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viernes, 4 de octubre de 2024

Presentación de "Il mistero di Puccini" de Liliana Bellone, a cargo de Maria Gabriella Dionisi y Rosa Maria Grillo






Presentación de Il mistero di Puccini de Liliana Bellone, 
a cargo de Maria Gabriella Dionisi y Rosa Maria Grillo 
en el "Festival della lectura e dell'ascolto", 
organizado por la Federazione Italiana Scrittori.
Nápoles, 4 de octubre de 2024


 

viernes, 15 de mayo de 2020

Puccini. La biografía americana, Liliana Bellone (2019)




«Giacomo Puccini siempre trató de imaginar los primeros tiempos que pasó su hermano Michele en San Salvador de Jujuy, ese lugar ignoto, de nombre indígena, sonoro como de flauta o silbido de pastores. Lo cierto es que Michele llegó a Jujuy como invitado especial del Senador de la Provincia. Todo era exaltación y agasajos, paseos y tertulias. Los diarios de Buenos Aires hablaban de la llegada del joven músico a la Argentina y colmaban de elogios su figura mientras anunciaban las próximas obras de Giacomo, el gran triunfador. Sin embargo en la soledad de su cuarto, Michele sentía una gran desazón pues no acertaba a desentrañar la realidad; las cosas y los acontecimientos le parecían un sueño. Se miraba al espejo y experimentaba cierta extrañeza ante sus manos, sus ojos, su pelo, su vestimenta. ¿Cómo había podido llegar tan lejos de Italia, a esa pequeña ciudad arrinconada entre los Andes y el altiplano de Bolivia?»

Liliana Bellone, Puccini. La biografía americana. Madrid: Editorial Verbum, 2019.

jueves, 12 de abril de 2012

Augustus, de Liliana Bellone (1993)



«Estoy mirándome en el espejo de nuevo. Tengo el pelo más rojo, va aumentando. Pronto lo tendré completamente rojo como vos, Clara, como vos hermana con tus ojos que están ahí en el espejo mirándome desde adentro del vidrio, sos vos, soy yo mirándome a mí que estoy afuera, soy yo que estoy en un lago mirándote a vos y me sumerjo en tus pupilas, profunda agua sin fondo, en tus mis pupilas aguas sin fondo profundas. Clara Eugenia Elena Clara Isabel Elena Clara Eugenia vos muriéndote por ese descastado de Iriarte como yo Elena muriéndome por ese descastado infeliz de Iriarte porque Pablo no me amaba, sentía sólo pasión por mí como Ángel no te amaba, Elena, y sentía sólo deseo por vos, Elena Campassi querida, hermana menor Elena Campassi como Santa Elena y la reina de Italia, amada de papá, preferida de papá.» 



«Afuera el vacío me espera. Me invade el espanto y estoy absorta, estática en la espera del fin porque sé que Teresa Guaymás uno de estos días abrirá la ventana y voy a volar por el aire haciéndome ceniza.El viento de agosto sacude postigones y gruñe, a veces, escucho en medio de su rugido dolorosos ayes y lamentos porque ahora que soy casi transparente, mis sentidos pueden advertir sonidos y formas imperceptibles para los demás y sé que esos quejidos ocultos en las ondas del vendaval pertenecen a las almas hechas jirones de los lujuriosos y los adúlteros que purgan sus pecados chocándose unas con otras en una danza eterna».

Bellone Liliana, 1999 [1993], Augustus, Ediciones del Robledal, Salta [edic. orig. Ediciones Casa de las Américas, La Habana].

Memorias y exilios en Augustus de Liliana Bellone (1993)


La Ciudad Doliente y los espejos [1]

Fernanda Elisa Bravo Herrera

En Augustus, Liliana Bellone (Premio Casa de las Américas 1993) reconstruye la historia de cómo una familia de pioneros inmigrantes en Campo Santo, un pueblo del interior de la provincia de Salta, en Argentina, llega a la ruina. La historia se construye en el monólogo de Elena/Clara Gambassi, memoria de esa desgracia, imbricando en esa autobiografía refractante problemáticas identitarias sin resolución. Marginalidad, exilio, pérdida, periferia conforman en esta novela un espacio de memoria individual y colectiva, fragmentada, perdida, modificada, en exilio.
 La literatura y la palabra escrita devenida ficción y simulacro constituyen el único espacio de la memoria y, paradójicamente, indican la imposibilidad de una memoria fuera de ese ámbito, es decir, no literaria, no ficcional. La palabra enmascara y recupera una identidad que se ha ido cancelando, desfigurándose, deshilachándose. La muerte, en acecho, no es una metáfora de la pérdida de identidad solamente, sino también manifestación de un exilio cultural, físico y simbólico resuelto siempre como pérdida para el narrador, no obstante la escritura de los recuerdos. 
El exilio, estigma de una expulsión de un mundo, es la pérdida de un horizonte socio-ideológico propio y la consecuente inmersión en un caos discursivo en el que el ensamblaje de voces y discursos fragmentados enfoca, justamente, el problema de una identidad fragmentada, desplazada. En vinculación con esta problemática, Augustus se inscriben en la vasta producción que en Argentina –y no solamente– ha registrado y narrado el exilio, en tanto partida, ausencia e imposible regreso. Tal es el caso de la novela Libro de navíos y borrascas (1983) de Daniel Moyano, cuyo capítulo «Cadenze”, eje del texto, es una especie de «summa poética» del exilio y propone, como toda la novela, el desdoblamiento discursivo en el diálogo aparente. Estrategia compartida en Augustus que revela y oculta en múltiples juegos especulares la identidad entre las dos hermanas y los desdoblamientos de ambas, revelando en ello no solamente las versiones y las fatalidades de un destino compartido sino fundamentalmente la conflictividad identitaria que cancela certezas y rasga a los sujetos.
Desde el inicio de la historia de la familia Cambassi la pérdida, provocada por la inmigración, se configura como la fuerza definitoria. La idealización de valores identitarios compartidos con otros inmigrantes y con  la clase «privilegiada» o dominante del pueblo funcionan como estrategias de compensación de la pérdida de la patria de origen y como mecanismos de inclusión e integración en la nueva sociedad. En este proceso, la imagen del barco opera como símbolo de una pérdida que se perpetúa, no obstante los varios intentos de suplir dicha carencia. La educación en la cultura francesa de las hijas de inmigrantes italianos manifiesta una doble alienación cultural, ya que, abandonando la cultura italiana para integrarse a la sociedad argentina, la adhesión a la cultura francesa constituye el medio para alcanzar un status y salir del margen. Esto, por otra parte, se impone por medio de una introspección que conduce, paradójicamente, a la periferia del espacio dominante que se toma como modelo cultural. Así se manifiestan las relaciones asimétricas de dependencia desde la colonialidad, desde la interiorización e incorporación de estructuras mentales de lo colonial, de desvalorización de la propia cultura.
No obstante el «parricidio», la inmigración y la desobediencia al orden patriarcal, en esta historia los mandatos familiares se imponen, a través del castigo final, a las hijas, mostrando en el relato cómo la casa cerrada, casa tomada al fin y al cabo, es un infierno en el que las culpas tienen su propio lugar. El final de Augustus, marcado por la constante presencia del fuerte viento de agosto, reescribe el fuerte vendaval del Canto V del Infierno dantesco. El infierno, sin embargo, en Augustus, no se resuelve en la eternidad, ya que el castigo determina el fin de la familia, de la casa y, con ella, de todo lo que ésta representa. El castigo eterno, en ese viento que arrasa todo ese mundo ya muerto, es el vacío, el exilio.


 Bellone Liliana, 1999 [1993], Augustus, Ediciones del Robledal, Salta [edic. orig. Ediciones Casa de las Américas, La Habana].



[1] Texto modificado y breve de la ponencia presentada en el XXXIII Congreso Internacional de Americanística, organizado por el Centro Studi Americanistici “Circolo Amerindiano” Onlus en Perugia (mayo de 2011). Texto completo publicado: “(Des)articulación de memorias, soledades y exilios: Augustus y Fragmentos de Siglo de Liliana Bellone”, en Quaderni di Thule. Rivista italiana di studi americanistici. Atti del XXXIII Convegno Internazionale di Americanistica. Perugia: Centro Studi Americanistici “Circolo Amerindiano” Onlus, 2012. CD-Rom.

martes, 3 de abril de 2012

Inmigración: conflictos culturales y problemáticas de la identidad


Las miradas de los otros*

Fernanda Elisa Bravo Herrera

La inmigración es un hecho social complejo, heterogéneo y multifacético, que no implica sólo una movilidad geográfica-social, resultante mecánica de factores macroeconómicos y proyectos políticos, sino también problemáticas y procesos de conexión dialéctica y conflictiva entre diferentes identidades, culturas y referentes sociales – inscriptos en recorridos personales, familiares y grupales – que dan cuenta de la elaboración de relaciones y experiencias de movilidad simbólica, pertenencias, pérdidas, identificaciones y diversidades, significativas desde la alteridad en la cotidianeidad, en la memoria y en el imaginario social. Este artículo intentará aproximarse a las problemáticas identitarias y culturales de la inmigración en general, señalando algunas cuestiones particulares y fragmentarias de la emigración italiana en la Argentina y de la argentina en Italia – en relación con producciones literarias argentinas – como una invitación abierta a pensar la propia historia y el presente.

Fronteras e identidades en conflicto
La emigración es un fenómeno pluridimensional, conectado con los sistemas sociales y culturales, que no comprende únicamente una movilidad demográfica, geográfica, territorial y judicial dentro o fuera del propio espacio nacional o del de la comunidad de origen sino también procesos de construcción de nuevas y diferentes formas de pertenencia social[1]. Es decir que la emigración no es tan sólo un resultado automático e indiferenciado de procesos de masa condicionado exclusivamente por factores macroeconómicos, sino, sobre todo, desplazamiento cultural complejo ya que se modifican las formas y los contenidos lingüísticos, cognitivos y simbólicos de los lugares colectivos de reconocimiento y de los sistemas de referencia sobre los cuales se construyen la identidad, la memoria, la conciencia simbólica y las interpelaciones sociales del proceso ideológico de sometimiento y cualificación[2]. Estas transformaciones determinan la conflictividad de la emigración, la problemática del “sentirse otro” en las diferencias identitarias, las contradicciones entre integración y shock cultural, entre enriquecimiento y “luto”. La condición de emigrante, por tanto, no se determina solamente desde lo jurídico sino también desde lo psicológico y simbólico-social: el “sentirse otro” en la mirada de los otros y en la propia mirada. La problematización de la identidad, conectada dialécticamente con la cultura, surge en el marco del fenómeno emigratorio con la constatación de las diferencias y las comparaciones entre dos referentes sociales diversos – la sociedad de origen y la de adopción – que “discursivizan” complejos proyectos de socialización y de elaboración de relaciones entre dominados y dominantes, hegemónicos y subalternos, entre olvido y memoria. Esta conflictividad evidencia las dificultades del emigrante que en la movilidad experimenta las contradicciones espaciales (el ambiente nuevo y el de origen), temporales (el eje pasado / presente) y los mecanismos de alienación y extrañamiento que lo significan extranjero ante los otros, en ruptura con una “norma”, y ante sí mismo, sumergiéndose en una crisis, en una soledad existencial, difícilmente comunicables. El extrañamiento – construido en la mirada de los “otros”, sean los de la comunidad de origen que no se han desplazado como los del lugar de “adopción” – inevitablemente borra o desfigura rasgos identitarios, remarcando la diffèrence  con la identidad de la mirada que interpela e instalando analogías de la diferencia bajo el común denominador de la alteridad y las múltiples distancias. Estos mecanismos configuran el shock y el stress socio-cultural de la emigración, vivida como una experiencia de luto, de pérdida y de muerte, unida a sentimientos de culpa y vergüenza hacia el país, hacia las personas más queridas que se han abandonado y, simbólicamente, hacia sí mismos, ya otros que se han perdido. Muchas de las enfermedades físicas, crónicas, psíquicas y de los accidentes socio-psíquicos tienen sus ocultas explicaciones y causas en los conflictos y en las crisis de una aculturación conflictiva, de las pérdidas y violencias sin conciliaciones de la emigración[3]. La herida del shock cultural disminuye si la distancia entre los referentes sociales es menor, es decir si hay afinidades y contactos entre los sistemas culturales, si los inmigrantes son acogidos por una comunidad de compatriotas que funciona como puente de introducción gradual, de seguridad y de identificación y si la política del país de recepción reconoce un pluralismo cultural que, con una invitación a la asimilación, no enmascare el rechazo, la desvalorización, la negación y la cancelación de las diferencias, revelando así la incompatibilidad y la intolerancia hacia lo diverso.
Otros mecanismos que contribuyen a aliviar la pérdida de la “patria existencial” son la socialización anticipatoria y la reactivación del sentido de identidad. El primero implica la disposición al cambio y la aceptación del precio a pagar a fin de alcanzar una mejoría económica, negando la alteridad (la propia identidad y la del grupo de origen) e identificándose con el otro dominante y hegemónico. El segundo es la asunción de la “lealtad” a la pertenencia y a la identidad originales, reforzando la auto-estima en la base de un status de prestigio cultural o de poder económico o mitificando el origen, en la seguridad del aislamiento de una micro-comunidad o del regreso al “centro” de pertenencia, del cual, simbólicamente, jamás se alejó. Por otra parte, es necesario recordar que los conflictos culturales y las crisis identitarias relacionadas con la inmigración, inscriben en sí las huellas y los signos legibles de proyectos ideológicos en conflicto y que, tanto en Italia como en la Argentina, los inmigrantes fueron objeto de decir, del hacer y del mirar la alteridad, constituyendo así para los políticos y los intelectuales sólo fantasmas de un sueño (o de una pesadilla), pretextos para batallas ideológicas, chivos expiatorios de proyectos fallidos[4]. Esto significa, además, que todo el proceso de inmigración italiana en la Argentina es narrado – interpretado – en los textos literarios y registrado en los debates políticos y que estas inscripciones discursivas no concluyen cuando finaliza el fenómeno social de inmigración, ya que continúan como indagación en la historia y en la identidad argentinas.

Italianos en la Argentina
La mayoría de los inmigrantes italianos que llegaron a la Argentina[5] en el período comprendido entre la unidad italiana y el inicio de la I Guerra Mundial eran campesinos, que no constituían una clase definida, organizada y tutelada completamente por el Gobierno Italiano. Aunque tenían muchas ideas confusas sobre su lugar de destino (l’America), sus proyectos y esperanzas eran seguros e irrevocables – trabajo, ahorro, regreso en Italia ascendiendo socialmente después de fare l’America – y, por ello, constituyeron una contribución determinante como fuerza de trabajo en la organización y el desarrollo del país. Desde el liberalismo y el proyecto político de la generación del ’80 se expresaba la necesidad y la pertinencia de una inmigración que siguiera el modelo cultural europeo y el modelo social norteamericano con el colono anglosajón. Así, mientras Alberdi sostenía que gobernar es poblar se llamaba a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino, Sarmiento oponía radical y contradictoriamente la civilización y la barbarie. El resultado fue, sin embargo, diluyente en tanto no pudo llevarse a cabo una selección del grupo inmigratorio, evitando aquella no instruida y la “latina” o de la Europa meridional, que era la que ofrecía la mayor fuerza de trabajo respondiendo a la necesidad y a las demandas del mercado laboral argentino. Las expectativas se vieron frustradas frente a la gran masa de campesino y obreros que, si bien venían de Europa, cuna de la civilización occidental, y eran dispuestas a progresar y trabajar duramente, cargaban con las limitaciones del analfabetismo. En este marco de miradas e interpelaciones ideológicas en el que se recibe la inmigración italiana en masa, su integración fue conflictiva porque ésta era diferente a la imagen pre-construida de la inmigración “teórica” e ideal, factor necesario y activo en el proyecto de formación de la nación aún antes de su desembarco. La inmigración, “indigna” y “peligrosa” era vivida como un fenómeno feroz, negativo, aterrador, que sacudía las estructuras sociales aparentemente seguras y amenazaba el proyecto político, con una creciente criminalidad y un mayor desorden urbanos, con la difusión de ideologías consideradas “subversivas” – el socialismo, el asociacionismo sindical, el anarquismo – y, paradójicamente, con la pérdida de las tradiciones americanas y del nacionalismo representado por el nativismo a causa de la excesiva auropeización y de la apertura indiscriminada del cosmopolitismo como antídoto errado contra la barbarie. Los cuestionamientos xenofóbicos apelaban a la antropología cultural de corte positivista – formulada en Italia – para sostener una política antiinmigracionista, que asociaba – cuando no identificaba – las colonias de inmigrantes con las criminales, señalando las predisposiciones biológicas y raciales de enfermedades psíquicas y sociales, sin reconocer – como lo hiciera el criminólogo argentino Gacitúa – las causas sociológicas de las relaciones entre criminalidad, inmigración y concentración urbana y la necesidad de un sistema legislativo y judicial eficiente e imparcial y, sobre todo, de una política interna adecuada. Las tensiones en el proceso de interrelación cultural opusieron estructuras ideológicas y proyectos de nación en un maniqueísmo que configuraba “arquetipos de marginalidad”[6], inscriptos discursivamente en un complejo corpus literario, que comprendía textos gauchescos como Santos Vega, Martín Fierro, sainetes como los de Eduardo Gutiérrez o producciones “realistas” que seguían el modelo  del naturalismo francés, como las de Cambacères, Sicardi, Argerich, sólo para mencionar algunos. El nacionalismo de la clase dominante argentina – para autoafirmar, definir y legitimar la construcción de una identidad y de un proyecto nacionales – apelaba, entonces, con la gauchesca, a la defensa del ambiente rural, del gaucho como arquetipo ausente, como figura mítica e ideal que, oponiéndose al inmigrante “real” e histórico, proponía valores patriarcales basados en la tradición, en la tierra, en la pertenencia e identificación con una historia y una cultura. Por otra parte, mientras las dificultades de adaptación e integración de los inmigrantes, sus concepciones de la vida y del trabajo y sus contradicciones eran ridiculizadas a través de lo cómico y lo grotesco de las parodizaciones sainetescas, a través del positivismo la oligarquía liberal denunciaba los problemas y las transformaciones sociales con el ingreso del gringo en la Argentina. Estas producciones – además de funcionar como cajas de resonancia que explican y narran el contexto de producción y registrar las ideologías y los discursos circulantes – van modelando el estereotipo del inmigrante, que configurará un nudo de sentido interpelativo y modelizador del discurso hegemónico y de la conciencia social, de la comprensión de la memoria, de la historia, del proyecto nacional, de la identidad en la Argentina. Estos choques y conflictos culturales paulatinamente se resolvieron en forma positiva con la integración y la gran movilidad social, favorecidas con la campaña de argentinización, de alfabetización pública y de economía exportadora de la Argentina, con las distancias menores entre la cultura argentina y la italiana (proximidad de la lengua, comunidad de religión), con la socialización anticipatoria del grupo inmigrante y con la reactivación del sentido de identidad a través de campañas de corte risorgimentale o neocolonialistas, del fuerte asociacionismo, del éxito y progreso económicos, permitiendo así el ascenso y el prestigio sociales, la alfabetización, el protagonismo en diversos sectores e instituciones. La configuración del nuevo orden social argentino se inscribe en diferentes textos que señalan, en forma afirmativa y optimista, la solución de las contradicciones y las batallas ideológicas en la síntesis, la identidad y el porvenir nacionales basados en el crisol de razas. Basta recordar la unión de Victoria y Próspero de La Gringa  de Florencio Sánchez y el payador Tissone de Adán Buenosayres de Marechal, aún cuando en este último las estrategias carnavalescas permitan jugar con la ambigüedad del panegírico/crítica. El discurso social hegemónico modeliza eufóricamente el inmigrante italiano como sujeto de poder y de prestigio, cualificándolo con valores positivos y heroificándolo en narraciones míticas con final feliz en el programa narrativo del fare l’America, después de superar arduas pruebas. Muchos inmigrantes y sus descendientes ocuparon lugares importantes de decisión y de producción económica, constituyendo una nueva élite, un grupo dominante que se relacionó con antiguas estructuras sociales de poder que ya los aceptaban. Por otra parte, los inmigrantes ya no constituían un grupo intelectualmente deficiente, al revertirse la inicial imagen negativa con la presencia, por una parte, de intelectuales y universitarios italianos exiliados que escapaban de las persecuciones ideológicas y racistas del fascismo y, por otra, de profesionales técnicos y empresarios que invertían económicamente y contribuían con desarrollo tecnológico. El fin de la II Guerra Mundial traerá al sur los últimos barcos de Italia, luego vendrán los múltiples regresos en sus complejas tramas y travesías. Las tramas y las travesías de los regresos.
El boom italiano y las sucesivas crisis políticas y económicas en la Argentina contribuyeron a aumentar la identificación orgullosa con los orígenes italianos – mitificados como modelo positivo – y la formulación de balances y búsquedas hacia el pasado, a fin de explicar una realidad traumática y conflictiva, una identidad nacional, una memoria construida en parte desde la ausencia de un referente cultural, situado en otra orilla. El problema de la inmigración italiana, por lo tanto, aún cuando ya ha cesado como fenómeno demográfico, continúa discursivizado en textos literarios, concentrados en una mirada dirigida a la “interioridad”, es decir, en el diálogo de la memoria – individual y colectiva, como narración del ser, en sus modalidades volitivas, deontológicas y potenciales – con la referencialidad histórica en la cual se ancla. Fragmentación, plurilingüismo, dialogismo confluyen en escrituras con estrategias memorialísticas, biográficas o autobiográficas que textualmente van señalando y acompañando la continua búsqueda y construcción de ese diálogo. En este corpus se encuentran, entre tantos, La busca del jardín de Bianciotti, Santo Oficio de la memoria de Giardinelli, Sobre héroes y tumbas de Sábato, Hacer la América de Orgambide, Oscuramente fuerte es la vida de Dal Masetto, El frutero de los ojos radiantes  de Casullo, Mar de olvido  de Tizziani[7]. Por otra parte, actualmente se produce una emigración de regreso, en “herencia”, es decir, constituida por descendientes de inmigrantes italianos en la Argentina dirigida, esta vez, hacia Italia. Sus nudos fundacionales, no siempre formulados explícitamente, dialogan con los genotextos del corpus anteriormente mencionado: la búsqueda del centro del desdibujado laberinto, el regreso a Ítaca, completamente perdida y sólo conservada en la memoria intergeneracional, la resolución de la identidad. Aún cuando influyan factores económicos, agudizados por las sucesivas y profundas crisis y la política expulsiva de los jóvenes – algunas décadas atrás eran cuestiones políticas -, la emigración de regreso no es resultante automática y exclusiva de estas causas, porque la búsqueda de mayores oportunidades de trabajo y profesionales con retribuciones más altas – que no siempre implican una alta cualificación -, el acceso al llamado primer mundo se conjugan con la fuerte carga emotiva del hijo pródigo (o su “heredero” simbólico) que regresa a la tierra de origen, deseoso de cumplir un proyecto incompleto transmitido inter-generacionalmente. El viaje de regreso significaría, entonces, la búsqueda de un reconocimiento y de un futuro construidos desde el pasado, la construcción del sentido de los espacios “vacíos” y suspendidos de la memoria, la “revancha” silenciosa de aquellos que, cumpliendo el deseo no realizado de sus padres o abuelos – el regreso a la tierra natal – viven y re-viven un doble resentimiento, construido no sólo en forma personal sino también en herencia, fundado en el fracaso de la fantasía del fare l’America y dirigido hacia la patria que los expulsó, Italia, convertida en “deudora” simbólica que no siempre “retribuye”, y hacia la Argentina, la patria en la que no se cumplieron las expectativas, cuya Historia Oficial jamás reconoció el rol activo de la inmigración italiana en la formación de la argentinidad, y que ahora los expulsa dolorosa o indiferentemente.
La relación con el pasado, los “fantasmas de la memoria”, las reelaboraciones y reconstrucciones imaginarias, por lo tanto, son fundamentales en la emigración de regreso, en la conformación de la identidad y de las modelizaciones discursivas de sus protagonistas. Se trata, además, de una emigración particular, porque no puede identificarse con aquella interna a Italia (del campo a la ciudad, del sur al norte), ni con aquella “extracomunitaria”[8], porque los argentinos, descendientes de inmigrantes italianos, tienen la doble ciudadanía y no presentan dificultades en lo que se refiere al derecho constitucional, aún cuando cotidianamente se puedan verificar intolerancias, prejuicios y exclusiones. Sin embargo, los conflictos fundamentalmente se centran en la configuración identitaria y cultural, ya que no se es extranjero – argentino o italiano – completamente, sino otro fragmentariamente: no se comparte la misma lengua, pero sí algunos rasgos culturales de reconocimiento del pasado de origen, se encuentra familiaridad en las diferencias y diferencias en la familiaridad. La misma designación dual de la identidad, “ítalo-argentina”, señala la compleja red de reconocimientos, anclajes e interpelaciones estructurantes, de confronto entre dos identidades cercanas pero diferentes a la vez – inscriptas en la tensión de dos signos deícticos, de dos universos simbólicos que determinan el itinerario “cíclico” en herencia -, un mirar y comprender más “extensos”, por movilidad y “fragmentariedad”, de los múltiples otros y de la propia identidad.



* Artículo publicado en la Revista Claves, dirigida por Pedro González. Salta: diciembre, Año X, N° 106,  2001, pp. 10 – 11.

[1] Cfr. Di Carlo, Angelo – Di Carlo, Serena, I luoghi dell’identità: dinamiche culturali nell’esperienza di emigrazione. Ilano: Angeli, 1986.
[2] Cfr. Therborn, Göram, La ideología del poder y el poder de la ideología. Madrid: Siglo XXI, 1987.
[3] Cfr. Frigessi Castelnuovo, Delia – Risso, Michele, A mezza parete. Emigrazione, nostalgia, malattia mentale. Torino: Einaudi, 1982.
[4] Cfr. Scarzanella, E., “Gli ospiti ingrati: immigrazione italiana e criminalità nell’Argentina di fine secolo” en AAVV, Atti del Convegno Storico Internazionale sull’Emigrazione. Milano: Electa, 1991.
[5] Cfr. AAVV, Todo es historia, N° 296, Febrero, 1992; Blengino, Vanni – Franzina, Emilio – Pepe, Adolfo (comps.), La riscoperta delle Americhe. Milano: Teti Editore, 1994; Blengino, Vanni, “Immigrazione italiana, letteratura e identità nazionale argentina” en Nova Americana, 3. Torino: Einaudi, 1981, 331-353.
[6] Cfr. Campra, Rosalba, América Latina. La identidad y la máscara. México: Siglo XXI, 1987; Flawiá de Fernández, Nilda, “Inmigración, utopía e historia en dos momentos de la narrativa argentina” en Quaderni Iberoamericani I, 81-82, 39-50.
[7] En el espacio salteño, La mala leche de Martha Grondona y Augustus de Liliana Bellone.
[8] Cfr. “Italiano ‘vu’turnà: arrivano a migliaia dal Sud America e si trovano in condizioni anche peggiori dei nordafricani” en La Stampa, 26/7/1989; “La gran paura di Udine. Il tifoso che non se ne va più” en La Repubblica, 3/8/1989.