jueves, 12 de septiembre de 2013

Sobre Cambacérès, Balbi, Aparicio e Iparraguirre



Tiempos y espacios de formación de identidades colectivas en Cambacérès, Balbi, Aparicio e Iparraguire[1]



Fernanda Elisa Bravo Herrera



«Les discours n’est pas seulement ce qui traduit les luttes, ou les systèmes de dominations, mais ce par quoi on lutte, ce pour quoi on lutte, le pouvoir dont on cherche à s’emparer.»
Michel Foucault, L’ordre du discours[2]


Premisas

Plantear la reflexión sobre los espacios y los tiempos de formación de identidades colectivas en la literatura argentina –especialmente en textos que problematizan el encuentro con las alteridades a través del fenómeno de las migraciones– implica poner en el centro cuestiones relacionadas con la articulación contradictoria y, a veces, ambivalente de diferentes narrativas y «contranarrativas» de la «nación».
Este trabajo propone la lectura de cuatro novelas argentinas, distantes por sus contextos histórico-culturales e ideológicos de producción, que constituyen textos emergentes significativos en el sistema literario argentino y se configuran, a su vez, como «documentos» de una semiosis social. Este corpus, que comprende En la sangre (1887) de Eugenio Cambacérès, Los nombres de la tierra (1985) de Lermo Rafael Balbi, Trenes del sur (1988) de Carlos Hugo Aparicio y La orfandad (2010) de Sylvia Iparraguirre, ofrece, atendiendo las articulaciones narrativas y contranarrativas alrededor de la construcción de la nacionalidad, un posible esbozo a la difícil cuestión de la identidad nacional, declinada en sus complejidades, contradicciones y heterogeneidades. La interpretación de los «proyectos de nación» –que determinan la configuración de las identidades colectivas y adquieren por ello un valor utópico por su proyección al futuro– se formula, en cada uno de los textos de este corpus, a partir del reconocimiento de las diversas representaciones de «cronotopos» que contribuyen a regular el imaginario colectivo y a interiorizar las complejas normas identitarias. El corpus con el que se opera comprende, por ello, textos representativos de diversas y opuestas realidades socio-históricos y culturales de Argentina que van desde la interpretación hegemónica de la Generación del ’80 a las visiones del interior en la «pampa gringa» y en el norte andino, desde la formación de la nacionalidad a la recuperación y revisión del pasado en el año del Bicentenario. Estos textos plantean, entonces, desde la diversidad y la heterogeneidad en diálogo con la unidad, diferentes modalidades y perspectivas de comprensión de la cuestión nacional y de los mecanismos de construcción de la misma, considerando especialmente los espacios nacionales, las múltiples fronteras y los vínculos con los procesos migratorios tal como éstos fueron «sentidos» o «percibidos» por determinados grupos (Fishburn E. 1981: 9).
La mirada que se propone con este corpus busca, por lo tanto, resaltar la heterogeneidad en la «literatura nacional», al plantear diferentes configuraciones identitarias de lo nacional con la incorporación de producciones literarias de las provincias, voces silenciadas que no se leen institucionalmente como parte de la «literatura argentina». Así, con este corpus, se incluye en el sistema «nacional» no solamente lo central y hegemónico que puede contribuir a una monológica construcción de la identidad colectiva, sino también escrituras de las provincias, concebidas como un «subsistema de la literatura argentina» (Palermo Z. 1991: 15). Sobre la literatura de provincias, Zulma Palermo sostuvo en De historia, leyendas y ficciones que «Escribir en provincias es buscar una brecha, una hendidura, una resquicio por el que se rompa la oposición centro/periferia, una de las tantas categorías por las que se instaura una tabla de valores que parcializa y recorta, que sacraliza y separa, que manifiesta una axiomática del otro en relación de pertenencia» (Palermo Z. 1991: 15). Por todo ello, la incorporación de estas escrituras de los intersticios y de las hendiduras, en relación con la problemática de la configuración de los espacios y de los tiempos de formación de identidades colectivas supone una ruptura del axioma hegemónico de pertenencia construido desde una centralidad, en la heterogeneidad de narrativas y «contranarrativas» alrededor de la construcción de la nacionalidad argentina.


El Estado como sujeto de poder y estrategia narrativa

La lectura de este corpus literario supone que las identificaciones culturales y las exposiciones discursivas, como propone Homi Bhabha (Bhabha O. 2010 [1990]), determinan estrategias complejas que hacen que la nación sea sujeto y objeto de narrativas literarias y sociales, «aparato de poder» y «estrategia narrativa» legible en sus normas e instituciones, en los textos y en los mitos, en última instancia, en ese complejo rumor que conforma el «discurso social» desde la teoría sociocrítica (Angenot M. –Robin R. 1985).
Desde esta perspectiva de lectura, la interpretación de los textos evidencia, además, el reconocimiento del ejercicio del poder, por parte de lo que Baczko denomina el «Estado-Nación», a través de la apropiación de símbolos que permiten el control de las condiciones y las relaciones simbólicas de sentido que se construyen en el imaginario colectivo (Baczko B. 1991 [1984]). Ello implica comprender, además, al Estado, tal como sostiene Bourdieu desde la sociología, en la regulación de las prácticas sociales y en la imposición, a través de normas coercitivas, de formas simbólicas de pensamiento y marcos sociales de percepción, valorización y acción, comunes, monopólicos y visualizados como legítimos y naturales. La lectura de estas novelas atiende, entonces, por una parte, la interiorización y la formación de lo que Bourdieu llama «sentido común», es decir, un trascendental histórico común, que se traduce en la acción estructurante del Estado desde diversos referentes e instituciones (Bourdieu P. 1994). Por otra parte, la lectura de estos textos diversos considera cómo la legitimidad del Estado y del orden que éste propone discursivamente se asienta en su poder simbólico postulado en representaciones, según un doble proceso de sometimiento-cualificación. Ello comprende los modos de interpelación con los cuales las ideologías someten y cualifican a los sujetos, indicando lo que existe, lo que es bueno, lo que es posible y sus correspondientes contrarios (Therborn G. 1987 [1980]),  siguiendo así procedimientos de exclusión, tal como lo enuncia Foucault en El orden del discurso (Foucault M. 1992 [1971]), o de inclusión que resuelven la heterogeneidad del cuerpo social según un definido proyecto de homogeneización.
La literatura, en tanto constituye un complejo proceso de producción que se articula necesariamente con los diferentes procesos histórico-culturales, configura y mediatiza las contradicciones y los conflictos sociales. Palermo, al respecto, sostiene que «un estudio de los procesos de producción literaria es, al mismo tiempo, la puesta en práctica de la lectura de las formas por las que las culturas se conciben a sí mismas no sólo en sus modificaciones a través del tiempo, sino –y fundamentalmente- en la coexistencia de distintos tipos textuales y de diferentes modos de configurar el mundo aún en un mismo tiempo dentro de los espacios nacionales» (Palermo Z. 1998: 9).


Tiempos y espacios de identidades

El tiempo constituye, en la historia y en el discurso, una categoría narrativa fundamental que, en el primer caso, se vincula directamente con la configuración del espacio, integrándose, tiempo y espacio de la historia, en «un todo dotado de sentido y concreción» (Bachtin M. 1979: 231), de tal modo que, a su vez, «los elementos de tiempo se revelan en el espacio, y el espacio es entendido y medido a través del tiempo» (Bajtin M. 1989 [1975]: 238). Por otra parte, el tiempo del discurso se imprime a su vez del tiempo de la lectura, pues «el texto narrativo, como cualquier otro texto, no posee sino la temporalidad, que recibe metonímicamente de la lectura» (Genette G. 1972: 78). En los textos –literarios y no– que «relatan» el fenómeno de la migración, las inscripciones del tiempo y del espacio acompañan la narración del desplazamiento y de las dinámicas identitarias, señalando los varios itinerarios de la memoria, de la extrañeidad y de la extraterritorialidad (Aguiluz Ibargüen M. 2009).
Los diferentes espacios de producción –periférico no metropolitano o central metropolitano– conforman, además, otra variable determinante sea del constructo literario, sea del cronotopo que opera en la formación de identidades colectivas, planteando además problemas historiográficos que colaboran en la interpretación de formaciones intelectuales y sociales. El problema del espacio de producción, con las varias resemantizaciones a partir del concepto de heterogeneidad propuesto por Antonio Cornejo Polar, implica, a su vez, enfrentar el desafío de la pluralidad y –como sostuvo Ana Pizarro en relación con las problemáticas vinculadas con la periodización literaria y el asedio desde la perspectiva historiográfica– «de la superposición, de la heterogeneidad, también de la resistencia, de la identificación, de la construcción de la palabra en otras condiciones (las que hacen) a una literatura de estratos plurales y aparentemente desarticulados, de tensiones, que no logran sus síntesis» (Pizarro A. 1988: 276).
Atendiendo los tiempos y los espacios vinculados con las instancias definitorias en el proceso de formación de identidades colectivas en el corpus literario propuesto en esta ocasión, es posible encontrar diferentes variables y configuraciones que acompañan las interpelaciones ideológicas y proponen diversas representaciones de «nación» y sus normas identitarias. Por su parte, este recorrido permite problematizar y resemanatizar, en relación con esta problemática, el constructo de «región» que «puede construirse como un espacio semiótico, como una interacción dialógica, como una función de las prácticas sociales más que como un ‘escenario’ físico, entendido como ‘paisaje’ que condiciona a sus ‘actores’» (Palermo Z. 1998: 12-13). De este modo, la región es, «al mismo tiempo, un espacio subjetivo y ‘objetivado’ por lecturas socioculturales e ideológicas relacionadas con los procesos históricos, […] un espacio de formación socio-histórica a la vez que se encuentra discursivizado en prácticas textuales localizadas culturalmente» (Palermo Z. 1998: 13).


La no-formación por el estigma

Cambacérès relata en su novela En la sangre, desde la perspectiva de la clase dirigente porteña y siguiendo el modelo naturalista procedente de Rougon-Macquart, el ascenso social de los inmigrantes arribistas, a través de la historia de Genaro, cuyo nombre remite genéricamente, de lo anónimo colectivo a lo individual,  a la avalancha de inmigrantes. La historia se encuentra signada por el determinismo, propio de la novela naturalista de los Ochenta, de la ley de la herencia, del medio ambiente y del momento, según los principios de las teorías de Taine.
La «génesis» de la historia de Genaro se encuentra en la figura de Esteban, su padre, causa determinante de la herencia biológica. De este modo, el tiempo que sostiene la historia marca momentos claves en los cuales se evidencia, como «tesis», en esta novela de (no)formación, el proceso de manifestación de la degeneración psíquica y fisiológica, el estigma de la herencia. La «fundación» de la estirpe cancela, por otra parte, la posibilidad de integración y de adaptación de los hijos de inmigrantes a causa del determinismo que hace que los sujetos no solo sean grotescos sino incluso odiosos por su brutalidad y sus corrupciones. Esto hace que se suspenda la temporalidad, haciendo que los hijos sean iguales a los padres y que el tiempo transcurrido entre una y otra generación, así como el principio de «ius solis», no contribuyan, en forma inclusiva y positiva, en el proceso identitario. El tiempo, en cambio, sí se despliega para (de)mostrar, en forma panfletaria, la alienación de una ciudad invadida por las hordas de los conventillos que proliferaron (Torre L. 2008), «una muerte y un nacimiento, la muerte programada de un mundo de valores, el de la vieja clase aristocrática criolla, y el nacimiento de una sociedad burguesa y mercantil, constituida de advenedizos sin escrúpulos, dispuestos a desplazar violentamente a los que los han acogido generosa y confiadamente» (Cymerman C. 2007: 473). En la sangre es, por ello, la historia de degradación no de un inmigrante o de la inmigración, sino de los valores nacionales de orden burgués y de la tradicional familia criolla de viejo cuño.
El tiempo y el espacio se despliegan en la narración para confirmar la tesis del estigma social, la corrupción de la inmigración, evidenciando cómo finalmente, no obstante el recorrido de Genaro por el colegio y la universidad, el hijo de inmigrantes no logre aculturarse, «recuperarse socialmente», porque es un monstruo como el padre, equiparándose a ambos en la alteridad negativa, como elementos que deben marginarse de la sociedad. Cymerman sostiene que «al final, el hijo, aunque enriquecido y aceptado por la sociedad porteña, no vale más su progenitor. Sólo que, con su nuevo status de inmigrante parvenu resulta mucho más temible y peligroso» (Cymerman C. 2007: 477). La temporalidad avala, entonces, la extrañeidad y el rechazo y permite la exposición narrativa de un recorrido de no-formación por la culpabilidad de una raza. La integración social no se concluye por la violencia del protagonista quien, al finalizar la novela, al intimidar a su esposa Máxima -«andá nomás, hija de mi alma… no son azotes […] te he de matar un día de estos, si te descuidás!» (Cambacérès E. 2007 [1887]: 154)- en realidad, desde la predicción autorial, amenaza metafórica y elípticamente a los valores criollos de la vieja sociedad argentina.
Los espacios que Genaro va recorriendo están metonímicamente vinculados con clases sociales y con lugares de poder y responden al deseo desvirtuado de progreso. El desplazamiento por estos espacios sociales significa la lucha del «inmigrante» por el discurso y su formación a través de la superación de las barreras, aunque resulte inútil la formación escolar para Genaro, por su apatía y por su naturaleza despechada, que se originan «en la sangre» según los principios de la herencia y por la influencia del medio según las teorías del positivismo. Los cambios espaciales van indicando el progresivo ascenso social, no moral, desde el conventillo, el ámbito «originario» del inmigrante, hasta la casa de Máxima, representante de la élite porteña, tras su fortuna y su nombre. De esta manera se evidencian las oposiciones y los contrastes entre la masa inmigrante y la clase dirigente de los Ochenta, desde la posición anti-inmigracionista, por ejemplo en la inadecuación y en la extrañeidad del inmigrante en los espacios de cultura como la universidad o el colegio en donde resaltan no solamente su ignorancia sino también su condición de extranjero, ajeno a las tradiciones del país.
El tiempo transcurrido en el conventillo y en la calle, durante la infancia, opera, por otra parte, como instancia definitoria de formación, que sostiene socialmente una condición biologicista, pues ambos espacios degradados –tal como la casa obrera en La Taberna de Émile Zola– marcan «con todos los secretos refinamientos de una precoz y ya profunda corrupción» (Cambacérès E. 2007 [1887]: 54), «la vida andariega del pilluelo, la existencia errante, sin freno ni control del muchacho callejero, avezado, hecho desde chico a toda perversión baja y brutal del medio en que se educa» (Cambacérès E. 2007 [1887]: 53). El espacio y el tiempo vividos en el conventillo engendran, desde la teoría de Cambacérès, violencia, degradación y corrupción. El tiempo de la infancia, con sus espacios dedicados al juego, es negativo pues justamente en los juegos los niños imitan a los adultos, por lo que se acentúa la violencia y la degradación moral en la inocencia corrompida y en la depravación del mundo de adultos.
El determinismo de la herencia –indagado precedentemente por Antonio Argerich en Inocentes o culpables (1884)[3], que había introducido «en forma total el ‘roman expérimental’ de Zola en la literatura argentina» (Rusich L. 1974: 85)– se impone aún más negativamente en la novela de Cambacérès, ya que a la herencia agrega como factores definitorios de degradación el medio en el que crece Genaro y ni siquiera se propone indagar la cuestión como Argerich ya que parte de una tesis que muestra en la narración de su novela. De este modo razona el mismo protagonista, quien relativiza y relaja el sistema de valores, por lo que «un acto, una acción cualquiera podía ser buena o mala, según el provecho o el daño que de ella se sacara» (Cambacérès E. 2007 [1887]: 83). El medio ambiente y el momento son, pues, determinantes en la (de)formación tanto como lo es la herencia, y de tal modo Genaro «marchaba con su siglo, vivía en tiempos en que el éxito primaba sobre todo, en que todo lo legalizaba el resultado. Lo demás era zoncera, pamplinas, paparruchas el bien por el bien mismo, el deber por el deber […] La cuestión, lo único esencial y positivo, lo único práctico en la vida era saber guardar las formas, manejarse uno de manera a quedar siempre a cubierto, garantido, a no dar a conocer el juego ni exponerse» (Cambacérès E. 2007 [1887]: 83).
El aprendizaje en el conventillo y en la calle, devenidos «escuelas» de perversión, profundizan la fatalidad de la herencia e inhiben todo lo que podría haber modificado positivamente el colegio o la universidad. Por otra parte, la inclusión social y el ascenso moral e intelectual de Genaro no se favorecen con la formación escolar por sus débiles dotes intelectuales que lo limitan no obstante sus esfuerzos y su voluntad de «recuperarse»:

«La acción incesante y paulatina del tiempo, la verdad, la realidad palpada de día en día, de hora en hora, lentamente habían ejercitado su ineludible influencia sobre el ánimo de Genaro familiarizado más y más, avezado, hecho por fin a la idea de eso que a sus ojos había alcanzado a tener la brutal elocuencia de los hechos: su falta de aptitudes y de medios, la ausencia en él de toda fuerza intelectual.
Y un desaliento, una indiferencia profunda, completa, llegó a invadirlo, un sentimiento de fría conformidad que más que la resignación del vencido, era la indolencia del cínico.» (Cambacérès E. 2007 [1887]: 91)
  
La superación de diferentes «pruebas» y el traspaso simbólico de los varios «umbrales» que, simbólicamente, representan un progreso social no indican una performance positiva del sujeto –y, por tanto, de la inmigración–, sino la cadencia metonímica con la cual la amenaza de corrupción social se manifiesta y se cumple inexorablemente, desde la mirada de la élite porteña en la Argentina de los Ochenta. En el primer examen escolar se exige a Genaro un saber insignificante, irrisorio, en el que se valora la mecánica memorización más que la inteligencia, en medio de desbordes populares, alaridos salvajes, animalización de estudiantes. En el segundo examen, en cambio, Genaro se encuentra intimidado porque el espacio está signado por la tradición, simbolizada por el busto de Rivadavia, modelo para los hombres de la Generación del Ochenta, por el mobiliario añejo y noble, por los retratos de los rectores. Por otro lado, la inadecuación de Genaro se evidencia en el contraste entre su superstición y la ciencia y el conocimiento que se valorizan en el colegio. Con la «astucia felina» de su raza, Genaro hace trampas en un examen, robando la bolilla, por lo que a su mediocridad se le suma la corrupción moral del arribista.
No obstante el recorrido de Genaro por el colegio nacional, con su proyecto de inclusión y de imposición de la nacionalidad argentina, y pese a haber estado en contacto con los hijos de la patria, el mayor defecto de Genaro es su antipatriotismo, revelándose así no solamente la inferioridad intelectual y moral de aquel sino fundamentalmente el fracaso de la formación escolar y del proyecto de nacionalización de las masas inmigrantes, en definitiva, la tendencia de la sociedad hacia su  autodestrucción al no haber sabido tutelarse en los espacios y en los tiempos de formación de sus ciudadanos.


El viaje y el relato como espacios y tiempos

La inexorabilidad marca el tiempo en Los nombres de la tierra, la novela del santafesino Lermo Rafael Balbi[4], no a través del esquema del naturalismo y desde el anti-emigracionismo como en la novela de Cambacérès, sino como parte de una estructura mítica. Es, pues, esta estructuración mítica la que define el viaje de los inmigrantes piamonteses en la búsqueda de la tierra prometida, en el espacio físico de la «pampa gringa» en la provincia de Santa Fe, según un tiempo «bíblico» que prima en todo el relato construido colectivamente, por esa misma comunidad de inmigrantes. El viaje, como «gesta», constituye, además de la instancia definitoria de la identidad colectiva, el paradigma que simboliza, con una temporalidad cíclica, religiosa y campesina, la existencia humana. Los nombres de la tierra es la primera novela de un ciclo, conformado por Continuidad de la gracia –publicada póstumamente en 1995 luego de varios años de trabajo de correcciones y versiones de Balbi y gracias al trabajo de rearmado final de Mirtha Mascotti, Enry Milessi y Marta Zóbboli (Zóbboli M. – Mascotti M., 1997)– y por Querida Señora, que tenía que «cerrar» el ciclo, pero que lamentablemente quedó inconclusa por el fallecimiento del autor. El crítico santafesino Osvaldo Raúl Valli, refiriéndose a la publicación de Continuidad de la gracia señala cómo la lectura de esta novela tenga que hacerse atendiendo el ciclo, ese «proyecto de escritura vasto que Lermo Balbi no llegó a cumplir en su totalidad. Un proyecto surgido (luego de haber andado por distintos caminos creativos) de la madurada decisión de asumir la búsqueda de sus raíces personales y comunitarias y de conformar una saga narrativa que fuese no sólo la expresión de todas las vicisitudes experimentadas por los piamonteses desde su llegada a tierra argentina sino fundamentalmente el punto de síntesis en que arte y vida al fusionarse permiten al creador encontrar el sentido último de su estar en el mundo» (Valli O. R. 1996: 1).
El tiempo histórico lineal opera mínimamente porque la estructuración de la historia colectiva, por parte de la misma comunidad de inmigrantes, se realiza en la circularidad de un tiempo mítico-religioso, en la ambigüedad temporal de los relatos orales, en la inscripción de las tradiciones campesinas y en la mostración de antiguos valores. De esta manera se conforma la dimensión mítico simbólica de la comunidad y de la memoria, vertebrando el discurso narrativo y entrelazando las varias historias de los diferentes integrantes de la comunidad. El tiempo-espacio del viaje es como el del relato y el de la memoria, o, como indica Valli en relación con los otros textos del ciclo (1996), un espacio temporal hecho de planteos de la conciencia y de «peripecias mentales». Tiempo y espacio se encuentran, entonces, fragmentados, yuxtapuestos, encadenados, inciertos e inscriptos en una perspectiva «sagrada». La visualización de ese mundo a través de la narración busca reconstruir la gesta épica fundadora de la comunidad y la herencia que se puede manifestar solamente a través de la palabra, del relato. El viaje, el tiempo y la narración, encargados de mantener una identidad en la dialéctica entre memoria y olvido, tienen una representación circular, que compromete a toda la comunidad en su totalidad y confirman, en esa articulación, la continuidad y las permanencias de la misma comunidad:

«Los días en sucesión pudieron eclipsar el entendimiento de algunos: de los muy viejos y los muy jóvenes, por ejemplo, que perdieron la cuenta de las semanas y hasta de los meses. Así que, llegado el cumplimiento de un período, muy pocos sabían cuánto tiempo había pasado desde la partida, desde el primer día, desde el impulso inicial. La sucesión de los días servía para los montes que se poblaban de hojas o las perdían, para las hierbas que daban flores y las bestias que parían, es decir, para que la naturaleza cumpliera su ciclo. Y ellos, como parte de ese ciclo fueron de allí en más sucesión de los días en el cumplimiento de sus destinos y en la ensambladura sutil de su historia común.» (Balbi L. R. 1985: 46)

El relato se conforma como un «archivo» de la memoria colectiva, de una estirpe con sus peripecias de desarraigo y arraigos y, por ello, funciona como instancia témporo-espacial de formación de identidades. El discurso, que recoge los «nombres» de la tierra y sus protagonistas, se presenta, entonces, como garante de la lucha contra la muerte, «en el deseo de perpetuar una memoria que infaliblemente se borrará con el suceso de los días y la carcoma de las épocas» (Balbi L. R. 1985: 176), y la comunidad –como dice Foucault refiriéndose al lenguaje al infinito en relación con Ulises– «debe cantar el canto de su identidad, contar sus desdichas […] en aquel espacio vecino de la muerte pero erigido contra ella» (Foucault M. 1996 [1994]: 143). La muerte, sin embargo, se presenta como la instancia permanente e inexorable de desarraigo y de exilio, comparable al olvido, es decir, a la pérdida de la identidad colectiva. La fugacidad de la vida se inscribe en la concepción religiosa de la fatalidad de un destino que debe cumplirse y que forma parte de un proyecto común. La narración deviene así refugio de una memoria y condensación de una historia y, como tal, espacio discursivo de formación de una identidad que refuerza la permanencia de una comunidad en una tierra «ajena» -como podría nombrarse recordando El desierto tiene dueño (1958) del santafesino Gastón Gori, que, sin embargo, en el ciclo de Balbi es definitivamente una tierra «propia», ganada, merecida e, incluso, añorada en la distancia. Una tierra que, como se lee también en los poemas de La tierra viva (Balbi L. R. 1972), es la que se encuentra viva en la memoria individual y colectiva, la que permanece por sobre la transitoriedad y la caducidad de los hombres, condenados, sin embargo, a ser olvidados.
El espacio de la «pampa gringa», Corda, es el escenario en el cual circula el discurso que da forma a la memoria de esa comunidad de piamonteses en Argentina, que llevó adelante «una colonización que difiere en muchos aspectos con respecto a las organizadas por Aarón Castellanos y Guillermo Lehmann» (Balbi L. R. 1997: 7). Balbi, en «Inventario íntimo», especie de autobiografía, rescata su origen campesino vinculado con la historia de las colonias en la zona «gringa» de Santa Fe. En esta definición de su origen se encuentra sintetizado el núcleo «poético» de su obra: «Todos mis antepasados inmediatos –sin excepción–, desde su radicación en suelo argentino, fueron campesinos. La tierra, los ciclos del tiempo, las cosechas, la labor agrícola, necesariamente, debieron ser los temas fundamentales que se manejaron en el ambiente en donde transcurrió mi niñez» (Balbi L. R. 1997: 3). Este mundo es el que Balbi evoca en su escritura, enriquecida con la investigación de documentación histórica. La novela Los nombres de la tierra, tal como cuenta Balbi en «Inventario íntimo», comienza a ser escrita después del cuento evocativo “Por última vez”. En esta autobiografía mínima Balbi relata cómo inició a escribir la primera novela de la saga, partiendo principalmente de un trabajo con la memoria e indagando en el pasado de su comunidad:

«Comienzo entonces a revisar mi pasado, adorar la infancia, a añorar la adolescencia, de allí en más la avalancha de recuerdos me traen los mejores estímulos para inspeccionar la época del campo como asimismo investigar los orígenes de la familia, de los sucesos significativos en la evolución de la colonia rural desde su fundación hasta los tiempos últimos. Nacen, tras esas indagaciones, páginas sueltas de la primera novela, elaborada en cinco años de trabajo lento y confuso, hasta que, como una lúcida revelación, se me ocurre un sistema de vertebración de los capítulos sueltos escritos durante ese tiempo, el resultado es “Los nombres de la tierra”, especie de épica”» (Balbi L. R. 1997: 7)

En esta novela, saga de la colonización piamontesa en la zona de la «pampa gringa» santafesina, la memoria, hecha de olvido y de muerte, constituye la posibilidad del re-conocimiento identitario en esas «jornadas en sucesión», con sus «ciclos invariables» y «los prodigios de cada uno [que] suelen ser no otra cosa que las generalidades de la especie humana» (Balbi L. R. 1985: 218). De esta manera, la dimensión mítico-simbólica de la memoria en la escritura de Balbi, tal como la define Valli (1991), comprende tanto la memoria personal e histórica como la memoria prestada y ficcional:

«…en ese momento, en el mismo vórtice del resplandor comencé a comprender yo que había allí algo superior que provenía de la eternidad, lo cual, muchos años más tarde me angustiaría por no precisar en mi madurez algún detalle que la hiciera patente y significativa como en los tiempos de nuestra infancia. Ésa era mi raza que comprendía entonces con la incontenible maravilla de la inocencia juvenil, que comprendí después con la grande y alible nostalgia de la memoria adulta, Era yo ese niño al pie de la torre dorada, entonces, y aún no eran tan distantes los tiempos de las primeras siembras y de las primeras cosechas y sin embargo no había otra forma de enmarcar a toda esa gente que en los espacios bíblicos como lo habían vivido esos piamonteses de cabeza dura y pies enormes llegados con la azada y la mancera.» (Balbi L. R. 1985: 66) 

La escritura –que es, a su vez, como ya se dijo, tiempo y espacio de la memoria (y del olvido) y, por ello, de formación de identidades– se confirma como cumplimiento de un deber bíblico, un homenaje a los antepasados y al origen para «superar el devenir de los tiempos» (Balbi L. R. 1985: 171). Una conjura, en suma, contra el olvido y la sucesión de los días:

«¡Hombres y mujeres que adoré, debía hacerles mi propio monumento alguna vez con esa misma luz comprendida aquella tarde después de la tormenta y guardada como un instante de eternidad entrevista en medio de la vulgar rutina del tiempo terrenal!» (Balbi L. R. 1985: 67)

Es en el tiempo de la infancia que la conciencia de la eternidad se vislumbra y es, en la edad adulta, a través del oficio de la escritura, a la manera de Syria Poletti, que Balbi la recupera con nostalgia. El relato de la propia historia es el sostén de la comunidad que permite su cohesión. Narración que evoca fundamentalmente:

«Antiguos sucesos que más o menos habían coincidido con el tiempo, como se ve, pasaban a hacer una sola historia bella y aleccionadora. De allí en más iban en crecimiento los relatos ejemplares para ser repetidos de una vida a la otra y para aliento de aquéllos que querían hallar un ejemplo y una esperanza en las decisiones y actitudes de los primeros padres.» (Balbi L. R. 1985: 134)

En ese ejemplo y en esa esperanza que se narran es en donde la interpelación opera, como espacio y como tiempo de la memoria y de la palabra, en el relato, de formación de la identidad colectiva de esta comunidad de piamonteses en la «pampa gringa» de Santa Fe, ficcionalizada, recuperada, evocada en el universo poético Lermo Rafael Balbi.


Trenes y fronteras

La memoria es clave también en la configuración identitaria y en la conformación sea del tiempo sea del espacio en Trenes del sur de Carlos Hugo Aparicio[5]. La orilla, la frontera, la periferia signan aquí tanto la distancia de la metrópoli como el desplazamiento de los discursos impuestos por el Estado-Nación. No se define un límite o un confín, sino una frontera tal como la propone Homi Bhabha en El lugar de la cultura, es decir, un espacio intermedio, de tránsito, un «más allá» que implica un cruce, en el tiempo y en el espacio, de representaciones de identidad y diferencia, de inclusiones y exclusiones. El espacio no es solamente el de la Puna argentina, sino el de la memoria cultural e individual, modelado fundamentalmente a través de la perspectiva de la niñez y como un relato «autobiográfico» construido desde la ficcionalización de la oralidad.
El «sur», en esa frontera, se yuxtapone en la memoria de la infancia a partir de fragmentos de tangos que acompañan el relato como memoria musical –una memoria cultural compartida– y registran las interpelaciones ideológicas e identitarias que enfrentan y complementan la identidad regional y la nacional. El «sur» se percibe ambivalentemente como marca de otredad y diferencia y, al mismo tiempo, como mismidad en tanto representa, en esa frontera, la cultura nacional que se impone sea a través de los tangos, sea a través de la escuela. Ese espacio, sin embargo, en el momento de abandonar el pueblo, por una migración interna para mejorar las propias condiciones familiares, finalmente se percibe, con cierto espanto, como un sur «lejano», es decir, ajeno.
La migrancia de Lalo, el protagonista de la novela, por la Argentina, supone entonces una remodelación de la identidad colectiva que se había impuesto, en la infancia y en la frontera, a través de la música, la cultura popular y oral –mediadas especialmente por los tangos–, y también a través de varias prácticas y símbolos patrios, referentes de la nacionalidad (la escarapela, el himno, la bandera), aprendidos en la escuela.
La institucionalización de determinados símbolos de la identidad nacional y la sacralidad de la idea de patria se imponen en el tiempo y en el espacio escolar, sin entrar en conflicto con la difusión de la cultura popular y oral impuesta como «nacional» desde la metrópoli. Las estrategias y los procedimientos de formación de identidades colectivos, en la escuela y por medio de la cultura popular, operan no solo como imposiciones de un imaginario, sino como fundaciones de «tradiciones» que hegemónicamente representan el Estado-Nación:

«Un poco más allá la plazoleta de los actos patrióticos, de los desfiles de las escuelas y los soldados en los días de guardapolvo bien lavado y planchado, la escarapela flamante prendida sobre el pecho impecable y la banderita azul y blanca agitándose en la mano y la banda de música con sus instrumentos amarillos destellando al sol tan alto y radiante como el cielo limpio […] el estremecimiento, la piel de gallina, el sacudón profundo al cantar el himno y ver subir la bandera entre las rachas del viento hasta el tope del mástil contra el azul intenso totalmente despejado.» (Aparicio C. H. 1988: 15)

En la segunda parte de la novela, Lalo, ya adulto, regresa a su pueblo y recorre los diferentes espacios del mismo, inclusive más allá de la frontera, evitando, sin embargo, la escuela. Esta distancia revela una fractura del modelo identitario impuesto institucionalmente, evidente en la negación, en el abandono o en la indiferencia que se asume frente a normas y valores aprendidos en la edad de escolarización. Estos cambios se explican, en parte, a través de la lectura de cuentos, escritos por Lalo-adulto, que va realizando el fantasma de Lalo-niño, sin ser percibido ni visto por él mismo, adulto, y que, como memoria de resistencia al desarraigo, se había quedado en el pueblo custodiando la inalterabilidad de su mundo. En esas transformaciones, sin embargo, el tango conserva la fuerza identitaria en la cual confluyen el pasado y su presente.
La plaza, la estación de trenes y las calles funcionan como espacios abiertos en donde circulan las diferentes representaciones de la identidad nacional, en la movilidad de las migraciones y bajo el signo complejo de lo popular y de lo institucional. Las revistas, que llegan de Buenos Aires con el tren, trasmiten, además de las noticias referidas a la situación del país, otras «tradiciones» y prácticas que, desde la cultura popular, imponen una idea de nación y de identidad colectiva. El fútbol, deporte nacional, es aquí representado por equipos de Buenos Aires, que se confirman como referentes colectivos de identificación e inclusión populares, devenidos símbolos de la nacionalidad, en cierta medida institucionalizados, como la escarapela o la bandera en el ámbito oficial y escolar.
Por otra parte, el contrabando, en tanto práctica clandestina e ilegal, se presenta como una negación de las normas y leyes del Estado-nación y, aunque implique una apertura de la frontera –entendida en este caso institucionalmente, es decir, como espacio arbitrario de confín del Estado–, constituye una práctica social. Esta práctica no es solo un modo de subsistencia económica, sino también la manifestación de tradiciones ancestrales anteriores a la imposición de las fronteras nacionales en la Modernidad, la reafirmación de una identidad regional macroregional y supranacional. El Estado, sin embargo, se manifiesta coercitivamente a través de la Gendarmería, que actúa como agente de control y de imposición de las normas estatales, reforzando, incluso violentamente, «el dichoso límite». De este modo, el Estado procura imponer prácticas de comercio legales tendientes a contribuir a un sentido de pertenencia dentro de las fronteras nacionales:

«De este lado del puente (en la frontera), en la casilla de material bastante amplia están los gendarmes uniformados de verde oliva, bien ajustadas a los costados de la cintura las cartucheras negras de sus pistolas; las caras serias, los gestos bruscos y autoritarios, siempre severos; les tiene miedo y rabia, miran con ojos inquisidores a la gente que pasa desde aquí para allá, desde allá para aquí; casi sin interrupción durante todo el día. A ratos ¡alto!, las detienen, ¡alto carajo!, las hacen de mala manera formar colas largas y por turno las revisan, las empujan, las manosean, les quitan cosas que se las guardan o por hacerse ver lo que son las tiran al río; la harina vuela como en carnaval, el pan cae rebotando en las piedras, el aceite de la botella quebrada hace una mancha en la tierra, el maíz se expande como disparado por una escopeta. Después las botan a los empellones, a culatazos de carabina cuando algunos se anima a reclamarles o los meten adentro sin más trámite.» (Aparicio C. H. 1988: 46)

El orden social parece, en la primera parte de la novela, regulado y protegido por un esquema rígido de valores impuestos a través de las normas familiares y escolares. El progreso se garantiza a través de la educación y del mérito, con el sacrificio y la honestidad. Así, el proyecto familiar se asienta en el esfuerzo de cada uno de los integrantes, inclusive de los niños, encargados de procurar un futuro mejor a la familia. Los mandatos familiares se imponen generacionalmente y la aceptación de los diferentes roles va formando la identidad de los sujetos y sus roles al interno de la pequeña sociedad –la familia– y en el progreso colectivo de la nacional. Estos proyectos y este orden son determinantes para la emigración de la familia. Por ello, el discurso del padre a sus hijos:

«por eso cuando nos vamos allá los voy a inscribir en el mejor colegio como me lo han recomendado en tu Escuela; no importa lo que tenga que pagar, ustedes dos tienen que seguir sus estudios para que el día de mañana sean algo; ya los veo doctores, volviendo aquí sólo a pasear y la gente saludandolós con admiración y respeto, yo entonces, si es que estoy, ya voy a ser viejito pero feliz de verlos a ustedes no ser como yo, siempre empleado metido de la mañana a la noche en una oficina cualquier pues» (Aparicio C. H. 1988: 165)

En la segunda parte de la novela, en «Crónica del cuento de la maldita beca», se revela finalmente una de las causas del contraste entre las expectativas de la familia y la situación actual de Lalo adulto. La distancia entre los proyectos y la no-realización de los mismos se explica en este cuento que Lalo-niño lee, sin que Lalo-adulto lo vea. Esta «crónica» relata cómo los esfuerzos familiares y personales se vieron frustrados en un mundo en el que los valores que se sostenían en el pueblo no encuentran el lugar que se les asignaba en la perspectivación familiar y escolar. La idealización de determinados valores y el contraste con una realidad ajena a los mismos lleva al fracaso. Los ideales terminan perdiéndose, pues el mérito, el esfuerzo, los sacrificios terminan siendo ignorados en un sistema en el que no son premiados. El interés, el arribismo, las apariencias, las conveniencias imperan y la desilusión del padre termina en violencia. Luego de cumplir con todos los «requisitos» impuestos socialmente para progresar socialmente, en forma honesta, la familia de Lalo esperaba que éste pudiera ir becado a la universidad de Tucumán para estudiar Abogacía. La beca, sin embargo, no se le concede por sus méritos, ya que se le exige al padre que se afilie al partido del gobernador. Se despedaza así un mundo de valores. Lalo, antítesis de Genaro de En la sangre, termina siendo marginado, no obstante sus méritos intelectuales y morales, mientras el arribista triunfa. En la «Crónica» la injusticia se anuncia ya en la historia de un arribista que sí es becado:

«Que seguro que la beca te va a alcanzar para la pensión y los libros, si a ése que siempre se llevaba materias a marzo le dieron una que le sobra para irse a La Plata, así por lo menos me lo ha dicho su papá.» (Aparicio C. H. 1988: 267)

Los «trajines y las expectativas» chocan con el pedido/orden del gobierno provincial de afiliación del padre al partido del poder. La afiliación, «requisito indispensable para el otorgamiento de la beca» (Aparicio C. H. 1988: 268-269), según palabras del secretario del gobernador, rompe todos los proyectos y concluye los esfuerzos familiares y un modelo de sociedad sobre el que se había construido un mundo. A la salida de la Casa de Gobierno, mientras el padre y el hijo caminan, con la carpeta que tenía los certificados de estudio de Lalo, concluye ese mundo de esta forma:

«Salieron. Caminaron en silencio unas dos cuadras. Entonces se detuvo y después de ponerse y ajustarse con fuerza el sombrero gris de golpe le arrancó la carpeta de las manos del hijo y sin decir palabras comenzó a hacerla mil pedazos delante de todo el mundo.» (Aparicio C. H. 1988: 269)

El «fantasma» de Lalo-niño niega esta «crónica» en su voluntad de mantener inalterable su mundo, por ello reafirma su decisión: «no quiero ni pensar, ni saber, ni enterarme, ni adivinar, ni darme cuenta, ni imaginar» (Aparicio C. H. 1988: 269). El niño regresa a la casa de la infancia que es, como en la novela de Balbi, la casa de la memoria. El espacio y el tiempo devienen míticos en esta segunda parte de la novela, porque se cancela la temporalidad, la sucesión de los días y se instaura un no-tiempo que se proyecta en la utopía de la recuperación del pasado y del futuro en ese no-tiempo de la memoria, en ese ya no-espacio que es la infancia. En el andén solitario, cuando Lalo-adulto parte para ese lejano «sur» que lo ha transformado negativamente, en vez de brindarle las oportunidades que se merecía, queda Lalo-niño. Alejándose de las «imágenes turbias», el niño se pregunta y se propone un nuevo tiempo, un nuevo proyecto, que no implica ya una partida, sino un regreso, que es una recuperación identitaria apoyada en el tiempo y en el espacio del pueblo:

«¿Qué me queda sino este inmenso, larguísimo día de empezar a esperar otra vez todos los trenes del sur?; no importa si falta poco o mucho, estoy más seguro que nunca de que en uno de esos trenes va a regresar de nuevo y entonces no va a ser como ahora, no va a ser lo mismo; entonces él en cuanto pise el andén va a verme, va a correr hacia mí con los brazos abiertos, y yo voy a abandonar el lugarcito de detrás del pilar de hierro para correr también hacia él, y los dos en plena intemperie, en medio de todas nuestras calles, bajo toda la luz del cielo nos vamos a abrazar hasta que a los dos juntos, así abrazados, nos vaya borrando el viento. Después de la mano nos vamos a ir al encuentro de mis papás, de mi hermanito, de la Angélica, del perro y del gato, de todas sus cosas, las que le voy a seguir cuidando hasta ese qué dichoso día.» (Aparicio C. H. 1988: 281)

La narración, articulada con letras de tangos, termina con los versos de «Yo también soñé» (1935) de Francisco Canaro y Luis César Amadori, develando las  ilusiones, los engaños, del tiempo de la infancia, no solo de Lalo, sino de toda una sociedad:

«yo también soñé
cuentos de ilusión
desde mi niñez,
y fue un sueño azul
el que me engañó
en mi juventud» (Aparicio C. H. 1988: 284)


Fundaciones y orfandades

En La orfandad de Sylvia Iparraguire nuevamente encontramos un espacio de frontera, marginal con respecto a la capital. El pueblo imaginario, situado en la provincia de Buenos Aires, en el confín con la «nada», con el «vacío» sarmientino, y fundado en el siglo XIX como fortín militar de defensa de la frontera contra los malones, se organiza espacialmente, en la primera mitad del siglo XX, a partir de dos edificios especulares que marcan sus límites, el asilo para huérfanas y la cárcel. Ambos edificios, además de demarcar los extremos del pueblo, se vinculan como «agentes», como espacios que se encargan de ocultar, vigilar, educar y recuperar socialmente aquellos sujetos marginales o «peligrosos» en tanto potencialmente disolventes de la cohesión social. Si, por un lado, en el asilo la máxima educativa enseña a las huérfanas la humildad, de tal modo que sean «más bajas que la hierba» (Iparraguirre S. 2010: 129), en la cárcel, por su parte, se impone «una forma a sus días, un modo de levantarse y de caminar, un molde» (Iparraguirre S. 2010: 147). La topografía del pueblo, que depende de la configuración simbólica del espacio socio-cultural de Argentina, se conforma, paradójicamente, según esos dos edificios destinados a recibir aquellos sujetos marginales. La organización del pueblo depende, pues, de dicha topografía:

«En un plano invisible, los edificios obraron cuestiones más sorprendentes, si se quiere, ya que su ubicación entrañó una especie de principio teológico en la topografía original del pueblo. […] A partir de ese momento circuló, ambiguo al comienzo, pero preciso después y tomando forma de piedra fundacional, un plano moral del pueblo...» (Iparraguirre S. 2010: 28)

La novela no presenta solamente la historia de amor entre Sonia, la huérfana que busca ansiosamente su identidad y su origen familiar, marcada por la formación religiosa recibida en el asilo, y Bautista, el inmigrante italiano anarquista que es injustamente encarcelado en este pueblo, acusado de haber participado en el atentado de Severino Di Giovanni en mayo de 1926 contra la embajada de Estados Unidos reclamando la liberación de Sacco y Vanzetti. Por las características de Sonia y de Bautista se podría decir que se trata, entonces, de una versión desmitificada del crisol de razas, como propuso en 1904 Florencio Sánchez en La gringa, no entre dos «representantes» ejemplares de dos grupos de la sociedad, sino de dos marginales. En última instancia, la historia de cómo el pueblo –y metonímicamente el país– se fue construyendo también desde los múltiples márgenes con el tren, con la cárcel, con el orfanato, con la biblioteca pública, en las chacras, en la periferia, en la lucha contra un campo hostil, pero paradójicamente generoso tal como se propone en el mito de la colonización. Aquí el tiempo es el de la memoria también, como en Los nombres de la tierra y en Trenes del sur, porque son las diversas fotografías –como soporte de una memoria iconográfica– que van reconstruyendo diálogos, a veces discursos como los de un coro griego, historias, escenarios, valores, tradiciones, mostrando las diferentes representaciones identitarias y mitologías en ese pueblo.
Este pueblo actúa como «síntesis» de un país convulsionado por los conflictos políticos en el período que va de 1926 a 1945 y los posteriores, a partir de una elipsis y una condensación que se realiza a mitad de los años ’90 en el epílogo. Los personajes de los «bordes» construyen en esos espacios de formación una «épica» fundacional, no obstante las violencias y la «orfandad» en que se encuentran. Es, pues, la «orfandad» la marca identitaria que vincula los dos espacios –el asilo y la cárcel– que limitan y definen el pueblo, pues tanto el anarquista pacifista como la huérfana sin familia y sin pasado se colocan en una situación de precariedad, de «orfandad» afectivas, de marginalidad y, en definitiva, de lucha contra la «muerte» social que, en fin, pertenece a todos, en el ensamblaje de una historia común.
La orfandad es, pues, la historia del país en la del pueblo, con sus injusticias, desquites, desagravios, abandonos e incomunicaciones. El caserío del pueblo, aparentemente monótono, y los dos edificios que funcionan como instituciones de control, de contención y de «represión» según un modelo político social propio de la Argentina en los años Ochenta, metonímicamente exponen las limitaciones de un proyecto de nación y de una identidad colectiva violenta y egoísta:

«Si en aquellos primeros tiempos algún improbable viajero hubiera detenido su marcha en ese punto perdido en la llanura, habría contado más tarde que todos los pueblos de provincia se parecen: lugares monótonos, donde nunca sucede nada. Habría contribuido a esa visión el conocimiento superficial de los pobladores, semejantes a una familia numerosa deslizándose en armonía por el manso río del tiempo. De esta imagen idealizada y fugaz estaban excluidos aspectos menos bucólicos del pueblo. La crueldad de una muerte violenta, la desconfianza hacia los forasteros, la condena perpetua a una madre soltera, la impunidad de un caudillo local, la explotación que unos hombres ejercían sobre otros muchas veces descubrían a la luz del día la maldad inocente pero feroz con la que los habitantes castigaban el pecado. O la indiferencia cómplice con la que permitían maledicencias y abusos. Una lucha tenaz entre el bien y el mal ocupaba el espacio celeste del pueblo, lucha que terminaba dirimiéndose abajo en fábulas que rodaban de una generación a otra. Porque como en toda historia mitológica, en la de San Alfonso el imperativo de transmisión se imponía sobre el de veracidad y atendía a lo principal: perpetuarse en el tiempo.» (Iparraguirre S. 2010: 24-25)

La novela construye una narración del resarcimiento social y personal con un tono melancólico que va desgranando las angustias visibles e invisibles en la recuperación de la memoria de las sombras anónimas. El deseo de progreso une los distintos sujetos, desde la huérfana que busca inútilmente su pasado hasta el anarquista pacífico que, con un altruismo completamente idealista, busca una revolución sin violencia. En este pueblo perdido en la «frontera», los relatos orales articulan, con resonancia épica, las historias de heroicidad de los «pioneros» y un mundo mítico. El discurso del «coro griego» constituido por las cuatro hermanas Zuloaga, las notas sociales del diario local «El Imparcial», de corte religioso, junto a los relatos orales de los seres marginales como la vieja mendiga y el loco del cementerio, y de los seres fantásticos como las almas en pena de la viuda o del hombre sin cabeza, van «escribiendo» la historia de este pueblo imaginario. La «crónica» del «progreso» y la trama de la historia se acompañan con las varias fotografías de una exposición que condensan y permiten el relato: el campamento del ferrocarril en 1884, los vecinos de una chacra un domingo de descanso en 1912, las casas de San Alfonso en 1925-1935, el hospital en 1929, la casa de la familia Zuloaga en 1933, el cementerio en 1939, la tapera del ahorcado en 1941. Estas fotografías son ojos y, a su vez, imágenes del pueblo que van mostrando, casi «autobiográficamente» no solo desde las márgenes, sino desde el interior la historia de esa comunidad, con sus mitologías modestas y su memoria heredada. En el relato construido sin palabras, a través de las imágenes, se recupera el silencio de la fundación del fortín y «cierta certeza de perduración» (Iparraguirre S. 2010: 243). De este modo, parece repetirse el gesto fundacional, cuando «las palabras desaparecían ni bien dichas, tragadas por la inmensidad de la noche que los circundaba» (Iparraguirre S. 2010: 242).
Es, justamente, contra este silencio, que algunos espacios de formación, como la Biblioteca Pública del pueblo o los escritos de Bautista, confluyen en la búsqueda de rescate de la marginalidad y como proyección al futuro. La educación constituye el principio que difunde Bautista en la cárcel como forma de resistencia y de redención, y su enseñanza se condensa en esta frase que dice a otro preso, un muchacho joven, vecino de celda:

«El que quiere dominarte, lo consigue embruteciéndore. Tenés que educarte y salir de la marginalidad. Educarte y, en la medida de lo posible, educar a otros, ¿entendés? La marginalidad es un pozo en el que te hundís, no lo olvides.» (Iparraguirre S. 2010: 101)

La cárcel, sin embargo, parece imponerse en la personalidad de Bautista Pissano, como una cicatriz que se vuelve presente, aún fuera de ella, recuperada la libertad:

«La cárcel le ha dado una forma a sus días, un modo de levantarse y de caminar, un molde que, después de las noticias de la carta, a pesar del impulso de las primeras semanas y a pesar de todo su esfuerzo, ha vuelto a caer sobre él.» (Iparraguirre S. 2010: 147)

La asiduidad con la que Pissano visita la Biblioteca muestra, por otra parte, no solo la voluntad de salir de la marginalidad a través de la educación, del autodidactismo, sino también una especie de «inventario» intelectual que evidencia un proyecto político utópico de vertiente tolstoiana pacifista y transculturada, con la atención sea en lo universal como en lo nacional. Se consigna así, como si fuera también un «inventario» de fotografías que muestran «imágenes» de una historia personal, de un recorrido intelectual no visible sino a través de esa lista:

«Si a alguien le hubiera interesado hacer una investigación, la ficha correspondiente a los libros retirados por el preso durante el año 1931 en la Biblioteca Popular Alberdi habría arrojado lo siguiente: Recuerdos de provincia, de Sarmiento, El crimen de la guerra, de Alberdi, Cuentos populares, de Tolstói, Martín Fierro, de Hernández, El apoyo mutuo, del príncipe Piotr Kropotkin; este último, resabio inadvertido de los orígenes masónicos de la Biblioteca, fue pedido de forma ininterrumpida por Pissano durante años, único lector del libro desde su entrada en el inventario de la Biblioteca.» (Iparraguirre S. 2010: 97-98)

De esta forma, a través de la acción de Bautista, la cárcel se trasforma en un espacio de formación diferente de lo previsto y la Biblioteca deviene una extensión de formación en el espacio de la cárcel a partir de las lecturas y las frecuentaciones de Pissano. El proyecto de exclusión y de no-visibilidad con el que se había construido la cárcel en la frontera se modifica a partir de la acción, casi quijotesca, de este anarquista pacifista. Los espacios así se truecan y la orfandad, como en el caso de Sonia, deviene amor y rescate. De esta forma, Sonia que había siempre buscado su origen, su pasado (a diferencia de cuanto hace Genaro que los niega, los «elimina») descubre que:

«Era amor lo que había sentido sin saberlo, sin reconocerlo, y ahora la corteza que lo había sofocado se rompía, caía como un molde viejo y la dejaba trémula…» (Iparraguirre S. 2010: 239)

Así, el espacio del pueblo, con la cárcel, la biblioteca y el asilo, y la distancia de este, los tiempos de crecimiento y de formación, tanto de Bautista Pissano como de Sonia Reus, se muestran como espacios y tiempos de transformación de carencias en afirmaciones gozosas de la piedad y del amor, en recorridos necesarios de crecimiento personal, lejos de las imposiciones institucionales y de toda negación de sus individualidades. Proyecto utópico de una nación por sobre las violencias de la historia y los tantos asilos y cárceles que encerraron y ocultaron los «huérfanos» de una sociedad egoísta y autoritaria.


A manera de mínima y provisoria conclusión

Este recorrido ha tratado de evidenciar cómo en los diferentes espacios y tiempos de formación que se encuentran en estas cuatro novelas argentinas, pertenecientes a diversos contextos,  se inscriben heterogéneos proyectos de «nación» y de interpelación identitaria que, sin embargo, comparten genotextos comunes, vinculados con la resolución de la alteridad, la conformación identitaria, el pasaje del tiempo, la memoria, las múltiples fornteras. Los contrastes, las contradicciones y las continuidades evidencias las narrativas y contranarrativas que forman parte del discurso social alrededor de la construcción de la nacionalidad. Apelaciones e interpelaciones pertenecientes a diferentes micro-comunidades, con realidades histórico-sociales y culturales declinadas en variadas formas, muestran la conformación del mosaico cultural que compone la heterogeneidad de Argentina. Estas narraciones, escrituras de regiones y momentos históricos vividos e interpretados, se proponen, en última instancia, como diálogos con la historia y con uno o varios proyectos colectivos. Son, parafraseando el título de un libro de Fernando Degiovanni (2007), «textos de la patria», múltiple y contradictoria en su unidad.


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[1] Bravo Herrera, Fernanda Elisa, “Tiempos y espacios de formación de identidades colectivas en Cambacérès, Balbi, Aparicio e Iparraguirre” en Grillo, Rosa Maria – Perugini, Carla (a cura di), Tempi e luoghi di de/formazione. Salerno: Oèdipus, 2013, pp. 118-145, CD-Rom [I.S.B.N. 978873411666]. Ponencia presentada en las Jornadas de Literatura Hispanoamericana “Luoghi di (de)formazione: caserme, collegi, conventi...”, en el marco del XXXIV Congreso Internacional de Americanística. Organizadas por el Centro Studi Americanistici “Circolo Amerindiano di Salerno” y la Facultad de Lenguas y Literaturas Extranjeras de la Università degli Studi di Salerno. Salerno, 14- 16 de mayo de 2012.
[2] «…el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse» (Foucault M. 1992 [1971]: 12).
 [3] Argerich, ya desde el «Prólogo» de su novela ¿Inocentes o culpables? confirma su tesis sobre el determinismo por la herencia, vinculado con la inmigración, como factor negativo para el porvenir del país:
«Tenemos, pues, este hecho contraproducente, por un lado, y ademas, otro muchísimo mas grave: para mejorar los ganados, nuestros hacendados gastan sumas fabulosas trayendo tipos escogidos, -y para aumentar la poblacion argentina traemos una inmigracion inferior.
¿Cómo, pues, de padres mal conformados y de frente deprimida, puede surgir una generacion inteligente y apta para la libertad?
Creo que la descendencia de esta inmigracion inferior no es una raza fuerte para la lucha, ni dará jamás el hombre que necesita el país.
Esta creencia reposa en muchas observaciones que he hecho –y es ademas de un rigor científico: si la seleccion se utiliza con evidentes ventajas en todos los seres organizados, ¿cómo entonces si se recluta lo peor pueden ser posibles resultados buenos?» (Argerich A. 1984 [1884]: 11).
[4] Lermo Rafael Balbi (1931-1988) publicó, además de Los nombres de la tierra (1985, Premio Municipalidad de Rafaela) y Continuidad de la gracia (1995), 3 Cuentos (Santa Fe, Cuadernos Gaceta Literaria de Santa Fe, 1983), La tierra viva (Premio Municipalidad de Santa Fe, Colmegna, 1972), Los días siguientes (Santa Fe, Colmegna, 1970), El hombre transparente (1966, Premio Municipalidad de Rafaela), Arauz muerto y celeste (1979, Premio José Pedroni de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia), y Adiós, adiós Ludovica (1985, Premio de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, reelaboración teatral de un capítulo de la novela Continuidad de la gracia). 
[5] Carlos Hugo Aparicio, escritor nacido en 1935 en La Quiaca (Jujuy), residente desde hace varios años en Salta, publicó cuatro libros de poemas, Pedro Orillas (1965), El grillo ciudadano (1968),  Andamios (1980),  El silbo de la esquina (1999), dos libros de cuentos, Los Bultos (1974), Sombra del fondo (1982) y la novela Trenes del sur (1988, Premio Regional de Literatura de la Secretaría de la Cultura de la Nación). Miembro de la Academia Argentina de Letras desde 1991, fue galardonado con el Premio al Mejor Escritor del Año (1986). El director, guionista y productor salteño Alejandro Arroz realizó la película Luz de invierno, en 2005, basada en varios cuentos de Carlos Hugo Aparicio (PACT, Producciones Alternativas de Cine y Televisión).

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