sábado, 30 de abril de 2016

"La gloria de Dante", de Paul Groussac (1924)



“La decisión unánime con que las principales naciones del orbe cristiano se han adherido espontánea y activamente al movimiento iniciado en la patria del vate florentino, para solemnizar el sexto centenario de su muerte, confiere a esta celebración conmemorativa, no sólo proporciones nunca vistas, sino también un significado y un carácter sin ejemplo en los fastos literarios. Desde meses atrás, en muchas capitales europeas y americanas, hanse constituido comités dantescos, fundado publicaciones especiales, inaugurado, en fin, por universidades y academias, la más ruidosa apoteosis de aquel arte medieval, que buscara su inspiración y halló su florecimiento en el misterio simbólico y la paz silenciosa de los claustros. Y a nadie que observe consciente la crisis presente de la civilización, le sorprenderá que la panegiria glorificadora revista formas y proyecciones excesivas entre quienes son tenidos en general por tan ajenos al espíritu y tradiciones  de la Edad Media como a las bellezas artísticas de la latinidad: se anuncia que las ceremonias de la celebración «nacional» dantesca se prolongarán hasta el 3 de octubre en Washington y hasta el 17 del mismo mes en Cambridge (¡Massachussets!).
Sin mencionar las innumerables manifestaciones italianas, que natural y plausiblemente se multiplicarán dentro y fuera del reino (no es probable que en entusiasmo y lujo muchas de allá superen a las de Buenos Aires), es sabido que en Inglaterra, Suiza, España, Alemania, Holanda, etc., se han realizado o preparado múltiples actos dantescos. […] En América, casi todos los Estados de la Unión siguen el ejemplo de los citados; y las repúblicas latinas, de Méjico a Buenos Aires, se emulan, según sus medios, en la glorificación. Y no es necesario hacer resaltar la preponderancia excepcional de esta conmemoración en la Argentina, donde la presencia de una colonia enorme que, en número y fuerza activa supera sola a todas las demás juntas del continente, no representa sino una parte de la influencia que aquí ejerce la raza itálica por la fusión de sus elementos con los nativos. Así, pues, no es exagerado decir que no existe en el mundo un centro de cultura –sin excluir acaso a los más considerables del Extremo Oriente– en donde el magno suceso intelectual no haya repercutido, y, hoy por hoy, ¡no aparezca la divisa Pro Dante como el santo y seña de la civilización!”


Paul Groussac, “La gloria de Dante” en Crítica Literaria (Primera edición: Buenos Aires: Jesús Menéndez e Hijo, Libreros Editores, 1924). Buenos Aires: Hyspamérica. Colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges. 1985.

Imagen: Paul Groussac (propiedad de Aldo Marcos de Castro Paz. Fuente: Genealogía Familiar ).

Primera edición de Crítica Literaria de Paul Groussac (1924).


jueves, 28 de abril de 2016

"Inferno, I, 32" de Jorge Luis Borges (1960)


“Años después, Dante se moría en Ravena, tan injustificado y tan solo como cualquier otro hombre. En un sueño, Dios le declaró el secreto propósito de su vida y de su labor; Dante, maravillado, supo al fin quién era y qué era y bendijo sus amarguras. La tradición refiere que, al despertar, sintió que había recibido y perdido una cosa infinita, algo que no podría recuperar, ni vislumbrar siquiera, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres.”

Jorge Luis Borges, “Inferno, I, 32” en El Hacedor (1960)



miércoles, 27 de abril de 2016

"Descubrimiento de Italia" de Jorgelina Loubet (1973)


“¿En qué momento comienza el amor por un país que no es el nuestro y tampoco el de los antepasados? Desde luego, necesita esta apertura una actitud que no es sólo personal: el ambiente en que se vive debe resultar propicio al rechazo de nacionalismos paralizantes. Así disponibles nosotros mismos, pueden afecto y entendimiento inclinarnos a adoptar una tercera patria que amplía la visión local y que fecunda generosamente toda búsqueda.
Creo que mi amor por Italia comenzó en un banco de colegio y aprendiendo su lengua. Sonora me resultaba la prosa de Manzoni, estremecedores los versos de Leopardi. Pero, adolescente yo misma, mi amor, aunque tumultuoso, era inseguro como todo amor adolescente.
Años después visité a Italia y ahora sí creo que me es posible decir en qué momento preciso reconocí la hondura de mi sentimiento, creciente más tarde a cada nuevo contacto. Había recorrido entonces Génova, Nápoles y Roma, y con ellas sus aledaños. Capri acababa de desplegar, ante mis ojos deslumbrados, un cielo azul y un mar azulísimo. Me sentía bien: la afinidad, sin duda, guardada se iba expandiendo en mí, dichosamente, con cuanto veía. Campiñas y ciudades me encontraban siempre dispuesta a la admiración. Yo ejercitaba divertida la lengua que había estudiado, curioseaba paisajes y seres, atisbaba problemas de postguerra, espiaba el futuro italiano. Pero curiosear, atisbar, espiar son actos que se cumplen desde afuera. Faltaba algo a mi admiración: de algún modo debía hacerse ella recogida, más secreta, más íntima que ese despreocupado júbilo con el que iba escandiendo mis descubrimientos. El amor no es sólo alegría, el amor necesita de la lágrima para consolidarse.
Entonces llegué a Florencia. Para ella, más que para ningún otro lugar de Italia, tenía preparado yo mi ardiente avidez. Era aún joven para estimar con justicia el largo preludio de colinas y valles que me las escamoteaban. Impaciente por abrazar a la ciudad, apenas si consignaba con algo más que con precisión topográfica los pinos y olivares, los verdes y grises, desde el plata al ceniza, de la Toscana que corría tras el amplio ventanal del ómnibus en el atardecer de un abril claro y liviano. Reí de gozo cuando mi pie impaciente holló las piedras milenarias. No perspectivas aceptaba entre mi afán posesivo y la deliciosa ciudad, no distancias entre mi ojo que tocaba casi cuanto veía y las imágenes codiciadas.
Palmo a palmo me adueñé de Florencia.”



Fragmento de “‘Descubrimiento’ de Italia” de Jorgelina Loubet en Revista Lyra. Número-homenaje a Italia. Año XXXI, N° 225-27, 1973.

"Italia en la formación de un chico" de Carlos Mastronardi (1973)




“Como tantos hijos de aquellos italianos cuyo destino se cumplió en esta tierra, el influjo de mis antecesores gravitó resueltamente sobre el chico que fui alguna vez, por mucho que el ámbito nada tuviera de peninsular. Ese ámbito era el de Entre Ríos o, más precisamente, el de Gualeguay, ciudad chica o pueblo grande cuya edad pronto alcanzará los dos siglos. Allí como escondido en esplendores y siempre acechado por los cielos y las calmosas aguas, se grabaron mis primeras experiencias que, siquiera por vía emocional o afectiva, incluyen a Italia.
No me mueve el propósito de narrarme ni me ofrezco a la curiosidad del lector, pero como soy la suma de las impresiones que en mí genera el mundo, pienso que éstas me determinaron de manera profunda. La cultura italiana es parte de ese remoto acervo. Sin embargo, en función del tiempo que recuerdo, tiempo en que todo es mágico y fabuloso, más bien debería referirme al tierno asombro que en mí promovía la imaginada Italia. Más que de ‘cultura’, palabra que lleva algún sabor artificioso, máxime cuando evoco años de infancia, cabría hablar de pasmo admirativo o de prodigioso encanto. No otras son las direcciones del ánimo en el chico, para quien todo se vuelve descubrimiento feliz, pues comienza a sospechar que el mundo es numeroso y diverso.
En la tranquila Gualeguay, en una época reposada, cuando aún no se quería manejar al tiempo, transcurrió el suave período que intento rescatar. En la región cuya cabecera es dicha ciudad, y también en zonas vecinas, mi padre cumplía sus tareas de agrimensor. Señalo estos hechos mínimos para subrayar que, en virtud de su profesión, los libros más visibles en su escritorio eran los de matemáticas. Es natural y explicable que la tabla de logaritmos y los áridos manuales de Geodesia ocuparan el primer plano. Tras ese plano evidente se escondía el ‘segundo mundo’ de la biblioteca paterna. Los estantes más lejanos excluían el lenguaje impersonal de los guarismos y los teoremas, ya que estaban casi enteramente dedicados a las letras italianas.
Nuestro padre nos adoctrinaba con ánimo jovial, encabezando a veces la festiva columna que formábamos los cinco hijos alineados con marcialidad risueña. Por entonces, en razón de nuestra corta edad, todo respondía a una suelta voluntad de juego. El agrado desplazada a la rígida coerción escolar. En fila y a paso de marcha, con unos pintados jalones al hombro –elementos de trabajo del progenitor– recorríamos el patio entonando aires militares italianos. Puesto que se trataba de un desfile, nada mejor que acompañarlo con marchas. Sólo recuerdo aquella despedida, para nosotros alegre, de quien debe partir para la guerra:
Addio, biondina, addio,
che la armata se ne va…
El padre mandaba la diminuta legión y proponía la letra, pues su empeño no era otro que enseñarnos, como al descuido, su idioma patrio. En lo que respecta a juguetes, aparate del teodolito y los sextantes, me divertían ciertas pequeñas armazones de cartón coloreado que reproducían algunas bellezas arquitectónicas de Florencia. Solía llevarlas al campo para armarlas, mientras mi padre cumplía su trabajo junto a los paisanos que lo ayudaban a tender las cintas métricas y que le conocían por ‘el mensurero’. Tanto como esos cartones pueriles, aquellos viajes tenían para mí la seducción de la aventura.”



Fragmento de “Italia en la formación de un chico”, de Carlos Mastronardi en Revista Lyra. Número-homenaje a Italia. Año XXXI, N° 225-27, 1973.

Sulla memoria, Conversazione con Umberto Eco. Regia di Davide Ferrario (2015)


~ Parte 1 ~



~ Parte 2 ~



~ Parte 3 ~




La Divina Comedia, Siete noches, Conferencia de Jorge Luis Borges (1980)


Conferencia de Jorge Luis Borges sobre la Divina Comedia.

Teatro Coliseo de Buenos Aires, junio de 1977.



"Italia", de Jorge Luis Borges (1961)


“En Roma se reconcilian y se conjugan la pasión dialéctica del griego y la pasión moral del hebreo; el monumento estético de esa unión de las dos direcciones del espíritu se llama la Divina Comedia. Dios y Virgilio, la triple y una divinidad de los escolásticos y el máximo poeta latino, traspasan de luz el poema. Esta armonía de la antigua hermosura y de la nueva fe es una de las múltiples razones que hacen de Dante el poeta arquetípico de Italia y, por ende, de todo Occidente”.



Jorge Luis Borges, “Italia” en revista Lyra, Buenos Aires, Año XIX, N° 180-182, 1961.


Nueve ensayos dantescos, de Jorge Luis Borges (1982)


“Declina el día, se fatiga la luz y, a medida que nos internamos en el grabado, comprendemos que no hay cosa en la tierra que no esté ahí. Lo que fue, lo que es y lo que será, la historia del pasado y la del futuro, las cosas que he tenido y las que tendré, todo ellos nos espera en algún lugar de ese laberinto tranquilo... He fantaseado una obra mágica, una lámina que también fuera un microcosmo; el poema de Dante es esa lámina de ámbito universal.”
Jorge Luis Borges, Nueve ensayos dantescos (1982).





Domenico di Michelino, “Dante y su poema” (1465). 
Catedral de Santa Maria del Fiore, Florencia.