miércoles, 20 de mayo de 2020

Lontano, Gustavo Rimoldi (2014)




«Lo primero que le preguntó el doctor Lontano a Emily fue cómo se sentía. La inglesita, acostada y con la vista en el techo, no le contestó. Lontano reiteró la pregunta y se dio cuenta de que ella ni siquiera lo escuchaba. El médico abrió impasible su libreta de notas. Escribió la fecha, el estado de la paciente, el lugar en que se encontraba. Revisó las páginas del cuaderno en las que, durante los primeros días de atención a Emily, había hecho una breve descripción de la misma habitación: “Cama limpia, una cruz en la cabecera, paredes sin adornos, mesa de luz con una jarra de agua y un vaso; dos ventanas con cortinas blancas (abierta sólo la que da al patio interno, la que mira a la pampa, cerrada con postigo y traba); la paciente está acostada, lleva un camisón de hilo, demasiado alto hasta el cuello; no habla, mira un punto fijo del techo, parpadea regularmente, suspira muy bajo.” Lontano se entretuvo otro rato releyendo algunas notas sobre los niños, los pequeños Morgan que Lexton engendró en Emily. Sacó después una revista científica de su maletín y se puso a leer un artículo. Así pasaron más de treinta o cuarenta minutos hasta que el médico guardó los papeles, menos la libreta que dejó en la mesa de luz. Miró con atención a Emily que se había movido en todo ese tiempo. Repitió la pregunta con el mismo tono anterior, como si recién acabara de entrar. Sin embargo ya no lo hizo en castellano, sino que le habló en italiano, y agregó en el mismo idioma una frase del Dante sobre Beatrice. Inmediatamente la inglesita giró despacio la cabeza para mirarlo:
–No sé una palabra de italiano –le dijo, mientras de uno de sus ojos caía una lágrima rondado despacio por la carita blanca.
Lontano sonrió.»

Gustavo Rimoldi, Lontano. Buenos Aires: Paradiso, 2014.

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