes o culpables? (1884) de Antonio Argerich, En la sangre (1887) de Eugenio Cambacères y El diario de Gabriel Quiroga (1910) de Manuel Gálvez. En este último, Gálvez, detrás de la máscara de Gabriel Quiroga, anota en su diario que los inmigrantes sólo llegan al país impulsados por su “mero propósito de lucro” y son incultos, hambrientos, desmoralizados, “campesinos, miserables glebarios en quienes la herencia de incultura y de barbarie y la rudeza del trabajo han suprimido toda capacidad estética”. La mirada del grotesco criollo acompañó la profundización del drama de la inmigración, especialmente a través de las obras de Armando Discépolo como Stéfano (estrenada en 1928), que representó dramáticamente el fracaso no solamente del inmigrante sino fundamentalmente del proyecto de una Argentina próspera, del mismo modo que en Babilonia (sainete estrenado en 1925) denunció la imposibilidad de una convivencia social.
Dentro de la numerosa producción literaria y testimonial en Argentina vinculada con la inmigración italiana, podemos mencionar, sin detenernos más por falta de espacio en esta ocasión, La muerte de Antonini (1956) de Gastón Gori, Los nombres de la tierra (1985) de Lermo Rafael Balbi, Gente conmigo (1961), Extraño oficio (1971), Taller de imaginería (1977), de Syria Poletti, Composición de lugar (1984), El fantasma imperfecto (1986) de Juan Carlos Martini, Camilo asciende (1987), Mudanzas (1999) de Hebe Uhart, Santo oficio de la memoria (1991) de Mempo Giardinelli, Mar de olvido (1992) de Rubén Tizziani, Oscuramente fuerte es la vida (1990), La tierra incomparable (1994) de Antonio Dal Masetto, Luz de las crueles provincias (1995) de Héctor Tizón, Stéfano (1997), Pavese / Kodak (2001), Lengua madre (2010) de María Teresa Andruetto, Diálogos en los patios rojos (1994), Si hubiéramos vivido aquí (1998) de Roberto Raschella, El mar que nos trajo (2001) de Griselda Gambaro, La Nona (1977) Gris de ausencia (1981) de Roberto Cossa, entre otros. A esta lista habría que agregar otros nombres, como los de Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Manuel Mujica Láinez, Ernesto Sábato, Alberto Girri, Julio Cortázar, José Pedroni que vivencian lo italiano de diferentes formas, sin que necesariamente se centre exclusivamente la atención en el fenómeno de la inmigración. Hay, por otro lado, numerosa bibliografía que se ocupa de la historia de la inmigración italiana, considerando algunas temáticas particulares: por ejemplo, sólo por nombrar algunos, los relatos testimoniales como Las italianas. Historias de inmigrantes italianas afincadas en colonias agrícolas santafesinas y de sus descendientes (2006) de Norma Battú o las narraciones orales recogidas como Antiguos cuentos de Colonia Emilia y Zonas Vecinas (2009) de Norma Battú; la historia del anarquismo en Severino Di Giovanni. El idealista de la violencia (1970) y Los anarquistas expropiadores y otros ensayos (1975) de Osvaldo Bayer; la historia de la mafia en Historias de la mafia en la Argentina (2010) de Osvaldo Aguirre; la presencia del fascismo en Fascismo trasatlántico. Ideología, violencia y sacralidad en Argentina y en Italia, 1919 – 1945 (2010) de Federico Finchelstein; los estudios literarios de David Viñas, Adriana Crolla y Trinidad Blanco de García, entre otros tantos. Por otra parte, es interesante la producción dirigida a los lectores niños y jóvenes que combinan textos e ilustraciones como, por ejemplo, La gran inmigración (2006) de Ema Wolf y La inmigración en Argentina (2009) de Oche Califa que se propone como “comic cultural”.
En cuanto a la literatura italiana que inscribe la emigración a la Argentina, ésta comprende un corpus amplio, no encuadrado completamente en el canon de la literatura italiana. Entre los textos de mayor relieve podemos nombrar, además de las poesías de Dino Campana relativas a su viaje a Argentina, Il Dio ignoto (1876) de Paolo Mantegazza, Emigrati (1880) de Antonio Marazzi, Sull’oceano (1889), In America (1897) de Edmondo De Amicis, Senza patria (1899) de Pietro Gori, Esilio (1914) de Ada Negri, Le novelle d’oltreoceano (1916), Magda Silveyra (1917), I Roscaldi (1924 y 1930) de Nella Pasini, La memoria fastosa (1987) de Cesare Mazzonis, Un caffè molto dolce (1996) de Maria Luisa Magagnoli.
Sin embargo, no obstante la masiva presencia de los italianos en la sociedad argentina y las afinidades culturales, si se consideran las relaciones entre las literaturas de ambos países, algunas cuestiones parecen contradecir la creencia difundida de una penetración determinante de la literatura italiana en la argentina. Las relaciones literarias entre ambas literaturas nacionales fueron estudiadas, en parte, por Giuseppe Bellini en Storia delle relazioni letterarie tra l’Italia e l’America di lingua spagnola (1977) y especialmente por Alejandro Patat en Un destino sudamericano. La letteratura italiana in Argentina (1910-1970) (2005), quien analiza la recepción, la difusión y la crítica de la literatura italiana en Argentina, atendiendo la producción de las revistas Nosotros (1907 – 1934), Martín Fierro (1924 – 1927), Sur (1931 – 1981) y la labor crítica del italianista Gherardo Marone (1891 – 1962). A su vez, en Italia, son importantes los estudios de Vanni Blengino –autor de la novela Ommi! L’America (2007), relato de su experiencia en Argentina–, como Il vallo della Patagonia. I nuovi conquistatori: militari, scienziati, sacerdoti, scrittori (2003) y La Babele nella Pampa: gli emigrati italiani nell’immaginario argentino (2005). Otros estudios recientes que se pueden mencionar son Di proprio pugno. Autobiografie di emigranti italiani in Argentina e in Brasile (2003) de Camilla Cattarulla, Tra memoria e finzione. L’immagine dell’immigrazione transoceanica nella narrativa argentina contemporanea (2004) de Ilaria Magnani y La patria di riserva. L’emigrazione fascista in Argentina (2006) de Federica Bertagna.
Toda esta producción, sumada, por ejemplo, a las actividades, eventos y muestras vinculadas con la inmigración, entre las que se puede mencionar la reciente muestra oficial del Festival de la Luz “Migraciones”, evidencian la actualidad y la permanencia de la reflexión y del estudio de las relaciones culturales entre Argentina e Italia, no sólo a través de las literaturas, sino como una forma más de comprender la historia nacional y una presencia definitoria de la identidad colectiva en este país.

[1] Este artículo fue publicado en la Revista Claves, dirigida por Pedro González. Salta, agosto, Año XIX, N° 192, 2010, pp. 8-9.
[2] CONICET - INSOC - Universidad Nacional de Salta.