viernes, 24 de marzo de 2017

La ocasión, de Juan José Saer (1988)



«Cuando, seis años atrás, la ha visto por primera vez en los alrededores de Buenos Aires, a la semana de haber desembarcado, le ha parecido, casi de inmediato, que por su monotonía silenciosa y desierta, la llanura era un lugar propicio a los pensamientos, no los rojizos y rugosos, del color de sus cabellos, como los que tiene ahora, sino sobre todo los pulidos, los incoloros que encastrándose unos en otros en construcciones inalterables y translúcidas, le servirían para liberar a la especie humana de la servidumbre de la materia. La extensión chata, sin accidentes, que lo rodea, gris como el cielo de finales de agosto, representa mejor que ningún otro lugar el vacío uniforme, el espacio despojado de la fosforescencia abigarrada que mandan los sentidos, la tierra de nadie transparente en el interior de la cabeza en la que silogismos estrictos y callados, claros, se concatenan. Pero él no desdeña tampoco los otros, cualquiera sea su color, ladrillo por ejemplo, como ahora, o los pensamientos que tiñe la carne mate de Gina, que se vuelven curvos, redondos, como las formas de su cuerpo, negros y lisos como sus cabellos, bruscos y un poco pueriles como su risa, blandos y húmedos como su abandono. Su desdén por las cosas materiales viene tal vez de la facilidad con que las comprende, las resuelve y las domina. Así, al llegar a la llanura con sus títulos de propiedad, ha decidido, de un solo vistazo, observando a los ricos del lugar, que él se dedicará al ganado y al comercio –hacer todo como hacen los ricos, si se quiere ser rico, ha sido, desde que ha podido frecuentar a los ricos y estudiarlos de cerca, su regla de oro, gracias a su facilidad, a su astucia práctica, que en él es un don como en otros la aptitud para la música, esa astucia que ahora tiñe sus pensamientos del mismo color ladrillo que sus cabellos, porque como sabe que los inmigrantes están llegando de a decenas, de a cientos de miles a la llanura en la que por leguas y leguas no se ve un árbol ni una piedra, esos inmigrantes, cuando hayan hecho un poco de dinero cultivando trigo y quieran vivir en casas más sólidas que los ranchos de barro y estiércol que se construyen cuando llegan, necesitarán ladrillo para construir esas casas, y es él Bianco, quien los hará fabricar para vendérselos.
Rechazando esos pensamientos con displicencia, casi con desdén, en litigio atenuado consigo mismo porque sabe que a veces sus proyectos pragmáticos tienen algo de revancha pueril, y sobre todo ineficaz contra aquello que lo rechaza, Bianco avanza un poco, haciendo chasquear el pasto gris con sus botas europeas, y concreta su atención en la llanura. El eco de sus propios pasos se demora todavía en su recuerdo, tan nítido como en el instante en que chasquearon realmente sobre el pasto, apariciones sonoras incontrovertibles y bien definidas, con contornos perfectos en el interior del silencio sin límites, igual que objetos en el espacio e, incluso más que objetos afines, en la llanura, a los sentidos y a la memoria.»

Juan José Saer, La ocasión. Buenos Aires: Alianza, 1988.


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