viernes, 14 de septiembre de 2018

El fondín de la alegría, de Alberto Vacarezza (1931)




«Cuadro primero
(Trastienda de una característica fonda genovesa en la Ribera. A la derecha, primer término, una puerta que comunica a un reservado, y más atrás una ancha abertura de arco, que da al comedor general. A la izquierda, una puerta que conduce a las habitaciones privadas y, en segundo término, otra que lleva a la cocina. Al costado de ésta, una pequeña ventana con pasadero para los platos. Mostrador y estantería a la izquierda. A foro la puerta de calle con dos vidrieras bajas y cuadrilongas a través de las cuales se ve el panorama del Riachuelo. A la hora de la cena. Aparecen: Roncoroni, el tarta, Pan seco y un par de amigos más, en la mesa de primer término derecha, tomando el vermouth. Roncoroni cuenta sus aventuras, por lo bajo, requiriendo de vez en cuando la confirmación de El Tarta, quien no lo desmiente nunca. El Carbunin y El Botero, en otra mesa de la izquierda, segundo término, jugando a la murra. Tres marineros y un estibador, juegan al truco, en otra de más atrás. Giacumin, detrás del mostrador, sirviéndole de beber al Cabo Ledesma, que, de pie junto al mostrador, observa el movimiento. Unos cuantos gringos en el comedor, cantan en coro los motivos de la clásica “Lingiera.”)
Los gringos.– “E cun la chica in buca
                             zapatille in man”.
Carbunin. – ¡Dúe!
El Botero. – ¡Tre!
Carbunin. – ¡Cincue!
El Botero. – ¡Sete!
Los gringos. – “La póbera lingiera
                              la va per Tucumán”.
Carbunin. – (al perder la murra) ¡Vo shito veñite in pó de ben…. ti me é gañou inatra vota! ¿A vede in pó Giacumin…? ¿Cuantu le cuesta rota qui?
Giacumin. – (Sacando la cuenta con lso dedos.) Tangue, tangue e tangue: Sun tantu cume in pesu e vinte.
Carbunin. – In pesu e vinte. (Paga.) Te doi due pesi e dame otanta de vortu.
Giacumin. – ¿A prupinha? (Imperativo.)
Carbunin. – ¿A prupinha? ta daió inta squenha, tocu de in palenadrún. Se ti vheu di diné vani a trabagiá intu carbón cume trabagiu mí. (mutis con El Botero al comedor.)
Giacumin. – ¿Mí in tu carún? ¡Ma lascieve de storie e andéibela a pigiá in tas taca!... (El Cabo se retira sin pagar.)
Pan Seco. – (A Roncoroni.) ¿Y de ahí, compadre: en qué acabó el incidente?
Roncoroni. – (Habla siempre con mucho énfasis y mirando con gesto despectivo.) ¿Y en qué iba a acabar? En cuanto la lora me embrocó como pidiendo socorro, ahí nomás pelé el de pinchar matambre, dejé el tendal de contusos y salí con ella pal lao de la toldería.
Pan Seco. – ¿Y…?
Roncoroni. – Le pasé la esponja al pizarrón, y como si nada hubiera escrito el profesor, enfundé la de seis hilos, y aquí me largué pa saber si es cierto lo que se dice: que a esa flor no hay quién la riegue ni la piante del rosal… ¿Es así como te dije?
El Tarta. – Así es como vos dijiste….
Pan Seco. – ¿Y no le parece que ya son muchos golosos pa una algarroba?
Roncoroni. – ¿Muchos? …. ¿Y ande están que no los veo?.... ¡Che, mameluco!...
Giacumin. –¡Zás! Ya se comunicó conmigo. (Se aproxima a la mesa de mal aire.) ¿Qué quiere?
Roncoroni. – ¡Cuánto es lo que se debe aquí?
Giacumin. – ¿Todo?
Roncoroni. – ¡Todo!
Giacumin. – (Saca la cuenta con los dedos.) ¡Tangue, tangue, tangue: cuatro noventa!
Roncoroni. – ¿Cuánto?
Giacumin. – ¡Cuatro noventa! Cinco pesos menos diez centavos.
Roncoroni. – ¡Muy bien! Andá cargándomelos a la respectiva adición que se ha de pagar por tesorería.
Giacumin. –¿Por dunde?
Roncoroni. – Por tesorería, he dicho. ¡Y no me sigás secnado porque en una de estas te voy a desparramar el aserrín del mate!
Giacumin. – ¿A quién?
Roncoroni. – ¡A vos!
Giacumin. – ¿A mí?
Roncoroni. – ¡A vos he dicho!... (Amenazante.)
Giacumin. – Bueno, está bien… ¡Pero no vaya a sacar el cuchillo porque me asusto!...
Roncoroni. – ¡Yo te voy a dar calesita pa que me sigás mariando!....»

Alberto Vacarezza, El fondín de la alegría. La Escena. Revista Teatral, N° 668, Buenos Aires, 16 de abril de 1931.



miércoles, 12 de septiembre de 2018

Discurso de Bartolomé Mitre (1870)




«Los agricultores de Lombardía, del Piamonte y de Nápoles, los más hábiles y laboriosos de Europa, han sembrado los cereales y hortalizas y realizado esos oasis de trigo que rompen la monotonía de la inculta pampa. Sin ellos no tendríamos legumbres ni conoceríamos las cebollas y las papas, puesto que en materia de agricultura estaríamos en las mismas condiciones que los pueblos más atrasados de la tierra. Los 80.000 italianos que pueblan nuestro suelo, en Buenos Aires y esparcidos en las diversas ciudades del litoral y el interior, han formado sus hogares uniéndose a las familias del país, fecundando la tierra nuestra.»

Discurso de Bartolomé Mitre en el Senado, 1870. Citado en Argentina, La otra patria de los italianos. Argentina, l’altra patria degli italiani. Buenos Aires, Manrique Zago ediciones, 1983.

Tipos y costumbres bonaerenses, de Aníbal Latino (1886)





«Y á propósito de tu silencio, ¿en qué consiste que muchos de los que van al Nuevo Mundo prometen escribir en seguida, y se pasan después años enteros sin enviar una línea, á veces ni á sus familias? Porque lo que yo te reprocho, he oído que otros han tenido que reprocharlo antes que yo á parientes y amigos. Sé que estás bien, que has hecho dinero en el comercio y que por añadidura te has casado con una hija de ese país: ¿Te ha costado mucho trabajo el hacer ese dinero? ¿Cómo has podido trocar tu afición por las poesías de Petrarca, de Giusti, de Parini, de Monti, de Leopardi, y tu admiración por la prosa de Manzoni, tu manía de borronear el papel haciendo malos sonetos, –discúlpame la franqueza,– con las estadísticas de los precios, los plazos fatales de las letras de cambio, las engorrosas prácticas de las contrataciones y los actos é incidentes prosaicos de las operaciones comerciales? ¿No hay medios de hacer valer por allí la inteligencia? ¿Ó es que en el comercio es más fácil engañar á los naturales, que desde luego supongo más torpes que nosotros? ¿Es la América como la pintan? ¿Es verdad que por allí corren los miles como por aquí los centenes, que hay tantas riquezas inexplotadas que aprovechar, tantos negocios lucrosos que emprender, tantos medios de hacer fortuna en un dos por tres? Háblame claro sobre esto, que ya sabes la confusión que aquí reina en todo lo que se refiere á esos países, no obstante las muchas publicaciones hechas, y los muchos italianos que allí han estado, y que van y vienen con mucha frecuencia. Corren muchas mentiras por el mundo y no soy amigo de tragarme las mayores.
¿Que hacen, de que viven, á que se dedican tantos italianos como hay en ese país? ¿Que concepto merecen á los naturales? ¿Hay periódicos italianos? ¿Son buenos ó malos? A la verdad que es cosa que pica mi curiosidad, saber como pueden entenderse, combinarse, armonizarse gentes de tantas nacionalidades y tan diversas lenguas, orígenes, costumbres, manera de vivir y pensar. Debe ser un espectáculo grandioso ver cómo allí hay lugar para todos y muchos más, mientras por aquí todos sobramos y nos comemos unos á otros.»

Aníbal Latino, Tipos y costumbres bonaerenses. Buenos Aires: Imprenta y Librería de Mayo, 1886.

Y ellos se fueron, de Viviana Rivero (2018)




«Cuando Diego y Esperanza llegaron a Europa se instalaron cuatro meses en Italia.
Él, movido por la ilusión de convertirse en un gran artista y de exponer allí, se consagró a la pintura y al dibujo con el maestro Verdi. Se había propuesto exigirse al máximo para cumplir sus sueños y consagrarse como un gran pintor.
Esperanza destinó ese tiempo a perfeccionar sus idiomas italiano e inglés bajo la guía y el cuidado de una institutriz sajona recomendada por la ya legendaria Miss Ellis. A la mujer se le había otorgado, durante el viaje, la tarea de decidir lo que se le permitía a la joven y lo que no; en nombre de esa autoridad, en Roma, a pesar de los ruegos y súplicas de la muchacha, no se le consintió tomar clases de declamación. Las visitas de Esperanza al teatro y a la ópera la habían conmovido; y su carácter extrovertido no tardó en elegir ese arte como su preferido. Pero la negativa fue rotunda: era una actividad no muy bien vista para una chica de buena familia; y sus ímpetus teatrales debieron ser relegados.
Aun así, a pesar de la frustración de no poder estudiar actuación, la aventura de la estada para Esperanza y también para Diego, significó nuevas y múltiples experiencias.
Roma, Florencia, y Venecia se abrían en un abanico de innumerables posibilidades: clases de idiomas, para ella; visitas a museos, iglesias y exposiciones, para Diego, acompañadas de largas horas de dibujo. Y apara ambos reuniones, salidas y cenas con la alta sociedad europea. En las que no faltaban señoritas interesadas en Diego, ahora que era el hijo de uno de los bodegueros más importantes del país. Porque en Europa, dado el progreso de Argentina, el dicho popular para referirse a quien tenía mucho dinero era: “Rico como un argentino”.»

Viviana Rivero, Y ellos se fueron. Buenos Aires: Booket, 2018.

Salero criollo, de José S. Álvarez (Fray Mocho) (1920)





«Hoy abrió el Ateneo su salón de pinturas. No puedo decirle nada todavía porque no me han dejado entrar ni a mí ni a ninguno de los que comemos en la “Cantina dil 20 di Settembro”. “La apertura, nos han dicho invariablemente, no es para el público grueso” y como nosotros formamos parte de éste, hemos comprendido la indirecta.
Yo, como aficionado, he visitado algunas casas de amigos pintores cuyas telas han sido rechazadas, razón por la cual, el estado de su ánimo no puedo decirle, ni mentir, que se placentero.
Don Antonio Pignatelli, conocido carbonero de la parroquia de Balvanera y hombre que es una notabilidad como preparador de tallarines y poseedor de vinitos italianos, –según puede atestiguarlo el señor comisario Temístocles obligado, el señor Fanor Ortiz, el que subscribe, el ex cura párroco de Santo Calamucciogargantano, Hermógenes Pircanchiculli, el poeta don Antonio Lamberti y otros sabios en la materia, –está con razón indignatísimo con el proceder del Ateneo.
Figúrese usted, para darse cuenta del disgusto de tan meritorio amigo, que él tiene un sobrinito que se llama Gaetano, criollo, y a quien, notando que le gustaba el dibujo, –pues cuando era chico no dejaba pared en la parroquia que no tomara por lienzo, habiendo merecido por esta razón más de cuatro pescozones y tirones de oreja, –no trepidó en dedicarle al bello arte.»

José S. Álvarez (Fray Mocho), Salero criollo. Buenos Aires: La cultura argentina, 1920.

Casita robada, de María Josefina Cerutti (2016)





«Una escopeta le cruza el pecho. Lleva boina ladeada, camiseta, pantalón de trabajo y alpargatas. Transpira y camina, de una punta a la otra del portón verde inglés. Es febrero de 1944, un napolitano recién llegado cumple la orden de mi abuelo Victorio. Nadie más que él, su mujer y sus hijos pueden entrar en la Casa Grande. La casona de Viamonte 5329, en Chacras de Coria, Mendoza.
“La desgraciada situación en que se han colocado los herederos impugnándose mutuamente hechos graves e infringiéndose agravios” obligó al juez de la sucesión de Manuel Cerutti a designar un administrador que no perteneciera a la familia porque “con sus luchas y pasiones desatadas los herederos han perdido toda la noción de la medida y de la serenidad”.
El padre de Victorio, que había muerto en septiembre de 1943, dejaba una montaña de bienes para repartir: la Casa Grande era la joya de su sueño americano. “Casi treinta años de pleito”, decían en la familia. Expediente de cinco cuerpos; 1.114 fojas de agravios, amenazas y citaciones. Más alguna que otra causa penal.»

María Josefina Cerutti, Casita robada. El secuestro, la desaparición y el saqueo millonario que el almirante Massera cometió contra la familia Cerutti. Buenos Aires: Sudamericana, 2016.

Los sorrentinos, de Virginia Higa (2018)





«El Chiche Vespolini era el menor de cinco hermanos, dos varones y dos mujeres. Su verdadero nombre era Argentino, pero le decían así porque de chico era tan lindo y simpático que se había convertido en “el chiche de sus hermanas”. Los Vespolini se habían instalado en Mar del Plata a principios de 1900 y siempre habían tenido hoteles y restaurantes. De su familia el chiche había heredado la Trattoria Napolitana: el primer restaurante en el mundo en servir sorrentinos.
Los sorrentinos eran una pasta redonda, rellena, que había inventado Umberto, el hermano mayor del Chiche, bautizada en homenaje a la ciudad de sus padres. El sorrentino no tenía el borde de masa de los pansotti, ni el relleno de carne de los agnolotti, ni llevaba ricota como los cappelletti. Era una media esfera con cuerpo, hecha con una masa secreta, suave como una nube, rellena de queso y jamón.
De vez en cuando aparecía alguien en la trattoria que tenía el mal gusto de preguntar, con cierto aire superado: “¿El sorrentino no es lo mismo que un raviol pero redondo?”. Ante esto, las mujeres de la familia ponían los ojos en blanco y los hombres se reclinaban en sus sillas y resoplaban.»

Virginia Higa, Los sorrentinos. Buenos Aires: Sigilo, 2018.