Mostrando entradas con la etiqueta Gálvez Manuel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gálvez Manuel. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de septiembre de 2013

Sobre "El diario de Gabriel Quiroga" de Manuel Gálvez

Inmigración y nacionalismo en El diario de Gabriel Quiroga de Manuel Gálvez[1]


Fernanda Elisa Bravo Herrera
Conicet 
Instituto de Investigaciones Sociocríticas y Comparadas
Universidad Nacional de Salta, Argentina



«En la hora presente, gobernar es argentinizar».
Manuel Gálvez, El diario de Gabriel Quiroga



El primer Centenario y sus contradicciones.
En Argentina, durante el primer Centenario que evocaba la revolución de Mayo de 1810, no obstante el optimismo con el que José Ingenieros, Joaquín V. González, Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas, entre otros, exaltaron la «excepcionalidad argentina», sin embargo, desde diversas posiciones, se cuestionaron se reformularon muchos mitos y principios, que sustentaron el proyecto político de la Generación del 80. Estas posiciones críticas resaltaban, en medio del clima de fiesta, tanto incertidumbres coyunturales como nuevas propuestas político-ideológicas. Lo que en última instancia se enfrentaban eran las diferentes mitologizaciones que, retrospectivamente, ofrecían en el imaginario colectivo una homogeneizadora «invención de nación» y los límites críticos de la modernidad que sostenía una determinada configuración de estado.
Las retóricas y las visiones del mundo que se habían instaurado hegemónicamente a fines del siglo XIX definiendo la construcción de la nacionalidad argentina presuponían algunas conflictividades, contradicciones y divergencias en relación con cuestiones que interesaban la definición de lo nacional frente al cosmopolitismo, sobre todo a través de la inmigración masiva. Por otra parte, ya desde fines del siglo XIX, especialmente en los años ochenta, el espíritu crítico y revisionista, desde la historiografía, había problematizado la nacionalidad, a partir de la evaluación de una realidad que se presentaba compleja, proponiendo un «nacionalismo intelectual» que constituyó, sucesivamente, las raíces del nacionalismo argentino. Con respecto al nacionalismo en la Argentina, Shumway señaló en su estudio sobre las primeras «ficciones orientadoras» de la Argentina comprendidas entre 1808 y 1880, y en su proyección hasta el siglo XX, que, en general, «la forma del nacionalismo argentino es amplia pero vaga, omnipresente pero indefinida» (Shumway N. 2005 [1991]: 314). Entre los varios desafíos que se plantearon en los debates revisionistas y críticos de ese período y que influyeron sucesivamente fue determinante el relacionado con el valor significativo y fundacional de la Revolución de Mayo, en ese proceso de definición de la nacionalidad a través de la construcción e invención, como propone Hobsbawm, de tradiciones, prácticas, mitos y símbolos (Hobsbawm E. J. - Ranger T. 2002 [1983]). La interpretación historiográfica confirió finalmente un valor determinante a Mayo como fecha fundacional de la Independencia y la convalidó, así, como punto de partida de la formación de la nacionalidad, aún cuando no hubiera existido una continuidad histórica tendiente al afianzamiento institucional en esos cien años de «independencia» política.
Por ello, la celebración del Centenario constituyó una nueva ocasión de balance de ese proyecto político que «narraba», en sus mitos y símbolos colectivos, una identidad nacional que, por diferentes factores, parecía nuevamente cuestionada en sus fundamentos. Si, por una parte, como explica Fernando J. Devoto, en ese Centenario «no se celebraba el pasado sino que el pasado era una excusa para celebrar el presente» (Devoto F. 2010:13), esto, sin embargo, no era compartido por muchos argentinos que no veían en el presente motivos de celebración ya que no se lograban resolver completamente los conflictos sociales provocados no tan solo por la modernización de la sociedad sino también por la desigualdad de condiciones en el desarrollo económico.
Frente a la celebración, por lo tanto, no hubo una reacción igual de adhesión por parte de todos los sectores, ya que los conflictos evidenciaban los desniveles sociales y la débil cohesión nacional, cuestionando los mitos de la Generación del 80 construidos sobre el «progreso», la inmigración civilizadora y el «crisol de razas». No se trataba solo de la amenaza disolvente del anarquismo y del socialismo, traídos por los inmigrantes españoles e italianos, sino también de un cambio de las claves ideológicas que actuaban y operaban en la construcción de la Argentina como estado moderno, es decir, en la invención de los mitos alrededor de la nacionalidad fundados principalmente por Mitre y por Sarmiento. Aunque las tensiones empañaron los entusiasmos por el Centenario, los conflictos y las contradicciones entre la «república verdadera» y la «república mítica» no significaron un real desplazamiento de las tradiciones laicas y republicanas, sino, en gran medida, un replanteamiento de la «república posible».
El «espíritu del Centenario», como es denominado por José Luis Romero, reúne estas ambigüedades y contradicciones concentradas en esta fecha simbólica. Si por un lado se renovaba el optimismo acerca el futuro de grandeza del país, por el otro, no existía ni un consenso colectivo frente a la Historia Nacional ni una completa certeza sobre su presente convulsionado por la politización y la sindicalización de la protesta social organizada, pero sobre todo por el temor a la desintegración a causa del fenómeno inmigratorio. En este contexto, la reformulación y los desplazamientos ideológicos del nacionalismo definieron otros posibles relatos fundadores de la identidad colectiva, tendientes a superar las coyunturas, proponiéndose, en cualquier caso, no obstante sus virajes, desde una continuidad histórica.
Las tres figuras más representativas de la emergencia del «nuevo» nacionalismo o «primer nacionalismo argentino», llamado también nacionalismo cultural o espiritualista, en el momento del Centenario, fueron Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas y Manuel Gálvez, todos ellos, según Viñas, «hidalgos del interior», es decir, «hijos de familias ‘decentes’ del interior» (Altamirano C. – Sarlo, B. 1997 [1983]: 185). Estos escritores fueron, a su vez, voceros de una «nueva generación» que, más específicamente, según Fernando J. Devoto, constituyó, en la Argentina del siglo XX, la «primera generación nacionalista» (Devoto F. J. 2006 [2002]: 49). Como señaló José Luis Romero, reunieron en sus textos los rasgos que definieron el «espíritu del Centenario» (Romero J. L. 1965), procurando la «afirmación polémica de los derechos eminentes de la minoría tradicional a conservar su hegemonía» (Romero J. L. 1982: 149). El nacionalismo cultural colaboró, además, en la emergencia y en la diferenciación del «campo intelectual» (Altamirano C. – Sarlo, B. 1997 [1983]: 161), favoreciendo también con ello la profesionalización literaria (Viñas D. 1996: 36). El espíritu del Centenario no implicó, sin embargo, una homogeneidad ideológica absoluta aunque el revisionismo histórico, para usar los términos de Leopoldo Lugones, significó, en última instancia, una «restauración nacionalista» y una común preocupación no solamente por un proyecto político y moral, sino también por la «fundación» de una literatura nacional. Esto contribuyó en la definición del campo social vinculado con la literatura profesionalizada, tal como Bourdieu comprende las relaciones que se conforman en los microcosmos sociales (Bourdieu P. 2010 [1996]).

Las «opiniones sobre la vida argentina» de Manuel Gálvez en el Centenario.
Manuel Gálvez, definido por David Viñas como «el arquetipo del escritor de las clases medias argentinas» (Viñas D. 1996: 37), articuló en su producción los denominadores comunes de su generación, encarnando, según Noé Jitrik «una consecuente militancia realista» (Jitrik N. 2009: 160), imbricada en la tradición del arielismo propuesto por Enrique Rodó en el 1900. Devoto resalta que lo más novedoso de Gálvez fue «la acumulación conjunta de muchos elementos de esa reacción que se habían dado, aislada o fragmentariamente, en pensadores conservadores anteriores» (Devoto F. J. 2006 [2002]: 57).
Con El diario de Gabriel Quiroga, publicado en el año del Centenario 1910, Gálvez enunció programáticamente el nacionalismo cultural, revisando mitos y tradiciones y proponiéndolos en nuevas reformulaciones. Por ello, El diario  – no obstante haya pasado desapercibido apenas fuera publicado, como relata el mismo Gálvez en sus memorias – es uno de los documentos más representativos y emblemáticos del «espíritu del Centenario» y, a la vez, un texto exponente del «nacionalismo espiritualista» (Gramuglio M. T. 2002: 148). Por otra parte, El diario puede leerse como una respuesta a diversos textos que planteaban, también en forma polémica, la difícil cuestión de la identidad nacional, como Conflictos y Armonías de las Razas en América de Sarmiento (publicado póstumamente en el 1883) que, sin lograr alcanzar una síntesis planteaba «la preocupación por desentrañar la sustancia de esa nueva realidad social que se estaba dando» (Onega G. S. 1982: 35).
En sus Recuerdos de la vida literaria, Manuel Gálvez se refirió a El diario de Gabriel Quiroga, su primer libro en prosa, como «un libro nacionalista y agresivo, irónico y mordaz» (Gálvez M. 2002: 333) y confesó que «Aunque la prosa, por su estructura, peca de gálica, puedo asegurar que es uno de mis libros mejor escritos. Hay en él páginas que estimo en mucho…» (Gálvez M. 2002: 334). Más adelante, en sus memorias, Gálvez recogió algunas recensiones de su libro que habían aparecido en los medios que resaltaban, como en La Prensa, la «sagacidad para descubrir ciertas debilidades de carácter nacional» (Gálvez M. 2002: 335) y en los que se elogia al autor porque, como se lee en la revista Renacimiento, «ha reproducido un momento difícil de la vida argentina y las vacilaciones espirituales de un alter ego, como él inteligente y sagaz en la comprensión de males y en la aplicación de los remedios» en «un libro sano, un libro noble, un esfuerzo de la fe patriótica y de alta moralidad humana» (Gálvez M. 2002: 335). Si bien en sus memorias literarias Manuel Gálvez se refiere a El diario en el capítulo «Hacia el mundo de los seres ficticios» en la parte que corresponde a «Amigos y maestros de mi juventud», este libro constituye la primera formulación sistemática y organizada de muchas de las estructuras y de los nudos fundacionales sobre los que luego construyó su mundo literario que, como él mismo declaró, debía organizarse según un preciso y vasto plan que abarcase y conquistase toda la realidad argentina, en un intento autoconsciente de llenar el «territorio vacío de la novelística nacional» (Gramuglio M. T. 2002: 147). La evaluación del propio libro por parte de Gálvez se encuentra ya en la presentación que hace el autor del mismo, como narrador exterior omnisciente y bajo la máscara ficcional de su editor que se ocupa de la publicación del manuscrito del amigo, su alter ego y vocero ideológico, convalidando y autentificando ese mundo ficcional en un pacto de veridicción. En la presentación, Gálvez reconoce, por una parte, la modalidad irónica del diario – definiéndola como el «esprit filosófico» y como «la más alta expresión del diletantismo» (Gálvez M. 2001 [1910]: 71) – y, por otra, «la naturaleza pesimista de este libro y su tono agresivo, irónico y sarcástico» (Gálvez M. 2001 [1910]: 75). En el prólogo «Dos palabras» – respuesta, en cierta medida, elíptica a las reflexiones de Carlos Octavio Bunge en «Una palabra», prólogo de la primera edición de Nuestra América Ensayo de psicología social (1903) –  Gálvez justifica la publicación del diario, en coincidencia con los festejos por el primer Centenario de la Revolución de Mayo, justamente por las verdades que propone, por su «nota discordante» (Gálvez M. 2001 [1910]: 80) frente a «la adulación cosmopolita y la vanidad casera» (Gálvez M. 2001 [1910]: 80).
Pese a la consciencia con que se emprende esta tarea de reordenamiento tanto literaria como político y moral, el escepticismo es la actitud dominante en El diario de Gabriel Quiroga, resultado del balance negativo que se realiza frente al momento decisivo en que se encuentra el país, con una clara vinculación con el pensamiento pesimista de la Generación del 98 española. El ideologema del decadentismo no constituye entonces solamente una marca que define la postura literaria de Gálvez, sino también una percepción más vasta de su presente, opreso bajo el signo del materialismo y del utilitarismo de Calibán y del cosmopolitismo disolvente de la inmigración. El contraste con el tono celebrativo de las «Odas a los ganados y a las mieses» de Leopoldo Lugones, publicado en La Nación en 1910, es muy fuerte no solo por la impostación optimista de Lugones, opuesta al pesimismo de Gálvez, sino fundamentalmente porque en la grandilocuencia poética de las odas se exaltaba el mito de la colonización avalorada por Alberdi que Gálvez, sin embargo, en su proyecto de argentinización, desmonta e invierte tajantemente. En el proyecto político expuesto en El diario, Gálvez cuestiona el programa por el cual en la Argentina se buscó «tan sólo de acrecentar nuestra riqueza y acelerar el progreso del país» (Gálvez M. 2001 [1910]: 85), es decir que la crítica se dirige a la política de crecimiento económico, que se apoyó en la inmigración y estuvo, por tanto, vinculada a la especulación agrícola y al mito de la colonización de la «pampa gringa».
La orientación crítica en El diario es vasta y compleja, pues comprende, por una parte, una revisión, desde el arielismo matizado con la sensibilidad modernista finisecular, de la mentalidad positivista y materialista, y, por otra, un replanteamiento de la organización político-social de corte liberal con la voluntad de conjurar amenazas visibles y concretas. Es decir que no se trata, entonces, de una mera evaluación de un sistema económico, sino más bien de un balance amplio, de carácter ético, orientado a re-pensar la dirección que estaba tomando la sociedad argentina y, con ella, el valor de la identidad nacional y su posición en la historia.  No obstante el europeísmo, la revisión de la situación coyuntural del país – desde la perspectiva de Gálvez «alterada» por la inmigración masiva, tendencialmente politizada por las ideas provenientes del anarquismo y del socialismo español e italiano – determinó que creciera el sentimiento xenófobo y clasista, especialmente en las minorías tradicionales. Al respecto, Rubione señala que la elite argentina, con un desdén aristocrático y «como reacción conservadora ante la inmigración, se replegó, desde fines del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, sobre el pasado pre-inmigratorio, en un esfuerzo por proteger su memoria y su lengua de la lengua, más que de la memoria, de los recién llegados» (Rubione A. 2002: 273).
Esta actitud de repliegue, ante esta situación de «amenaza», exigió que la perspectiva intelectual y política de esta generación se proyectara hacia el pasado, idealizado y recortado al origen español, más específicamente castizo. La hispanofilia conformó, entonces, una de las características más definitorias de la Generación del Centenario, como una reacción frente al cosmopolitismo liberal provocado por la inmigración y como decepción frente a la idea de progreso. La búsqueda de la argentinidad, en esta colisión con la inmigración, es decir, con la otredad, significó la voluntad de una «nueva» nacionalización, en suma, «una nueva fundación del país articulada en la noción más cultural de ‘tradición’» (Alfieri T. 2006: 515). La reivindicación de la «tradición» española,  radicada en la resistencia espiritual, se inscribe en textos representativos de esta Generación como La gloria de don Ramiro de Enrique Larreta (1908), en El diario de Gabriel Quiroga o en el ensayo sucesivo de Gálvez, El solar de la raza, publicado en el 1913. La representación de la nacionalidad se construía entonces en la negación del cosmopolitismo y en la «continuidad histórico-cultural entre la península y la América españolas» (Rubione A. 2002: 273). Esta continuidad, en El diario, asume por otra parte, una valencia necesaria en la constitución de la nacionalidad que se erige, además, como defensa contra la disolución. El hispanismo es valorizado por Gálvez como tradición todavía presente en el interior de la Argentina, reserva y defensa, «regeneración moral y restauración del espíritu nacional […] caras de un solo movimiento» (Altamirano C. 1997 [1983]: 207). Nacionalizar, para Gálvez, significaba, entonces, hispanizar; paradoja que señala la delimitación de la mitologización alrededor de la identidad nacional desde el proyecto, en cierta medida por ello reaccionario, del nacionalismo cultural de la Generación del Centenario.
En las provincias, para Gálvez, es viva aún «la tradición colonial» (Gálvez M. 2001 [1910]: 110), por lo que, «conservadoras por idiosincrasia y necesidad, guardan, contra los avances del cosmopolitismo odioso, las ideas, los sentimientos y la moral de nuestro pasado» (Gálvez M. 2001 [1910]: 110), es decir, del hispanismo, «libres aún del desborde inmigratorio» (Gálvez M. 2001 [1910]: 122). Desde la posición de Gálvez, la resistencia al cosmopolitismo de Buenos Aires, encarnada en el localismo provinciano, es la defensa contra la desnacionalización provocada por la inmigración y por el materialismo extranjerizante, que desprecia los valores espirituales e intelectuales y las tradiciones de la «patria vieja». La homogeneización propuesta por Gález, entonces, tendiente a integrar a los extranjeros y a sostener el nacionalismo oficial del Estado no parte de la capital, del «centro» político del país, sino del interior y suponía no solamente un programa pedagógico que excedía la enseñanza formal sino una fusión de razas y, tal como lo propondría, en 1913, en El solar de la raza, el olvido, la renuncia de todas las patrias que no son Argentina.
La valorización del interior, es decir, el apelo a la intrahistoria, es la clave del «patriotismo» y la defensa frente a la disolución que se manifiesta desde Buenos Aires. Así, Gálvez invierte el postulado sarmientino de oposición entre civilización y barbarie – antinomia presente desde el inicio de la historia política y literaria del país (Lojo M. R. 1994) – encarnado en los contrastes entre Buenos Aires y provincias, que había sustentado el ideario de la Generación del 80 y definido el proyecto político de europeización de la Argentina. Por ello, la máxima alberdiana de «gobernar es poblar» en El diario de Gabriel Quiroga se declina bajo el principio del nacionalismo cultural, propio de la Generación crítica del Centenario, proponiendo que «en la hora presente, gobernar es argentinizar» (Gálvez M. 2001 [1910]: 117), clave para revertir la desnacionalización provocada por una errónea europeización y una equivocada campaña de civilización impulsada por Sarmiento y por Alberdi. En esta línea, la crítica galveciana, desde una posición antiimperilista y anticolonialista, se dirige al «internacionalismo», al «cientificismo idólatra», a «la imbecilidad simiesca de nuestros anticlericales» (Gálvez M. 2001 [1910]: 117). En muchas de las problemáticas alrededor de la identidad nacional que trata Gálvez en El diario  anticipa, como «precursor», un filón importante del ensayo argentino, representado sucesivamente por Ezequiel Martínez Estrada, Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, Arturo Jauretche y Ernesto Sabato, entre otros. De esta manera, la indagación en la realidad argentina se distancia de la tradición alberdiana en tanto ésta constituía una negación de la realidad argentina e americana por su adhesión ciega al modelo europeo y al pensamiento unitario. La legitimidad del Estado construido por los principios políticos de Alberdi es desmontada en tanto es interiorización de la colonia espiritual que implicaba un proceso negativo de desnacionalización. El disenso al modelo ideológico alberdiano es radical y completo, pues éste no solamente defiende la idiosincrasia americana que es estigmatizada en ese pensamiento, sino que, refiriéndose a Alberdi, lo descualifica en forma dura, completa y sin ambigüedades con las siguientes palabras:

«Era un espíritu europeo y tenía toda la pedantería y toda la ingenuidad del perfecto unitario. Pensador mediocre, carecía del sentido de la realidad y de todo método empírico. Era un retórico; no sentía el espíritu de la patria e incapaz de comprender el alma americana, la negaba. Su literatura de pacotilla y su filosofía de editorial encontraron admiradores que, para desgracia del país, pusieron en práctica sus imprudentes ideas» (Gálvez M. 2001 [1910]: 130).

Gálvez no solo invierte el paradigma polarizado de la identidad argentina propuesto por Sarmiento en su Facundo, texto-metáfora de la realidad de Argentina (Arias Saravia L. 2000), enfrentada entre la civilización y la barbarie; también indica cómo a través de la errada interpretación sarmientina sea posible revelar la nacionalidad. Al respecto, con ironía, afirma que «el mérito mayor de Sarmiento deriva […] de haber puesto en evidencia lo argentino que teníamos en nosotros» (Gálvez M. 2001 [1910]: 126) y que «fue el triunfo del unitarismo lo que ocasionó nuestra barbarie» (Gálvez M. 2001 [1910]: 131). Cuando Ricardo Rojas publicó su Blasón de Plata, en 1912, Gálvez identificó al indianismo, que desde la perspectiva de Sarmiento correspondía a la barbarie, con la defensa de la autonomía contra el exotismo (Rubione A. 2002), proyectando así una línea de continuidad discursiva del nacionalismo espiritualista o cultural.
Gálvez rechaza la hispanofobia y la xenofilia que habían caracterizado el programa inmigratorio de Sarmiento, tal como lo había enunciado en Facundo, cuando auguraba «un millón de europeos industriosos diseminados por toda la república, enseñándonos a trabajar, explotando nuestras riquezas y enriqueciendo al país con sus propiedades» (Sarmiento D. F. 1989 [1845]: 236-237). Esta reprobación al programa inmigratorio de Sarmiento, presente en El diario, se dirige en La maestra normal, del 1914, a su modelo pedagógico, coincidiendo en esta doble denuncia de los males de la Argentina con la postura de Ignacio B. Anzoátegui, encuadrada desde el nacionalismo bajo el signo del hispanismo y del revisionismo histórico[2]. La educación constituye, entonces, otro de los aspectos que Gálvez objeta en el proyecto liberal de la Generación del 80, consciente de que, a través de la educación, el Estado determina la producción y reproducción de las categorías de percepción y de construcción de la realidad (Bourdieu P. 1994).
La inmigración representa, en el pensamiento nacionalista de Gálvez, desplegado en El diario, el mal que aqueja a la Argentina, porque es causa  del triunfo del materialismo, de la superficialidad, de la ausencia del sentido ético y del gusto estético. Esta concepción no fue exclusiva de Gálvez, ni inicia con este ensayo, porque la percepción negativa de la inmigración y de la corrupción social y moral que ésta conllevaba se encontraba ya presente en otros textos anteriores, especialmente desde el naturalismo, como por ejemplo en las novelas Sin rumbo (1885) y En la sangre (1887) de Eugenio Cambacères (Rusich L. 1974).  
Gálvez enseña, en una posición replegada y conservadora ante el aluvión inmigratorio con su cosmopolitismo y su materialismo, que el camino de (re)construcción nacional es la reclusión en un pasado libre de la inmigración o en un presente, en un modo contrafáctico, en el cual es necesario que el extranjero se argentinice. La resistencia opera en las oposiciones ideológicas de la intrahistoria y en la inversión del principio sarmientino y del mito inmigratorio visualizado como una epopeya. Sobre dicha resistencia, Rubione sostiene que «en tal sentido, el nacionalismo cultural del Centenario es negación que deviene positividad. Sin embargo, al ser negación está condenado a la exégesis, al rescate de una epopeya negativa, es decir, a ser su contracara fúnebre» (Rubione A 2002: 280).

Bibliografía:
Alfieri Teresa, 2006, La identidad nacional en el banquillo, en Noé Jitrik (director), Historia crítica de la literatura argentina, Alfredo Rubione (director), La crisis de las formas, Emecé, Buenos Aires, pp. 515-541.
Altamirano Carlos, 1997 [1980], La fundación de la literatura argentina en Carlos Altamirano – Beatriz Sarlo, Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, Ariel, Buenos Aires, pp. 201-209 [edic. orig. en «Punto de Vista», Buenos Aires, año II, N° 7, noviembre de 1979].
Altamirano Carlos – Sarlo Beatriz, 1997 [1980], La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos, en Carlos Altamirano – Beatriz Sarlo, Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, Ariel, Buenos Aires, pp. 161-199 [edic. orig. en «Hispanoamérica», 1980, N° 25-26].
Anzoátegui Ignacio B., 2005 [1934], Vidas de muertos, Biblioteca Nacional – Ediciones Colihue, Buenos Aires [edic. orig. Ediciones Buenos Aires, Buenos Aires].
Arias Saravia Leonor, 2000, La Argentina en clave de metáfora. Un itinerario a través del ensayo, Corregidor, Buenos Aires.
Bertoni Lilia Ana, 2007 [2001], Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
Bjerg María M. – Da Orden María L., 2006, Discursos de dos mundos. Manifestaciones literarias de los inmigrantes en la Argentina del siglo XIX y principios del XX, en Noé Jitrik (director), Historia crítica de la literatura argentina, Alfredo Rubione (director), La crisis de las formas, Emecé, Buenos Aires, pp. 487-514.
Bourdieu Pierre, 1994, Raisons pratiques. Sur la théorie de l’action, Éd. du Seuil, Paris.
Bourdieu Pierre, 2010 [1996], Sul concetto di campo in sociología, traducción de Massimo Cerulo, Armando Editore, Roma [edic. orig. Champ politique, champ des sciences sociales, champ journalistique, 5° Cahiers de recherche del GRS (Groupe de recherches sur la socialisation) de l’Université Lumière Lyon 2].
Cambacères Eugenio, 2009 [1885], Sin rumbo, Losada, Buenos Aires [edic. orig. Féliz Lajounae editor, Buenos Aires].
Cambacères Eugenio, 2007 [1887], En la sangre, Colihue, Buenos Aires [edic. orig. Imprenta Sud América, Buenos Aires].
De Titto Ricardo J. (comp.), 2009, El pensamiento de la Generación del 80, El Ateneo, Buenos Aires.
Devoto Fernando J., 2010, El país del primer Centenario. Cuando todo parecía posible, Capital Intelectual, Buenos Aires.
Devoto Fernando J., 2006 [2002], Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia, Siglo XXI, Buenos Aires.
Di Tullio Ángela, 2006, Organizar la lengua, normalizar la escritura, en Noé Jitrik (director), Historia crítica de la literatura argentina, Alfredo Rubione (director), La crisis de las formas, Emecé, Buenos Aires, pp. 543-580.
Gálvez Manuel, 2001 [1910], El diario de Gabriel Quiroga. Opiniones sobre la vida argentina, Taurus, Buenos Aires [edic. orig. Moen, Buenos Aires].
Gálvez Manuel, 2002 [1944, 1961], Recuerdos de la vida literaria. I. Amigos y maestros de mi juventud. En el mundo de los seres ficticios, Taurus, Buenos Aires [edic. orig. Kraft, Buenos Aires; Hachette, Buenos Aires].
Gálvez Manuel, 2002 [1962, 1965], Recuerdos de la vida literaria. II. Entre la novela y la historia. En el mundo de los seres reales, Taurus, Buenos Aires [edic. orig. Hachette, Buenos Aires].
Gramuglio María Teresa, 2001, Estudio preliminar, en Manuel Gálvez, El diario de Gabriel Quiroga. Opiniones sobre la vida argentina, Taurus, Buenos Aires, pp. 9-55.
Gramuglio María Teresa, 2002, Novela y nación en el proyecto literario de Manuel Gálvez, en Noé Jitrik (director), Historia crítica de la literatura argentina, María Teresa Gramuglio (directora), El imperio realista, Emecé, Buenos Aires, pp. 145-176.
Hobsbawm Eric J – Ranger Terence (a cura), 2002 [1983], L’invenzione della tradizione, traducción de Enrico Basaglia, Einaudi, Torino [edic. orig. The Invention of Tradition, Cambridge University Press, Cambridge].
Jitrik Noé, 2009, Panorama histórico de la literatura argentina, El Ateneo, Buenos Aires.
Lojo  María Rosa, 1994, La “barbarie” en la narrativa argentina. Siglo XIX, Corregidor, Buenos Aires.
Onega Gladys S., 1982, La inmigración en la literatura argentina (1880-1910), Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.
Payá Carlos – Cárdenas Eduardo, 1978, El primer nacionalismo argentino en Manuel Gálvez y Ricardo Rojas, Peña Lillo Editor, Buenos Aires.
Prieto Martín, 2006, Breve historia de la literatura argentina, Taurus, Buenos Aires.
Rodó José Enrique, 1948 [1900], Ariel, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires [edic. orig. Dornaleche y Reyes, Montevideo].
Rojas Ricardo, 1941 [1900], Blasón de Plata, Losada, Buenos Aires [edic. orig. La Nación, Buenos Aires].
Romero José Luis, 1965, El desarrollo de las ideas en la Argentina del siglo XX, México, FCE.
Romero José Luis, 1982, Las ideologías de la cultura nacional y otros ensayos, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.
Rubione Alfredo, 2002, Manuel Gálvez y la novela histórica, en Noé Jitrik (director), Historia crítica de la literatura argentina, María Teresa Gramuglio (directora), El imperio realista, Emecé, Buenos Aires, pp. 271-298.
Rusich Luciano, 1974, El inmigrante italiano en la novela argentina del 80, Playor, Madrid.
Sarlo Beatriz, 2002, Recuerdos de un escritor profesional, en Manuel Gálvez Manuel, Recuerdos de la vida literaria. I. Amigos y maestros de mi juventud. En el mundo de los seres ficticios, Taurus, Buenos Aires, pp. 9-30.
Sarmiento Domingo Faustino, 1989 [1845], Facundo. Civilización y Barbarie, Colihue, Buenos Aires [edic. orig. El Progreso de Chile, Santiago de Chile].
Shumway Nicolás, 2005 [1991], La invención de la Argentina, traducción de César Aira, Emecé Editores, Buenos Aires [edic. orig. The Invention of Argentina, University of California Press, California].
Villanueva Graciela, 2010, Inmigrantes y extranjeros en las leyes y en la ficción, Noé Jitrik (director), Historia crítica de la literatura argentina, Alejandra Laera (directora), El brote de los géneros, Emecé, Buenos Aires, pp. 501-533.
Viñas David, 1996, Literatura argentina y política. De Lugones a Walsh, Sudamericana, Buenos Aires.




[1] Bravo Herrera, Fernanda Elisa, “Inmigración y nacionalismo en El diario de Gabriel Quiroga de Manuel Gálvez” en Quaderni di Thule XII. Rivista italiana di studi americanistici. Atti del XXXIV Convegno Internazionale di Americanistica. Perugia: Centro Studi Americanistici “Circolo Amerindiano” Onlus, 2013, pp. 585-592. CD-Rom. [I.S. B. N. 978-88-903490-4-1]. Ponencia presentada en el XXXIV Congreso Internacional de Americanística. Organizado por el Centro Studi Americanistici “Circolo Amerindiano” Onlus. Perugia, 3-10 de mayo de 2012.

[2] Ignacio B. Anzoátegui en Vidas de muertos (1934) denunciará, entre las tres plagas traídas por Sarmiento a la Argentina, además de los gorriones, a los italianos y al normalismo. Con respecto a los italianos, Anzoátegui sostiene que «Sarmiento se trajo a los italianos porque él creía que entendían de trigo, y en lugar de irse al campo y fundar colonias se prendieron a las ciudades y fundaron quintas» (Anzoátegui I. B. 2005 [1934]: 101). Más adelante insiste con la crítica, reforzando el aspecto materialista y la inutilidad de la presencia de los italianos en la Argentina, su falta de contribución en el progreso del país y el rechazo a una integración, como la propuesta por Florencio Sánchez en La gringa (1904): «Los italianos mezclaron las orillas con la ciudad; se arrimaron al compadraje y lo metieron adentro cuando menos lo pensábamos. Nos ayudaron a levantar las cosechas, pero las máquinas hacen lo mismo y no se cruzan con nuestra sangre. Ni siquiera nos trajeron su ciencia ni su arte, porque tuvimos que cruzar el mar y traerlas nosotros, aunque detrás de eso se vinieran las primas donnas y las cantantes que retardaron en veinte años nuestra salida del romanticismo» (Anzoátegui I. B. 2005 [1934]: 101).

viernes, 23 de marzo de 2012

Italia y Argentina en la literatura. Diálogos y entrecruzamientos.



Italia y Argentina en la literatura.
Diálogos y entrecruzamientos [1]

Fernanda Elisa Bravo Herrera [2]

Hablar de los vínculos entre la cultura italiana y la argentina implica inevitablemente considerar, como punto de partida, el fenómeno de la inmigración italiana que inició aún antes del gran éxodo y, como lo señala Fernando Devoto en su Historia de los italianos en Argentina (2006), se remonta al período colonial. La “gran migración” italiana se produjo desde 1870 hasta la Gran Guerra; sin embargo, los flujos migratorios continuaron hasta después de la II Guerra Mundial sin llegar a ser aluviones, agotándose en 1976. En un siglo emigraron 26 millones de italianos, la misma cantidad de habitantes que había cuando Italia se unificó. Entre 1857 y 1930, señala Lucía Gálvez en Historias de Inmigración (2010), la población en Argentina se duplicó cada veinte años y en 1914 más de la mitad de la población de Buenos Aires no era nativa argentina.
El aluvión inmigratorio –no solamente el italiano– implicó un cambio en la sociedad argentina que Vanni Blengino denominó “simétricamente  transitivo” en cuanto también significó una modificación en la identidad de los inmigrantes. La inmigración en Argentina transformó el horizonte urbano y también el rural con la creación de colonias, especialmente en la zona de la pampa. Es por ello que esta zona se denominará sucesivamente “pampa gringa”, no obstante la organización en latifundios que impidió el desarrollo de un sistema agrario fundado en la colonización, como lo denunció Gastón Gori en numerosos de sus ensayos, entre los que se puede mencionar La pampa sin gaucho (1952), El pan nuestro (1958), El desierto tiene dueño (1958), Inmigración y colonización en la Argentina (1964). En estas transformaciones, la inmigración italiana tuvo una visibilidad relevante no solamente por su importancia cuantitativa sino también porque, a diferencia de la inmigración española, se percibían claramente las diferencias existentes, inclusive aquellas internas relativas a las regionales italianas que hacían que éstas se presentaran como un grande mosaico cultural. Por este último factor es necesario remarcar que las generalizaciones en torno a la inmigración italiana hicieron que muchas de las articulaciones internas perdieran su complejidad y algunas de las contradicciones que la definían en su totalidad. En este aspecto, los estereotipos funcionaron como una negación y una simplificación del fenómeno de la inmigración italiana y el Cocoliche, personaje de los sainetes, una mera caricatura, arbitraria y descontextualizada, de la cultura italiana que, más bien, debe considerarse como una red compleja de culturas regionales y estratificadas.
El fenómeno de la inmigración fue percibido y “narrado” de diferentes formas a lo largo de a historia, en una y otra orilla del Atlántico. La literatura recoge estas perspectivaciones, contradictorias y complejas, que parecen un caleidoscopio de imágenes y representaciones. Si en Italia, después del boom económico, se había cancelado de la memoria el pasado vinculado con la migración por considerársela una especie de estigma, de hemorragia social; al unificarse Europa y ante la “amenaza” externa, por la europeización, e interna, por los flujos migratorios de los llamados países extracomunitarios, las identidades regionales y la idea de identidad nacional se reforzaron, recuperando con ella las historias vinculadas con la migración evidenciada, entonces, como una epopeya. Durante el siglo del gran éxodo, en Italia, una política a favor de la emigración sostuvo el desplazamiento de masas, sobre todo campesinas, en parte, como una medida para sanear el tejido social, favoreciendo así las compañías navieras que publicitaban los viajes inclusive a través de guías para emigrantes y estipulando contratos de trabajo en los países de destinación para los emigrantes. En el período fascista emigrar no era visto como una manifestación de debilidad del estado italiano, sino como una oportunidad para los pioneros y los colonos portadores de cultura y civilización en el mundo, aunque el gobierno fascista tratara de desalentar el éxodo. La realidad, sin embargo, demostraba que esta percepción optimista de la situación de los emigrantes italianos estaba lejos de toda idealización. Además de las dificultades de integración y los traumas de la migración, en los diferentes momentos del viaje muchos inmigrantes enfrentaron problemas que no se debían tanto a las complicaciones burocráticas cuanto al impacto con la palabra escrita, porque en muchos de ellos la cultura se transmitía oralmente. La fragmentación lingüística de los dialectos regionales era la manifestación más evidente de la complejidad cultural de los inmigrantes italianos, que construyeron su identidad nacional no en su patria de origen sino a través de la experiencia migratoria, como una forma de reconocer identificaciones y diferencias.
En la Argentina, el proceso de nacionalización determinó que la inmigración fuera acogida en el territorio argentino en función a un proyecto político que implicaba que estos extranjeros se integraran a este país. Tal vez, por ello, más que hablar de una “italianización de la Argentina”, como propuso Maciel en 1924, se debería hablar de una argentinización de los italianos que implicó lo que Ricardo Rojas calificó como “restauración nacionalista” (1922), es decir una didáctica de la identidad argentina. Se trató, en parte, de un proceso de invención de tradiciones y de identidades, cuyos fantasmas –hundidos en una pampa ganada a los indios y con la voz idealizada de los gauchos– respondían al propósito de crear una nación y sus mitos. A estos fantasmas de la gauchesca se sumaron los de la mitología del arrabal y del malevo en una ciudad también mitologizada e idealizada. La consolidación del espíritu nacional, sostenido por la euforia exterior del primer Centenario de la Revolución de Mayo –no obstante todos los conflictos sociales que la acompañaron–, procuró contrarrestar el riesgo de la dispersión que ya se insinuaba en el país, desde una Buenos Aires transformada en una creciente Babel por las diferentes colectividades de inmigrantes. Se desarrolló, entonces, un proyecto político, asentado en bases didácticas, tendiente a lograr la homogeneización de las masas inmigrantes, suprimiendo en ellas las diferencias, para que pudieran ser absorbidas en la sociedad argentina. En 1928, la revista Nosotros realizó una encuesta para tratar de establecer la influencia italiana en la cultura argentina. En esta revista, Ricardo Rojas estableció que el fenómeno inmigratorio no había sido determinante en la conformación de la argentinidad, ya que ésta se basaba no en el factor étnico sino en el ético. Esta percepción de la argentinidad en los hijos de inmigrantes italianos ya había sido percibida incluso por representantes del gobierno de Mussolini en Argentina, como puede leerse en el informe diplomático de Giovanni Giurati del 1924 en el que informó que los descendientes de los italianos en Argentina no solamente eran nacionalistas argentinos sino inclusive anti-italianos. La situación se mantuvo igual en la década siguiente, como lo testimonió Massimo Bontempelli en su viaje a Buenos Aires junto a Luigi Pirandello en 1933. Este era el resultado de la política de nacionalización de los inmigrantes que incluyó una legislación que impulsó diferentes medidas dirigidas a la integración de los extranjeros y a la imposición de la identidad argentina según la imagen construida por los nacionalistas, como la Ley de Inmigración y Colonización de 1876 de Avellaneda, la Ley de Educación de 1884, la Ley Sáenz Peña de 1912, unida a mecanismos de control de los conflictos sindicales y a rebeliones anarquistas como la Ley de Residencia de 1902 y la Ley de Defensa Civil de 1910.
El mito del “crisol de razas” –que Florencio Sánchez propuso en La gringa (1904), reafirmó Roberto Payró en Marco Severi (1905) y se presentaba en los sainetes como presupuesto ideológico imprescindible en el proyecto nacional– configuró una imagen de equilibrio social en el que los conflictos sociales provocados por la inmigración parecían resolverse. Esta representación, no obstante, era opuesta a la posición xenófoba que acentuaba las tensiones y evidenciaba un fuerte rechazo a esa masa inmigratoria que no respondía a la imagen idealizada del inmigrante durante el proceso de organización del estado nacional en el siglo XIX. Sarmiento ya había señalado en diferentes artículos publicados entre 1855 y 1889, y luego reunidos por Ricardo Rojas en La condición del extranjero en América (1927), que habían sido las masas campesinas e ignorantes las que primero habían emigrado de Europa. Este rechazo se inscribió en varios textos literarios, especialmente narrativos, como ¿Inocentes o culpables? (1884) de Antonio Argerich, En la sangre (1887) de Eugenio Cambacères y El diario de Gabriel Quiroga (1910) de Manuel Gálvez. En este último, Gálvez, detrás de la máscara de Gabriel Quiroga, anota en su diario que los inmigrantes sólo llegan al país impulsados por su “mero propósito de lucro” y son incultos, hambrientos, desmoralizados, “campesinos, miserables glebarios en quienes la herencia de incultura y de barbarie y la rudeza del trabajo han suprimido toda capacidad estética”. La mirada del grotesco criollo acompañó la profundización del drama de la inmigración, especialmente a través de las obras de Armando Discépolo como Stéfano (estrenada en 1928), que representó dramáticamente el fracaso no solamente del inmigrante sino fundamentalmente del proyecto de una Argentina próspera, del mismo modo que en Babilonia (sainete estrenado en 1925) denunció la imposibilidad de una convivencia social.
Dentro de la numerosa producción literaria y testimonial en Argentina vinculada con la inmigración italiana, podemos mencionar, sin detenernos más por falta de espacio en esta ocasión, La muerte de Antonini (1956) de Gastón Gori, Los nombres de la tierra (1985) de Lermo Rafael Balbi, Gente conmigo (1961), Extraño oficio (1971), Taller de imaginería (1977), de Syria Poletti, Composición de lugar (1984), El fantasma imperfecto (1986) de Juan Carlos Martini, Camilo asciende (1987), Mudanzas (1999) de Hebe Uhart, Santo oficio de la memoria (1991) de Mempo Giardinelli, Mar de olvido (1992) de Rubén Tizziani, Oscuramente fuerte es la vida (1990), La tierra incomparable (1994) de Antonio Dal Masetto, Luz de las crueles provincias (1995) de Héctor Tizón, Stéfano (1997), Pavese / Kodak (2001), Lengua madre (2010) de María Teresa Andruetto, Diálogos en los patios rojos (1994), Si hubiéramos vivido aquí (1998) de Roberto Raschella, El mar que nos trajo (2001) de Griselda Gambaro, La Nona (1977) Gris de ausencia (1981) de Roberto Cossa, entre otros. A esta lista habría que agregar otros nombres, como los de Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Manuel Mujica Láinez, Ernesto Sábato, Alberto Girri, Julio Cortázar, José Pedroni que vivencian lo italiano de diferentes formas, sin que necesariamente se centre exclusivamente la atención en el fenómeno de la inmigración. Hay, por otro lado, numerosa bibliografía que se ocupa de la historia de la inmigración italiana, considerando algunas temáticas particulares: por ejemplo, sólo por nombrar algunos, los relatos testimoniales como Las italianas. Historias de inmigrantes italianas afincadas en colonias agrícolas santafesinas y de sus descendientes (2006) de Norma Battú o las narraciones orales recogidas como Antiguos cuentos de Colonia Emilia y Zonas Vecinas (2009) de Norma Battú; la historia del anarquismo en Severino Di Giovanni. El idealista de la violencia (1970) y Los anarquistas expropiadores y otros ensayos (1975) de Osvaldo Bayer; la historia de la mafia en Historias de la mafia en la Argentina (2010) de Osvaldo Aguirre; la presencia del fascismo en Fascismo trasatlántico. Ideología, violencia y sacralidad en Argentina y en Italia, 1919 – 1945 (2010) de Federico Finchelstein; los estudios literarios de David Viñas, Adriana Crolla y Trinidad Blanco de García, entre otros tantos. Por otra parte, es interesante la producción dirigida a los lectores niños y jóvenes que combinan textos e ilustraciones como, por ejemplo, La gran inmigración (2006) de Ema Wolf y La inmigración en Argentina (2009) de Oche Califa que se propone como “comic cultural”.
En cuanto a la literatura italiana que inscribe la emigración a la Argentina, ésta comprende un corpus amplio, no encuadrado completamente en el canon de la literatura italiana. Entre los textos de mayor relieve podemos nombrar, además de las poesías de Dino Campana relativas a su viaje a Argentina, Il Dio ignoto (1876) de Paolo Mantegazza, Emigrati (1880) de Antonio Marazzi, Sull’oceano (1889), In America (1897) de Edmondo De Amicis, Senza patria (1899) de Pietro Gori, Esilio (1914) de Ada Negri, Le novelle d’oltreoceano (1916), Magda Silveyra (1917), I Roscaldi (1924 y 1930) de Nella Pasini, La memoria fastosa (1987) de Cesare Mazzonis, Un caffè molto dolce (1996) de Maria Luisa Magagnoli.
Sin embargo, no obstante la masiva presencia de los italianos en la sociedad argentina y las afinidades culturales, si se consideran las relaciones entre las literaturas de ambos países, algunas cuestiones parecen contradecir la creencia difundida de una penetración determinante de la literatura italiana en la argentina. Las relaciones literarias entre ambas literaturas nacionales fueron estudiadas, en parte, por Giuseppe Bellini en Storia delle relazioni letterarie tra l’Italia e l’America di lingua spagnola (1977) y especialmente por Alejandro Patat en Un destino sudamericano. La letteratura italiana in Argentina (1910-1970) (2005), quien analiza la recepción, la difusión y la crítica de la literatura italiana en Argentina, atendiendo la producción de las revistas Nosotros (1907 – 1934), Martín Fierro (1924 – 1927), Sur (1931 – 1981) y la labor crítica del italianista Gherardo Marone (1891 – 1962). A su vez, en Italia, son importantes los estudios de Vanni Blengino –autor de la novela Ommi! L’America (2007), relato de su experiencia en Argentina–, como Il vallo della Patagonia. I nuovi conquistatori: militari, scienziati, sacerdoti, scrittori (2003) y La Babele nella Pampa: gli emigrati italiani nell’immaginario argentino (2005). Otros estudios recientes que se pueden mencionar son Di proprio pugno. Autobiografie di emigranti italiani in Argentina e in Brasile (2003) de Camilla Cattarulla, Tra memoria e finzione. L’immagine dell’immigrazione transoceanica nella narrativa argentina contemporanea (2004) de Ilaria Magnani y La patria di riserva. L’emigrazione fascista in Argentina (2006) de Federica Bertagna.
Toda esta producción, sumada, por ejemplo, a las actividades, eventos y muestras vinculadas con la inmigración, entre las que se puede mencionar la reciente muestra oficial del Festival de la Luz “Migraciones”, evidencian la actualidad y la permanencia de la reflexión y del estudio de las relaciones culturales entre Argentina e Italia, no sólo a través de las literaturas, sino como una forma más de comprender la historia nacional y una presencia definitoria de la identidad colectiva en este país.

[1] Este artículo fue publicado en la Revista Claves, dirigida por Pedro González. Salta, agosto, Año XIX, N° 192, 2010, pp. 8-9.
[2] CONICET - INSOC - Universidad Nacional de Salta.