jueves, 1 de noviembre de 2012

Invasión gringa, de José Pedroni (1956)





«[…]
Un niño que pregunta
cuándo vuelven los barcos.
Una mano de madre que detiene
la pregunta en los labios.
Un hombre con los ojos
clavados en el campo.
Una mujer que escribe
—Ya llegamos.
Hay árboles enormes;
muchos pájaros;
una cruz en el cielo, luminosa;
un río amargo…

5
Su lengua era difícil.
Sus nombres eran raros.
Los gauchos se murieron
sin poder pronunciarlos.
Bérlincourt se llamaban,
que es un hilo enredado.
Zíngerling se llamaban:
campanita sonando.
Zimmermann: un dibujo
del mar atravesado.
(Más atrás ya venían
los nombres italianos,
Boncompagni adelante:
el vino derramado.)   

6
Una mujer que escribe:
—Nos casamos.
La tierra es nuestra ¡nuestra!
Todo lo que tocamos
va siendo nuestro:
el buey, el horno, el rancho…
Nuestro todos los árboles;
nuestro un único árbol,
tan grande, tan coposo,
que da gusto mirarlo.
Es una nube verde
asentada en el campo.

7
Y como todo vuelve
—flor, golondrina, barco…—,
Un día serenísimo volvieron
los cantos ahuyentados;
volvieron uno a uno,
como pájaros.
Iban de boca en boca
los pájaros cantando;
de la boca del mozo,
orilla del Salado,
a la boca del hombre
que derribaba el árbol;
de la boca del hombre
derribando,
a la boca del ama que tejía
con los ojos cerrados.

Del lado “de la tierra”
la música y el canto.
Del lado de Esperanza
el trigal avanzando.»

Pedroni, José, «La invasión gringa» en Monsieur Jaquín. Santa Fe: Edic. El Litoral, 1956.

viernes, 26 de octubre de 2012

Mar de olvido, de Rubén Tizziani (1992)



«¿Qué se habrá quebrado en nosotros al partir? ¿Dónde extraviamos el pedregal de mi padre, las amadas colinas de mi abuelo? Es como si en el atado que por todo equipaje trajimos en el barco, sólo hubiéramos metido la ropa y las cobijas, algunas cacerolas, confusos recuerdos, un loco sueño de riqueza que habría de ser nuestra perdición. Mientras allá, en la casa de piedra que no nos pertenecía pero en la cual habíamos nacido y en la que tal vez debíamos morir, quedaba lo que había sido nuestra vida: un espacio hecho a la medida, los hostiles rostros conocidos, las voces familiares. ¿Detrás de qué absurda quimera partimos? Nunca aprenderá a navegar quien deja el ancla en la otra orilla, no hallaremos vientos favorables, jamás habrá un puerto seguro.
[…]
¿Sabe, Padre? También yo desandé la ruta en busca del lugar en donde, se supone, comienza la memoria. Lo hice tan sólo para descubrir que ya no está, que la lluvia y el polvo han borrado los rastros, que los tesoros prometidos no son más que vino viejo, agrio. He visitado el puerto al atardecer, después de reconstruir paso a paso el camino que hicieron. Los adivino a la indecisa luz del alba: el hombre mostrando la senda, medio metro delante de las dos mujeres vestidas de oscuro; los tres arrastrando penosamente el equipaje en las cuestas, los atados de ropa, el precioso paquete con la comida para el viaje: pollo hervido, un trozo de carne reseca, medio queso duro, un par de botellas de vino del país, un puñado de castañas, un pan horneado al alba por alguna vecina.»

Tizziani, Rubén, Mar de olvido. Buenos Aires: Emecé, 1992.

Imagen: «Moonrise over the sea» («La luna saliendo a la orilla del mar») de Caspar David Friedrich.

lunes, 22 de octubre de 2012

Hacer la América, de Pedro Orgambide (1984)



«Los jóvenes se ríen, se burlan de los viejos que no pronunciamos bien el castellano, que arrastramos las erres, que nos confundimos con las eñes o exageramos las dulces inflexiones de su idioma. Te obligan a simular, a imitar el tono de sus palabras (el sonido, no la música que han creado los bosques y las aguas y los animales y todo lo que está vivo sobre el mundo) y entonces se alegran y dicen que hablas ya como un criollo, pero tú sabes que es mentira, porque en alguna parte de tu habla oyes a tu madre nombrando el pan, la leche, ordenándote que te levantes o te acuestes y oyes también tu patria (lo que creías tu patria, al menos) en la campana que llama…»

Orgambide, Pedro, Hacer la América. Buenos Aires: Brughera, 1984.

Imagen: Philip Wilson Steer, «Beach at Etaples», 1887.

jueves, 18 de octubre de 2012

Libro de navíos y borrascas, de Daniel Moyano (1983)




«Tengo que hablar de un barco que zarpó del Cono Sur, pero sucede que los comienzos, como los finales, siempre me parecieron arbitrarios. Actúan como violaciones. Dejan en el olvido acaso las posibilidades más hermosas. ¿Dónde comienza un barco, o una naranja, o una mujer desnuda? Se necesita un juego para ir entrando en trance poco a poco. En este sentido, cualquier comienzo es como empezar a disponer las piezas, sacarlas de la caja, poner en fila los soldaditos de plomo, que son los juguetes pero no el juego todavía. El verdadero juego empezará más tarde, en el momento menos pensado estaremos jugando sin saberlo. Contar una historia supone enredarse enteramente con el lenguaje. Los soldaditos de plomo o el barquito de papel irán de un lado a otro según los lleven las palabras.
El juego consiste ahora en mover un barco italiano real llamado Cristoforo Colombo, a punto de zarpar del puerto de Buenos Aires con setecientos no deseables a bordo, sobrevivientes de un naufragio cuidadosamente buscado por eso que llaman la Historia, la aburrida suma de los acontecimientos menudos de todos los días, entre los que la gente vive y muere casi sin saberlo.
[…]
Hablar de un barco migratorio es ocuparse de cosas fundacionales. Tremenda responsabilidad. Y qué crimen no llevar un diario de a bordo, cuando cada ojo de buey, cada escotilla, cada estrella que cambia de lugar y luego desaparece para siempre, tiene tanta importancia para las migraciones que vendrán. Son puntos referenciales, como el cuchillito. Según lo calendarios del mar, salir en un barco migratorio es abandonar el continente para siempre. El vapor es mitológico por eso. La fractura.»

Moyano, Daniel, Libro de navíos y borrascas. Buenos Aires: Gárgola, 1983.

Imagen: «The Phantom Ship», de Albert Goodwin (1900).

Línea de fuego, de Syria Poletti (1964)



«Y eché a correr hacia la estación.
Ante las barreras me detuve, aturdida por la repentina resolución.
El monstruo se aproximaba ineludible, magnético. Pasó ante mis ojos y se hundió en la noche. Su ráfaga marcó el instante del tajo con inexorable precisión.
Entré en la estación y pedí un pasaje para Trieste.
-¿Ida y vuelta? –me preguntó el empleado.
-Ida solamente.
Esperé el tren de las doce y cuarto que me llevaría a Trieste, la ciudad a la que atracaban los barcos que zarpaban hacia América.
A la noche siguiente estaría metida en uno de ellos.
Estaba segura de mi llegada a América porque la culpa ya me hería el costado.
Cuando tomé el tren, la nieve seguía cayendo.»

Poletti, Syria, «El tren de medianoche» en Línea de fuego. Buenos Aires: Losada, 1964.


miércoles, 17 de octubre de 2012

Curso de Posgrado "Representaciones del fantástico en la narrativa italiana del siglo XX"


a cargo de la Dra. Viviana D'Andrea de Moreno

Universidad Nacional de Tucumán
29 de octubre - 1 de noviembre de 2012



Los conquistadores del desierto, de Enrique García Velloso, Folco Testena y José González Castillo (1927)




Esta tierra que has regado con tu sangre es tuya...


«Linyera. – Hemos venido a este país, tan lejano; de otras razas y otras lenguas… ¿Para qué? ¿Usted cree que hemos venido a vagar, a robar gallinas? ¡Para eso nos hubiéramos quedado allá!... ¡Todos éramos jóvenes!... Vinimos porque teníamos una ilusión y porque nos dijeron que éste era un país libre y grande… que había mucha tierra generosa para trabajar…
General. - ¿Y no es cierto, canejo…?
Linyera. – Sí señor… Hay mucha tierra… pero es de unos pocos… ¡de unos cuantos…! Y el que no tiene familia o con qué comprar la tierra, no es más que un paria… que debe trabajar día y noche para comer… y vagar siempre, de una cosecha a la otra… de un campo al otro… sin techo… sin amparo, sin ley… porque (con recelo y humildad) perdone usted, nadie es bueno con el trabajador del campo… ni el patrón, ni el pulpero, ni el comisario… ¿Y qué vamos a hacer? Nos acostumbramos a eso… y, vivir por vivir, seguimos viviendo… (Calla. Hay un largo silencio.)»


García Velloso, Enrique – Testena, Folco – González Castillo, José, Los conquistadores del desierto. Buenos Aires: Kapelusz, 1979.



Imágenes: “Fuerte Argentino – Campamento Nueva Roma”, “Ejército Argentino en la ribera del Río Negro”, fotografías de Antonio Pozzo (1829-1910) sobre la “Campaña a Río Negro”.