martes, 30 de abril de 2013

Naufragio del Principessa Mafalda (25 de octubre de 1927)



«Cuando los pasajeros comprendieron que ya no había botes de salvamento disponibles, se encontraron ante un dilema: permanecer a bordo o arriesgarse y saltar. La primera opción, a pesar de que implicaba una segura condena, fue elegida por numerosas personas. Quizá presumieron que la nave tardaría mucho más tiempo en hundirse, o que un milagro terminaría salvándolos. Nos inclinamos a creer que varias familias no querían separarse, o no sabían nadar, o que el pánico terminó paralizándolas. Saltar y sumergirse en esas aguas, de noche, era una decisión temeraria y no puede condenarse a quienes permanecieron a bordo. Hay personas que temen más al mar que a estar encerradas en una embarcación a punto de hundirse. Para las madres con niños, para los ancianos, o para quienes nunca aprendieron a nadar, el riesgo era enorme. A las ocho de la noche, ya no había más que pensar y eran centenares los que flotaban en esas aguas aferrados a un salvavidas, a una tabla o a cualquier objeto que no se hundiera. También eran numerosos los que se habían ahogado, profiriendo inútiles gritos de auxilio. La proximidad de los vapores Alhena, Empire Star, Formosa, Rosetti y Mosella, que fueron arribando en orden sucesivo, contribuyó a que pudieran rescatar náufragos con sus propios botes de salvamento. Las declaraciones del capitán del Formosa, Baltasar Allemand, al llegar a Montevideo, fueron reveladoras:

Llegamos al lugar de la catástrofe a las 21, deteniéndonos a pocos metros del Principessa Mafalda, pues era urgente proceder al salvamento con todos los recursos. El Mafalda tenía una enorme inclinación a babor y su toldilla se hallaba sumergida. Hubiera querido hacer más, pero tenía la responsabilidad de mis ochocientos pasajeros y ciento veintitrés hombres de tripulación, y no podía aproximarme más, sin grave riesgo para las almas confiadas a mi custodia. Hice cuanto pude.
Todas las embarcaciones del Formosa fueron botadas al agua, trabajando mis hombres intensamente en la salvación de los náufragos, que ya se debatían en el agua, aferrándose a trozos de madera, salvavidas u otro material flotante. Atracaron, finalmente, mis embarcaciones al costado mismo del Principessa Mafalda, con valor y pericia de parte de quienes las conducían, pero fue imposible que le éxito coronase la tentativa.
Una aglomeración de gente, enceguecida por el temor, hacía difícil la maniobra. Los pasajeros se habían agrupado en el barco como un rebaño, apretándose mutuamente e impidiéndose todo movimiento, presos de un espantoso terror. A pesar de que los oficiales del Principessa Mafalda los alentaban para que se embarcasen, empujándolos vigorosamente hacia las escaleras de salvamento y haciendo esfuerzos extraordinarios para vencer el pánico, solamente pudimos embarcar a cuatro personas de las que se hallaban sobre cubierta. La situación así creada fue insalvable a pesar de la energía de los oficiales italianos y de los esfuerzos desesperados de mis marineros, que tuvieron que dedicar, en vista de ello, su atención a aquellos pasajeros y tripulantes que, más animosos, tuvieron presencia de espíritu para arrojarse al mar. Entre estas personas valerosas, que siguieron los consejos y el ejemplo de los señores Skelton y Grenade, pudimos acrecentar el número de sobrevivientes.

El terror, o la fobia al agua de los pasajeros que pemanecían a bordo y que se negaban a saltar, fue otra de las características de este naufragio. La imagen de esa multitud apretujada, a oscuras, gritando y no queriendo dejar esa nave condenada debe de haber sido pavorosa. No les fue mejor, tampoco, a los que flotaban en el agua, pero, al menos, existía la posibilidad de que un bote de salvamento los rescatara. El testimonio de un inmigrante, Pietro Gori, publicado por el diario La Nación, el 5 de noviembre, revela el horror que implica tener que saltar al agua y encontrarse con lo desconocido.

Llegué junto a las barandas y, desde ellas, miré hacia el mar. Me imponían las olas que batían sobre los flancos del barco, pero el trágico balanceo del mismo me impulsaba a lanzarme. Trepé rápidamente y en el preciso momento en que intentaba el salto salvador, una garra me detuvo y junto a mis oídos sonó esta voz: “¡Todavía no!”. Me volví, descendí de la baranda y, cuando buscaba a la persona que me había arrancado casi de esa baranda, comprendí la maniobra. El desconocido con increíble rapidez y valido de las sombras, había ocupado mi lugar y ya se lanzaba al mar utilizando el fácil camino que yo había encontrado. Le seguí. Aun antes de sumergirme pude divisar un bote que se hundía y percibir los horrorosos clamores de los náufragos. No sé cuánto tiempo me sostuve en el agua. Como brotadas del seno del océano comenzaron a aparecer a mi alrededor muchas cabezas, que intermitentemente gritaban y volvían a sumergirse. Comencé a desesperar. Las fuerzas me abandonaban. El terror a la muerte puede decirse que me enseñó a nadar y, braceando, me dirigí hacia la quilla de la embarcación naufragada, en torno de la cual, a manera de un trágico fleco, se agrupaban jadeantes muchas mujeres y niños. Llegué hasta ella, me así con todas mis fuerzas a una arista, junto a un náufrago que maldecía colérico y hacía desesperados esfuerzos por liberarse de algo que le impedía su salvación. Era un niño de quince años aproximadamente, que se había aferrado a una de sus piernas. El hombre, en un brutal empuje, distendió su cuerpo y arrojó lejos de sí al desdichado, quien desapareció profiriendo un espantoso grito. Después llegó a mis oídos un clamor largo e impresionante: era una sucesión de ayes, de voces, de lamentos, una interminable y grandiosa agonía. No recuerdo más. Me dijeron después que conmigo fue salvada la familia Albane y que mi compañero de compartimiento había fallecido.

En este naufragio hubo contados héroes y pocos estuvieron dispuestos a dar su vida para salvar a una mujer o un niño. Imperó el sálvese quien pueda, apelando a los más bajos recursos. Qué diferencia con otros naufragios, donde hubo verdaderos héroes.»


Lagos, Ovidio, Principessa Mafalda. Historia de dos tragedias. Buenos Aires: Editorial El Ateneo, 2010.

Fotografía: el trasatlántico Principessa Mafalda (botado en Italia en 1908, naufragó en la costa de Brasil en 1927).

Il tragico affondamento del Sirio (1906)



E da Genova in Sirio partivano
per l’America varcare, varcare i confin.
Ed a bordo cantare si sentivano
Tutti allegri del suo, del suo destin.
Urtò il Sirio un orribile scoglio
Di tanta gente la mise, la misera fin.
Padri e madri bracciava i suoi figli
che si sparivano tra le onde, tra le onde del mar.
E fra loro un vescovo c’era
dando a tutti la sua bene, la sua benedizion.
E fra loro (leri) un vescovo c’era (lerà)
Dando a tutti (lerì) la sua benedizion (lerà).



"La Domenica del Corriere" (19 de agosto de 1906), ilustración de Achile Beltrame.



"Naufrágio do Sirio" (1907) de Benedito Calixto (1853-1927) 
Museu de Arte Sacra de Sao Paulo



El naufragio del Sirio, 4 de agosto de 1906.

Dedicado a la memoria y a los sacrificios de los Italianos que emigraron y murieron lejos de su tierra adoptando una nueva Patria.

jueves, 18 de abril de 2013

Los amores de Yacomina, hecho a faconazos por el gaucho Juan Cuervo, Anónimo (1886)



I.


«La otra noche me hallaba
En una alegre riunion,
Donde echó una rilacion
Que á tantos nos conmovió
Un mocito italiano
Que dicen viene de Flores
Y es en historia de amores
Un cantador superior.

El mocito ya citado
Dijo antes de empezar,
Que el hombre que iba á dar
A su canto magistral
Era el de: Los Amores
De Giacumina; ex-fondera,
Que al dentrar la primavera
Murió en el Hospital.

Los padres eran fonderos
Y se chupaban mil sustos
Y con las gentes tenían
A cada paso disjutos.
Pues la hija, cosa güeña
Jamás en la vida hacia
Y si acaso la retaban
En sus caras se reia.

Yacomina era muchacha
Linda como una manzana,
Con lábios color de grana
Dientes blancos cual marfil,
Que usaba pollera corta
Con estudio consumao,
Pa que juera almirao
De sus piernas el perfil.

Tenia piernas tan gordas
Que al mesmo diablo tentaba
Y á las mujeres causaba
Envidia desmesurada
Y como ella lo sabia
Se paraba en la puertita
De la famosa fondita
Y dende allí las toriaba.

Como moscas á la miel
Acuden por batallones
Así iban los naciones
A la fonda en custion.
Lo que daba alegría
Al tata de Yacomina,
Pues limpiaban su cocina
Hasta el último rincon.

Seria largo de contar
El sin fin de desazones
Que muchos corazones
Llegaron allí á sufrir,
Pues la gringa era arisca
Y siempre corcobiaba
Si alguno la pellizcaba
Al venirles á servir.

Tenia ella tantos novios
Como días tiene el año.
El uno era italiano,
El otro era gallego,
Un vasco la ronciaba;
Seguian á este un calabrés,
Un porteño, un francés
Y un súcio papolitano.

El mesmo vejo Sermento
Con ser un hombre de pró,
Me cuentan que corcobió
Al ver á la italianita,
Que como güeña coqueta
Y sin buscar la razón,
Cual cambiaba de calzon,
Así mudaba de novio.

Al cuete la aconsejaban
Su tata y su mamá,
Que tuviera seriedá
Y que no juera tan cabra,
Los contemplaba riyendo
Y después meniando el talle,
Se iba á la puerta de la calle
Donde pelaba la pava.»

Anónimo, Los amores de Yacomina. En verso. Hecho a faconazos por el gaucho Juan Cuervo. Montevideo, 1886. Reedición en: AAVV, Literatura popular inmigratoria. Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2011.

Imagen: Charles Edward Perugini, “A Backward Glance” c.1870.

Vincendo l'ombra, de Mariangela Sedda (2009)



«Buenos Aires 10 luglio 1928

Cara sorella Antonia
Come stai? ho aspettato a scrivere per farci la fotografia todos juntos con la famiglia di Pietro, come desideravi, ma Vincenzo non tornava da la estansia. La fotografia ti dirà che solamente Demetrio è restato nel nene de casa. Quella donna grassa e vecchia vicino a Vncenzo es lo que la vida ha hecho a tu hermana e sotto al cappello la testa es casi blanca. Antonietta è sempre la migliore della scuola e ora pure Gavino seguita a studiare in una escuela tennica di preti salesiani e per consiglio di Pietro impara l’ingles che se non vuole lavorare en la estansia, signor Guidi, il nostro padrone, gli trova otro empleo. Puoi vedere che nostro nipote Americo pare un principe. A siete annos es muy temprano, avanti in tutto, intelligente, es tambien un chico vergognoso.
Con nostra cognata Mercedes ora ci comprendiamo meglio che io ho imparato castigliano e a lei Pietro ha imparato italiano e paragulas sardas. I vestiti belli che vedi a loro non glieli ha imprestati il fotografo. Te recuerdas? Pietro sempre voleva fare bella figura e da quando è ferroviario è a cara lucida di ricco. Francesco il mese passato ha mandato nuove da Patagonia. Cara sorella, solo un solitario come a nostro fratello podìa ir hasta a la fin del mundo, pero in quella estansia lo pagano mucho mas. Ora Francesco al posto del caffè beve l’ierba mate, i fligli miei ridono che el mate non sono buona a prepararlo. No me gusta, es amargo e pare veleno. Puù essere che Francesco ha dimenticato e si crede nato all’Argentina. Yo no he olvidado.
La lettera tua desiderio mi ha dato di tornare e rondine mi vorrei ora che siamo nell’inverno freddo. Antonia mia, todo me falta. Il paese nostro, la gente e le notti belle dell’estate istoriando nel vicinato come in una corte grande. Il giardino della villa dei padroni è serrato da muri alti e fuori Buenos Aires è tanto grande que no me la puedo pensar. Vicini non ne tengo, simplemente conocidos. Antonia mia, no me renego de la suerte, soy afortunada. Molti emigranti seguitano vivendo amontonados in una camera sola. Non avendo altro che salutarti sono tua sorella Grazia e famiglia che mai ti dimentica.»


Sedda, Mariangela, Vincendo l’ombra. Nuoro: Edizioni Il Maestrale, 2009.

Argentina, de Renata Mambelli (2009)



«Nessuno ne sa niente. Ma Assunta ha deciso di aprire un varco nei giorni sempre uguali, un varco che la porti lontano. E più ci pensa più quel varco si schiude, lentamente, verso un’altra vita dall’altra parte del mondo.
L’altra parte del mondo. Due figli partiti ragazzi, che non torneranno. Nn sono più tornati, come hanno fatto invece tutti gli altri del paese che ora ne parlano, di quelle terre lontane, la sera davanti a un bicchiere di vino: raccontano di nuvole in corsa, di cieli immensi, di polvere, fango, campi sterminati, delle strade piene di gente, del porto di una grande città.
Buenos Aires. Un nome che per loro è ancora un miraggio, una speranza, una delusione cocente come il tradimento di una donna. In qualche caso un rimpianto. Oppure niente di tutto questo, solo un’inestinguibile estraneità.
Nelle loro brevi lettere, una all’anno, i suoi figli non raccontano molto, come per pudore. O forse non credono che possa immaginarla attraverso le loro parole, quella terra lontana.
Non sa, Assunta, che colore abbia quel mare. Non conosce le sfumature dei tramonti, il sapore dei cibi, l’odore delle strade. Si è convinta, giorno dopo giorno, che tutto a Buenos Aires devv’essere bello, straordinario. Altrimenti i suoi figli sarebbero tornati. Sarebbero lì, ora, a bere vino, e a raccontare storie. Accanto a lei.
Non l’avrebbero lasciata sola in questa casa di cui, forse, non hanno più memoria, con gli occhi pieni di colori e luci nuove. Oppure ne conservano un’immagine sbiadita, come una vecchia fotografia troppo guardata in cui non si riconoscono più i lineamenti delle persone che una volta ci erano care.
È a quell’immagine che mandano le loro lettere. Ma lei non è più in quella foto: lei è viva e vuole vedere Buenos Aires. E loro due, che in tanti anni chissà come sono cambiati.
Quasi dieci anni pria le hanno scritto: tra un po’ veniamo a trovarti, e non sono mai venuti. Così ha pensato, vado io. Ci ha riflettuto molto, ma alla fine la decisione s’è aperta come un fiore, da sè.
Ha raccolto i soldi che le hanno mandato e che non ha mai speso. Li ha presi dal casetto dove li tiene avvolti in un pezzo di tela. È andata dal parroco e si è fatta comprare i biglietti per il viaggio. Fino a Genova col treno, e poi con la nave. Fino in Argentina.
È troppo vecchia per partire, le ha detto il parroco, e scuoteva la testa. Ma non ha neppure provato a fermarla. La conosce da quando era ragazza, sa bene che ormai è già partita, col pensiero, con la speranza.
È vecchio come lei, la capisce; non gliel’ha detto, ma piacerebbe anche a lui andare in quella terra dall’altra parte del mondo e vedere con i suoi occhi se è davvero così grande, se l’orizzonte non è nascosto da colline, da montagne, ma si allunga all’infinito, dove lo sguardo non arriva.
Le ha detto solo: non raccontare a nessuno che parti, vai via senza saluti, senza lacrime. E l’ha portata al treno sul suo calessino scassato, una mattina presto, in mezzo a una nevicata leggera, uno sfarfallare di addii, ricordati di noi ora che vai lontano.
C’era il mare, di mezzo. Lo sapeva, ma non ci aveva mai davvero pensato.»


Mambelli, Renata, Argentina. Firenze: Giunti, 2009.

L'argentino, de Lucilla Gallavresi (2003)



«Il parapetto della nave era troppo alto per un bambino di dieci anni, Saverio doveva alzarsi in punta di piedi per vedere quel che accadeva al di fuori. E lui voleva vedere, non voleva perder un solo istante di quel momento. Un momento speciale, carico di mistero. Non solo per lui, che era un bambino, ma per tutti coloro che si trovavano sulla nave. Un momento di attesa, quasi solenne. La gente era emozionata, tratteneva il fiato, mentre lentamente la nave entrava nella rada di Buenos Aires.
“Presto partiremo per l’Argentina”, aveva annunciato mesi prima Saverio alla cuoca Felicita, che era la sua migliore amica e confidente. Lei lo aveva guardato con occhi tristi e dopo una pausa aveva risposto: “Anche mio fratello c’è andato anni fa. Non è più tornato. Ha scritto che si trova in una terra immensa. Comincia dove finisce il mare”.
Ecco, pensava Saverio, ora sta proprio per finire il mare, stiamo arrivando in questa terra smisurata. Era molto eccitato, anche se sapeva benissimo che il viaggio in sé non aveva niente di allegro. Loro, i Montefalco, erano una famiglia “andata al meno”, come si diceva a quel tempo. Avevano dovuto vendere la bella casa di Meldola, in Romagna, con tutto quello che conteneva, le terre e poi anche l’appartamento di Firenze, dove viveva soprattutto papà che era uno studioso, uno scienziato, e che poco si era curato dei beni di famiglia, inghiottiti dagli amministratori senza scrupoli e dagli usurai.
[...]
Intanto la nave si era fermata definitivamente, molto lontano dalla costa. Era il 1874 e il vero porto di Buenos Aires, che sarebbe stato costruito solo nel 1889, non esisteva ancora. Il padre aveva spiegato a Saverio che quello non era esattamente il “mare”, ma l’estuario di un immenso fiume che si chiamava Rio de la Plata. Plata in spagnolo vuol dire argento, e i primi conquistadores che si erano inoltrati, con il loro coraggio senza limiti, per quella sconosciuta via d’acqua credevano di arrivare alla terra dell’argento e così lo avevano chiamato. Uno dei tanti nomi sbagliati della Conquista, ma che non sarebbe mai stato cambiato.
Al posto di un vero porto si ergevano allora due moli di legno, due passerelle sarebbe meglio chiamarle, una, per le merci, era praticamente un prolungamento dell’attuale Avenida de Mayo, e l’altra, per i passeggeri, poco più al nord, un prolungamento dell’attuale Calle Cangallo. Tutte e due erano di poca utilità perché il fondale era molto basso e nella maggior parte dei casi le navi più grosse non riuscivano ad avvicinarsi. C’era perciò tutto un sistema di barconi e barchette di ogni tipo che traghettavano all’asciutto merci e persone. Saverio, alla vista di quelle imbarcazioni che si avvicinavano, aveva avuto uno scatto, come per partire, ma il padre lo aveva fermato e gli aveva detto severamente: “Noi scenderemo per ultimo, quando sarà il nostro momento”.
Infatti quello era il “momento” degli emigranti. La nave, che era partita da Genova, era stipata da famiglie di contadini dell’alta Italia, specialmente piemontesi e veneti, che fuggivano la miseria dei loro paesini per “cercare fortuna” in quell’Argentina che aveva aperto generosamente le porte per loro.»


Gallavresi, Lucilla, L’argentino. Milano: Mursia Editore, 2003.

Fotografía: Puerto de Buenos Aires (Siglo XIX).

martes, 16 de abril de 2013

Che Gringo, de José Luis Michelotti (2006)




«Desde la mañana hasta la noche la Casa del Inmigrante permanecía atestada por una incesante caravana de hombres, mujeres y niños que parecían haber surgido mágicamente del mar invadiendo las galerías, agolpándose en los rincones y arremolinándose en los pasillos. En todos los recodos se sentía el tufillo casi nauseabundo que emanaba de los cuerpos después de tantos días de hacinamiento en las bodegas, compartiendo las sombrías literas o un estrecho camarote de cuarta si les tocaba mejor suerte. Al edificio ingresaban los más variados ejemplares de toda laya, color, raza y costumbres. Salvo los viejos zócalos de cerámica esmaltada colocados por los ingleses, todo lo demás —paredes, marcos de madera y de hierro, columnas, barandas y techos—, estaba hollado por el paso fatigado del torrente humano, e impregnado de la grasitud y del vaho exhalado por miles y miles de inmigrantes, que al llegar a las amplias salas se derrumbaban exhaustos sobre los asientos de madera. A partir de allí, los más apestosos eran pasados a las duchas, y el resto al control sanitario donde se les contaban las muelas y los dientes, se les auscultaba la garganta, y se les descubrían las heridas infectadas y las liendres, mientras que a las parturientas, a los ancianos y a los niños, se les prestaban los primeros auxilios. Recién entonces se les repartía un trozo de pan o un plato de caldo para mitigar el hambre durante la interminable espera frente a las oficinas, o en las colas que no cesaban de engrosar noche y día, como un sinuoso río. Las mujeres eran las más resignadas y recelosas, los hombres los más desconfiados y malhumorados, y los niños los más sorprendidos, con su candor no exento de curiosidad. Mientras tanto los jóvenes, con las pupilas desorbitadas por tanta novedad, caminaban, comían, bebían y orinaban en los rincones. Alguna que otra risa flotaba en el aire espeso, generalmente risas de niños, que una vez pasado el sueño y la infernal molicie de la espera, jugaban, reían y lloraban sin piedad. El resto dormía sobre los asientos, hombro contra hombro, en medio del barullo infernal de lenguas y dialectos entrecruzados. Todos llevaban como una marca indeleble en la frente el temor y el miedo a lo desconocido, pero también las ilusiones y las esperanzas maceradas durante los largos viajes, tratando de descubrir el desasosiego en la frente ajena para mitigar el suyo propio, hasta que la fatiga y el sueño, finalmente, los derrumbaban sobre la interminable hilera de bancos.
En el recinto gris, sórdido acaso, de los escritorios de control y documentación —tinta y más tinta, papeles, sellos gastados y firmas—, los empleados preguntaban, asentaban datos y corregían imprecisiones, hasta que finalmente reintegraban el pasaporte con el destino elegido, o en muchos casos impuesto u obligado, en tanto que los indocumentados y los desertores quedaban a disposición de la justicia. Mientras los pasillos se llenaban de paquetes y bultos esparcidos en desorden, aparecían niños perdidos y ancianos desfallecientes de fatiga, hombres portando baúles, y mujeres arrastrando canastas atestadas de ropa y trastos de todo tamaño y forma, desalojados de vaya a saber qué remoto desván de los recuerdos. Toda esa quincallería ambulante tenía sin embargo un sentido: el entrañable deseo de retener alguna cosa que los ligara al pasado para mantener viva su identidad y el recuerdo latente de los seres queridos que habían dejado más allá de ultramar. Estos recuerdos y afectos irrenunciables les daban valor para hacer posible la aventura de abandonar la casa, la familia y el pasado cruel o tal vez vergonzoso.
Piamonteses, calabreses, viñateros modestos del Po, gallegos, vascos y andaluces, polacos, alemanes, griegos, portugueses y tantos otros, obligados por la terrible sangría de la guerra o por la funesta peste que había consumido los viñedos y las huertas, abandonaban su tierra con lágrimas en los ojos y se lanzaban a probar fortuna en América o en la lejana Oceanía. Latía en cada uno de ellos una cuota del espíritu aventurero que animaba, principalmente a los más jóvenes a probar fortuna o tentar a la suerte. Esta legión que antes de partir del terruño atestaba los puertos del viejo mundo, se embarcaba hacia tierras desconocidas con una ilusión y una esperanza llena de fortaleza: el labriego para arar, sembrar y esperar que la tierra y el agua completaran la faena; el serrano para cultivar su quinta, criar animales en el corral y cosechar frutales; a quienes les atraía el mar, había un mar ancho y pródigo, y para los más audaces, desiertos inconmensurables, tupidos bosques y pródigo, y para los más audaces, desiertos inconmensurables, tupidos bosques y valles umbríos. Toda una promesa.»

Michelotti, José Luis, Che Gringo. Córdoba: Fojas Cero Ediciones, 2006.

Imagen: Tranvías de inmigrantes, Buenos Aires, 1912. Documento fotográfico inventario 146211. Archivo General de la Nación (Enlace a la página del Archivo General de la Nación).

domingo, 14 de abril de 2013

XXIX Congreso de Lengua y Literatura Italianas de ADILLI


Paraná, 25 - 27 de septiembre de 2013



1ª Circular

Las autoridades de la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos, la Comisión Directiva de la Asociación de Docentes e Investigadores de Lengua y Literatura Italianas (ADILLI), el Consejo de las Carreras de Italiano de la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos y la Comisión Organizadora del XXIX Congreso de Lengua y Literatura Italianas de A.D.I.L.L.I. invitan a docentes, investigadores y estudiantes a participar del encuentro de estudios que se realizará en la ciudad de Paraná, los días 25, 26 y 27 de septiembre de 2013.

Tema: ESCRITURAS E IMAGENES

Fundamentación: 

Este Congreso pretende continuar con el espacio institucional anual de reflexión, extender su proyección internacional y mantener el eje de la italianística. En poco más de un cuarto de siglo de existencia, ADILLI ha ampliado su propuesta fundacional de literatura italiana y de literaturas comparadas, para incluir también estudios relativos a la lengua italiana, a la lingüística y a la lingüística contrastiva. Continúan en vigencia temas permanentes como la problemática de la metodología, la didáctica de la lengua italiana, la traducción y los proyectos de investigación, así como también la migración italiana y su importancia en la conformación de la diversidad lingüística.
El tema elegido para el presente Congreso nos invita a repensar, desde una perspectiva interdisciplinaria, las relaciones entre palabra escrita e imagen material en las letras y las artes, en un diálogo real cuyos interlocutores sean ambos componentes.

Objetivos:

. Favorecer el diálogo entre docentes e investigadores de lengua y literatura italianas.
. Activar mecanismos y espacios de intercambio regulares entre dichos profesionales.
. Crear un espacio para la reflexión y el debate sobre problemáticas lingüísticas, literarias y culturales en torno al tema seleccionado.
. Promover la difusión de la investigación en curso en los ateneos.
. Contribuir a la articulación de profesionales de otras áreas en torno al tema propuesto.

Subtemas sugeridos: Figuras simbólicas en la escritura, Modelos y representaciones visuales, Imagen y representación.

Temas permanentes: Didáctica de la enseñanza de la lengua. Lingüística y Literatura italianas comparadas con lenguas, con autores de habla hispana o con la cultura hispanoamericana. La traducción y su problemática. Proyectos de investigación. La herencia cultural de los inmigrantes.

Actividades Académicas:

. Conferencias plenarias
. Paneles
. Comunicaciones/ ponencias  en comisión.

Normas para la presentación de los trabajos:

Idiomas del Congreso: italiano y español.
La presentación de ponencias se limita a dos por persona.
Los trabajos de lengua deben presentarse en italiano.
Los trabajos de literatura deben presentarse preferentemente en italiano.
El tiempo de lectura de los paneles no deberá exceder los 15 minutos.
El tiempo de lectura de las ponencias no deberá exceder los 15 minutos.
Sólo se leerán las comunicaciones cuyos autores estén presentes en el Congreso.
Se abonará un arancel por cada ponencia y autor. Para los trabajos grupales, abonarán inscripción al Congreso cada uno de los integrantes del equipo en forma individual.
Una vez aceptado su resumen, el interesado deberá enviar el trabajo y efectuar el pago del arancel de inscripción al Congreso. No serán incluidos en el programa quienes no hayan hecho efectivo su pago.
Los trabajos leídos en el Congreso serán evaluados para su publicación por una Comisión de Lectura que seleccionará aquellos que: a) se relacionen con la lengua, la literatura y la cultura italianas, b) se ajusten a la temática del Congreso y c) cumplan con los requisitos de forma solicitados.

Formatos para la presentación de trabajos:

Hoja A4. Tipo de letra: arial. Cuerpo: 12. Párrafo: interlineado1,5. Márgenes: superior 3 cm, inferior 2,5 cm, derecho 2,5 cm, izquierdo 3 cm.

Resumen: entre 200 y 250 palabras.
Trabajo completo: Máximo ocho (8) páginas incluyendo notas, bibliografía y anexos.

La primera hoja del trabajo y el resumen deberán contener:
-          Encabezamiento del Congreso
-          Apellido y nombres del autor/es
-          Título del trabajo
-          Área temática
-          Facultad/Lugar de trabajo del autor/es
-          Correo/s electrónico/s del autor/es

El resumen y el trabajo final se deberán enviar por correo electrónico a la siguiente dirección:


Espacio Joven:

Se invita a participar en esta categoría a quienes se inician en la docencia y en la investigación. Los interesados deberán especificar que desean ser incluidos en este espacio en el encabezamiento del resumen, del trabajo y en la ficha de inscripción. Deberán seguir las normas establecidas para la presentación de trabajos. El arancel de inscripción corresponderá al de miembro expositor.


Plazo para la recepción de los trabajos:
Presentación de Abstracts: Hasta el 30 de junio de 2013
Antes del 31 de julio de 2013 se comunicará a los autores si su trabajo ha sido aceptado.

Aranceles: el monto de los aranceles será comunicado en la segunda circular.




Angelo Beolco (a) Ruzante. Un dramaturgo provocador en la Italia del Renacimiento, de Nora Sforza (2012)


SFORZA, Nora, Angelo Beolco (a) Ruzante. Un dramaturgo provocador en la Italia del Renacimiento. Buenos Aires, Miño y Dávila, 2012. Colección Ideas en Debate. Serie Historia Antigua-Moderna, 256 pp. [ISBN: 978-84-15295-10-5].



El presente ensayo pretende acercarnos no sólo la obra y la figura de Beolco, sino que también intenta mostrar las características de esa compleja cultura renacentista, llena de luces y de sombras, que contribuyó a generar las transformaciones que llevarían al teatro a transitar los caminos de las cortes y de la profesionalización. En este contexto, conocer a ese Ruzante, ora "próximo a los Antiguos", ora exquisitamente provocador, es comprender una página centralísima del Renacimiento. Olvidado durante siglos, recuperado por el romanticismo y de regreso a la escena en los últimos decenios en las lenguas más diversas, los textos de Beolco conservan una asombrosa actualidad, tan universal que todavía hoy trascienden fronteras geográficas y lingüísticas.

§§§§

Índice

Agradecimientos                                                             
Introduccción                                                                  

Primera Parte
Angelo Beolco: vida y alrededores                           

Capítulo I
¿Un intelectual contestatario?                                  

Capítulo II
Entre el campo y la ciudad; entre la ciudad y el campo: ecos de la literatura patavina anterior a Ruzante  
                                                      
Capítulo III
Alvise Cornaro y la divina Sobriedad                        

Capítulo IV
Venecia entre el mar y la Terraferma                     

Segunda Parte
Contrapartes poéticas                                                   

Capítulo V
De Ruzante a Beolco: entre snaturalitè y aceptación del canon                                                   
Capítulo VI
Risas y llantos: un doloroso itinerario de los vencidos                                                               
Capítulo VII
El teatro fuera del teatro: mediaciones, comitencias y reclamos                                                   
Capítulo VIII
Saberes, placeres, sueño y vida en la Carta de Ruzzante a Messier Marco Alvarotto (1536)                                                             

Epílogo
¿Hacia una nueva humanidad?                                 

Bibliografía                                                                       




viernes, 12 de abril de 2013

Marianina. Per il hicos dil duoño di la Fundita dil Pacarito, Anónimo (1886)


Marianina


«En in pueblitos rodiao per il agua dil “Lago di Como” vevia Marianina que era ina mochachita di 15 años, bunita cume la Madona.
Era arta, graciosa é aunque no cargaba pulizon, ne llivaba flequillo inta frenti, cume las hicas di esto paise americano, teñiba la gracia propia di la moquier italiana.
Los ardianos deciban que nengun caballote dil puebli, teñiba la cola cume las trenzas di Marianina.
La mamas di esta mochacha, era viecas, arugada cume las pasas de higo, ma pero, la queriba mucho á Marianina é la dicaba hacer so voluntad caprochosa.
Il tatas di Marianina habiba muerto di la guta, e la viudas vevia cun in hermano viecos cume ella.
La casita di esta familla era in nidito di gulondrina.
Cupido, estu anquelito chacuton que no hace otra cosa que miterli la flecha in il curazon di las moquieres, hasta antunce se habiba orvidao di Marianina.
Sen imbargo, la mochachita arguna vez sospiraba, per hacer disparar la tristura que sentiva in so alma.
A la hora di dormir la siesta, cuande il gallito canta “cocorocó” ella soñaba cun ser rica, tener volanta, vivir in palacio é que so novio fuora argun cunde ó argun marquez.
Soñaba cun grande bailes, cun cumilonas, cun bandas di mósica, é cun las gratisimas dilicias di la vidas.
E sin embargo, los pieses di Marianina no habiban pisao oltros salones que la iglesia dil pueblo é il corral di los chanchitos que habiba in so casa.
Ella istaba propiamente in la edad di los sueños di color di rosa.
Per Marianina il mundo era in Paradiso incantao.
Pobrecita!
No cunecia oltra siudá que la picola ardea dunde nació.
Allí habiba sido criada entre callinas, chanchos é jamones é chorizos que si curaban al humo de la chímenea.
Ma, pero, acaso á los 15 años il alma precisa grandes siudades para sentir il amor é soñar cun riquezas?
Il mimo olor al camon que ella curaba inta chimenea di la cusina, para vinderlo á la gente rica, era lo bastante per hacerli pinsar in los placeres dil mundo.»[1]

Anónimo, Marianina. Per il hicos dil duoño di la Fundita dil Pacarito, en El Liberal, 1886.



[1] El Liberal. Miércoles 21 de abril de 1886.

martes, 9 de abril de 2013

Libro extraño, tomo II Genaro, de Francisco A. Sicardi (1895)


«Empezó la era del trabajo entonces. Tronchan y tumban la arboleda. Desmontan el bosque. Estirpan los cercos. Desarraigan el cesped y arrancan cañaverales, alambres y postes. Borran las zanjas. Se abre el suburbio y se dilata el horizonte. En su marco azul allá en el fondo, se ven todavía quintas destinadas á desaparecer mas tarde, con alambres y cercos de sina-sina ó divididas por hileras de eucaliptos gigantescos. La region asolada por la mano del hombre empieza á poblarse. Una multitud de hornos se levanta, pirámides truncadas de ladrillos que abren su cráter al cielo, que presentan en los cuatro lados troneras oscuras y descansan sobre enormes bóvedas. Al lado los cardales secos, montones de paja y carbón y el pisadero circular y negro lleno del humus que arrancan los obreros hundiendo en el cesped con el pié derecho la pala. Lo mezclan con bosta y agua y agitan en rededor la manada de yeguas, aglutinadas las colas de lodo, que giran y pisotean flageladas por el látigo y exitadas por los gritos. Despues toman el barro tenaz y consistente que resulta, lo colocan en cajones chatos y lo dividen. Son los pequeños rectángulos negros que van sobreponiendo en largas hileras en el suelo. Allí se secan y se tornan cenicientas, mientras un pueblo innumerable, robusto y juvenil trabaja con las piernas desnudas hasta las rodillas, los brazos hasta el codo, sudorosos y frenéticos en medio de cantos y de alegrías. Van, vienen, aparecen y desaparecen ocultados en sus andanzas por los montones de cardos del túmulo, que espera el fango para aladrillarlo, ó hundiéndose en las hondonadas de la cava, el pico al hombro para sacar tierra. Despues hacen fuego en el horno y disponen alrededor los rectángulos cenicientos, unos sobre otros, separados los intersticios por capas de carbón y los juntan con el reboque de barro que aplanan con la mano y extienden en las cuatro caras de la pirámide. Debajo arde la hoguera. Se revuelve y chilla la llamarada que no puede lanzar al exterior sus torrentes de luz que se azotan y se estrellan contra la pared enorme que los ocultan y se repliegan al centro, bramando con desvastadores mugidos. El fuego cunde, el carbón de los intersticios se enrojece y llamea. El humo filtra á chorros con violencia por todas las grietas que el calor abre en el fango reseco, silba, estrepita y rezonga como si fueran écos lejanos del fragor y de los bufidos de la hornaza y se despliega después como una niebla mefítica y acre que muerde la garganta y asfixia, sobre aquel pueblo de obreros que se retiran al caer el sol al descanso, cantando los aires de la tierra natal. Entra la noche entonces. Las sombras se apoderan de los suburbios. Brillan aquí y allá luces en algunas casas y se oye la canturia monótona del grillo y lejanos ladridos de perros, mientras el horno brilla lleno de esplendor rojo que se destaca avivado por las sombras.
Con esos ladrillos los trabajadores han creado la ciudad nueva; la pared rectangular que circunscribe el sitio y fija la propiedad; el pozo en el centro con su gran brocal redondo y las dos piezas pequeñas á pocas varas de la vereda que miran al Este para que las cunas se saturen de los rayos del sol matinal. Todavia no hay sala á la calle. Los ahorros de muchos años de trabajo no alcanzan para ese lujo, y después hay que saber, que los muchachos son chicos y se debe guardar para ellos.


Los obreros conversan á las doce estas cosas sentados frente á las compañeras delante del plato grande de sopa humeante y sabrosa. En esa hora los niños hacen irrupcion en el patio, el rostro súcio, los dedos llenos de borrones, la gran cartera de cuero negro á la espalda adherida con correas que pasan debajo del áxila como la mochila del soldado. Los sientan al lado de ellos para comer. Los padres hablan su idioma; los hijos el lenguaje que aprenden en la calle y que no se puede enseñar en la escuela, el único que van á conversar con todos los giros ingénuos y la riqueza de una lenta y prodigiosa elaboracion en medio del sol y de las emanaciones de una robusta naturaleza entre la amalgama secular de todas las razas. Conversan y se entienden asi mismo hablando idiomas distintos, porque los padres se han impregnado del medio y mezclan á su vocabulario extranjero las frases y los modismos que les oyen á los hijos, cuya vivacidad los seduce, los enternece y alienta. Entonces, mientras la madre á la hora de la siesta, mece con el pié la cuna donde duerme el mas chico sobre su colchon de chala y canta aunque extranjera ese tiernísimo arrorró que todas cantan, el obrero despierto, descansa y sueña……… Quiere ser rico para esos muchachos que han vuelto á la escuela; quiere ver todavía una vez la casa donde ha nacido y volver á morir allí mismo entre esas cuatro paredes que él ha construido para ampararlos; porque su patria es ahora la tierra que lo hospeda, donde han nacido sus hijos y su templo es esa casa de dos piezas de ladrillo rojo, llena de besos, de gritos y de vagidos y del temblor impetuoso de la ambicion de su dueño……. mientras oye que la madre sigue meciendo con el pié la cuna bajita donde duerme el mas chico sobre su colchon de chala, en la penumbra de la pieza en medio del silencio profundo de la siesta. Asi surgen por todas partes las casas de dos piezas, frente á frente, en hileras y en grupos. Forman caserios, manchas rojas lejanas y pequeñas aldeas que borran después las esplanadas vacias y se cuajan al fin en esas formidables manzanas cuadriláteros, que estan allí sentados como fortalezas gigantescas construidas por la virilidad de la raza nueva, indeleble signo del esfuerzo titánico de la virtud y del trabajo, á guisa de colozales macizos miliarios que van señalando los grandes trancos de la ciudad, en su marcha pertinaz y conquistadora hácia la pampa.»

Sicardi, Francisco A., Libro extraño. Tomo II Genaro. Buenos Aires: Imprenta Europea, 1895.

Imágenes: Puerto de Buenos Aires, fines del siglo XIX, documento fotográfico, Album Aficionados, inventario 378, Archivo General de la Nación; Trabajadores, fines del siglo XIX, documento fotográfico, Album Aficionados, Inventario 213161, Archivo General de la Nación (Enlace a la página del Archivo General de la Nación).