lunes, 25 de mayo de 2020

"La gesta de Luiggin", Violines y toneles, Roberto J. Payró (1908)




«La gesta de Luiggin.


A Pedro Angelici.

I

–En cuanto junte un capitalito, pongo una carpintería por mi cuenta. El que trabaja hace camino en este país, ¡todo el mundo me lo ha dicho!
Así pensaba Luiggin, el marido de la linda Marietta al desembarcar en Buenos Aires por el antiguo muelle de pasajeros, con pocas liras en el bolsillo y muchas ilusiones y esperanzas en la cabeza, su decisión de buen piamontés, sus fuertes brazos de mozo robusto y su habilidad de oficial carpintero.
Había que verlo subir por la barranca de la calle Piedad hacia el centro, alto, enjuto, con sus largos bigotes negros y sus ojos resueltos y brillantes, dejando colgar los brazos de que pendían dos macizo y encallecidos puños, balanceados por el movimiento, al lado de Marietta, menuda y vivaracha, en cuyo rostro sonrosado ardían como brasas los labios y como llamas las pupilas.
Se habían casado hacía poco, en una aldea próxima á Turín, convenidos de antemano para venir á América en busca de fortuna, seguros de sí mismos, de su buena suerte, de su amor y de su alegría. Y se embarcaron días después de la boda, y aquí estaban ya, en el teatro de la lucha, dispuestos á vencer y convencidos del triunfo.
Luiggin no perdió tiempo, y antes de acabar con la última de las pocas monedas que había traido, ya tenía ocupación y salario en el taller de un paisano suyo, y veía el horizonte de color de rosa, soñando entre las astillas y las virutas con su futuro establecimiento, las riquezas, la vuelta triunfal á Italia y á su pueblo. Su mujer soñaba con él, en las horas tranquilas del descanso, frente á la frugal comida, y á los proyectos de ambos se mezclaban risas y bromas, la afectuosa jovialidad de gente optimista que cuenta con su fuerza y su juventud, y no vislumbra siquiera dificultades en el camino.
El salario era pequeño, bastaban apenas para sus necesidades; pero modestos y ordenados, no sufrían ni se quejaban.
–Hay que empezar por el principio –decía Luiggi, –y es malo apurarse mucho.
Y reía y cantaba bromeando con Marietta, y en el taller, envuelto en aserrín y polvo, su voz alegre, se oía de la mañana á la noche, vibrante de contento y de confianza.
Hasta entonces le había sido imposible poner nada de lado, pues los gastos se equilibraban estrictamente con las entradas. Pero ¿no tenía aquellos brazos formidables y aquel pecho de atleta? ¿Para qué pedir más? ¡Tiempo al tiempo, qué diablos!... Y sin embargo, sin ahorros, no podría establecerse por su cuenta… ¡Bah! Ya llegaría el momento de economizar, aunque el patrón, “paisano” y todo, se mostrara duro y mezquino.»

Roberto J. Payró, Violines y toneles. Buenos Aires: M. Rodríguez Giles, Editor, 1908.

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