miércoles, 25 de mayo de 2016

"Itálica evocación de un estudiante de Bellas Artes", de Raúl Soldi en Revista Lyra (1973)


«Dejé Chiávari, la Riviera Italiana, y me trasladé a Milán para estudiar dibujo y pintura en la Academia de Brera. Un pintor de Chiávari, llamado Rambaldi, me había aconsejado esta Academia donde él había pasado seis años de tiranía. Era realmente una tiranía, con profesores exigentes al máximo.
Lo difícil era poder entrar, porque en Italia, la Academia es considerada estudio superior, y tenían grandes exigencias para el ingreso. Éramos solamente seis alumnos. Al principio estaba con un temor bárbaro ya que solamente había concurrido cuatro meses en Buenos Aires, a la Academia de Bellas Artes que entonces estaba en la calle Alsina. Allí había dibujado unos yesos y algunos que otro objeto decorativo.
Cuando me largué a Milán, con poco dinero, se me ocurrió buscar trabajo de publicidad. Ya anteriormente había hecho algo para algunas agencias de Buenos Aires. Dibujé también alhajas para la joyería Roig, que no sé si todavía existe.
Llego a Milán una noche con el “nebbione” (así llaman en Milán a esas noches de otoño adelantado), una neblina igual a la londinense. Milán está en el centro de la llanura lombarda, estero húmedo lleno de neblina. Mi encuentro con la ciudad no fue muy promisorio.
Tenía la dirección de una señora que alquilaba habitaciones amuebladas en Via Madonnina, cerca de la Academia de Brera. Me instalé allí. Recuerdo mi primera cena. Café con leche y un quesito triangular suizo. Almuerzo: milanesa que por lo transparentes parecían de vidrio. Cuando se tiene 20 años y ganas de aprender a pintar no se encuentran inconvenientes.
Di el examen de ingreso y, por suerte, pude entrar. Casualmente estaba en el aula de decoración que dirigía el pintor Palanti, hermano del arquitecto que hizo el pasaje Barolo, otro argentino nacido en Rosario, con el cual compartí una habitación en otra casa. Este argentino luchaba desesperadamente por aprender pintura. Pero creo que estaba equivocado. Realmente lo creía músico. Tocaba muy bien el violín. Cuando llegué a Buenos Aires, terminados mis estudios, tuve la amarga noticia de que se había ahorcado en la ciudad de Rosario.
Poco tiempo después conocí a Fontana. Estudiaba con Adolfo Wilt, en Brera. Formamos un pequeño clan de argentinos que después se diluyó. Seguí viendo a Fontana y me uní al grupo de los “Chiaristi”, formado por Del Bon, Sassu, Adriano Spilimbergo, Birolli y el escultor Giacomo Manzu.
Los “Claristas” éramos los pintores que sacrificábamos el volumen por el color, como rebelón a los del “novecento” que acentuaban los oscuros y el relieve.
Compartí con Manzú un taller en Corso Magenta, a pocas cuadras donde se encuentra el famoso Cenáculo de Leonardo. No dejaba de visitar, cuando iba a mi taller, una iglesia afrescada por Bernardino Luini, pintor que me fascinó desde la pinacoteca de Brera. Porque en Brera, en la planta baja está la Academia, y en el primer y segundo piso, la deslumbrante pinacoteca con los fresco de Luini, el Cristo en escorzo de mantegna, y el Casamiento de la Virgen, de Rafael, pintado a los 19 años. Era para mí irrefrenable el deseo, durante los descanso del modelo, de escaparme a la pinacoteca. Allí se fue formando mi amor por la gran pintura. Eran como de “entrecasa” Rafael, Filippo Lippi, Giorgione, Luini, y más reciente Ranzoni, Cremona Lega, Hayes…
Pero la juventud cree siempre haber inventado la pintura, y con el grupo de la Galería de Milione en la cual hice mi primera muestra con Fontana que justamente se abrió frente a Brera, hacíamos la rebelión contra la Academia. La historia se repite. Siempre existen jóvenes rebeldes, es tan viejo como el mundo. Con el tiempo nos damos cuenta de que la pintura hacía rato que había sido inventada y que el arte no progresa; solo evoluciona.
Tengo unas anécdotas más o menos graciosas. Contaré la de la caja de zapatos. Me llevaba a mi taller, para calefaccionarlo, una caja de zapatos llena de carbón de piedra que robaba en la Academia. Varias veces me vieron con la caja perfectamente envuelta, pero un buen día me detiene el celador y me pregunta qué llevaba allí. “Zapatos”, le dije, “me acabo de comprar zapatos”. Me hizo desenvolver el paquete que estaba lleno de carbón. Avergonzado, en adelante tuve que comprar el carbón si quería calentarme.
Cuando fui a ofrecerme a una agencia de publicidad, llevé unas muestras, con la esperanza de conseguir trabajo y poder pagarme los estudios. “Lei arriba come il formaggio sulla pasta asciuta” (usted llega como el queso sobre los tallarines)”. Acabo de pelearme con mi dibujante. Probaré con usted. Quedó conforme. Tuve tanta suerte, y tanto trabajo que tenía que distribuir la tarea con algunos compañeros. Y con esto pagué mis seis años de estudio. Luego comenzaron las exposiciones de mis cuadros, conseguí vender algunos. El panorama se me iba aclarando.
Por la noche nos reuníamos en el café Grand Italia, en la Galería Vittorio Emanuele, frente al teatro Alla Scala. Eran verdaderos cenáculos de pintores y escultores donde no se hablaba de otra cosa sino de Arte. Se criticaba, pero había un íntimo respeto por las obras de los mayores, cosa que ahora creo ya no existe en ninguna parte. Estos son recuerdos que se me sobreimprimen en la mente, y cada uno de ellos tiene un dejo de alegría o de amargura. Son los años donde cada cosa, aunque sea pequeña, tiene una importancia extraordinaria.
Nos fascinaban las muestras del grupo de De Chirico, Campigli, Morandi, Carra, Sironi. Leíamos ávidamente las críticas de arte que hacía Carrá en el Ambrosiano y Sironi en el “Popolo D’Italia”. Las críticas eran hechas generalmente por pintores que robaban horas a su trabajo, para informar sobre las muestras de la temporada. Los maestros eran para nosotros como seres extraordinarios, aunque nuestro punto de vista fuere distinto.
Repetí el primer año de dibujo. Fue muy doloroso. Un año de tiranía con un maestro inflexible; me hacía borrar interminablemente hasta conseguir la perfección en el dibujo. “Ricordati che questo ti farà bene (decía poniéndome la mano en el hombro). Confieso que lo odiaba. ¡Cuánto se lo agradecí con el correr del tiempo! Francamente dudé si debía repetir el año de dibujo. Nueve meses de tiranía para dibujar dos desnudos y dos yesos. Era realmente enloquecedor. Lo pensé bien. Hice de tripas corazón, crucé de nuevo el gran patio toscano con la estatua de Canovas al centro y me inscribí para el otro año. Rapetti falleció al poco tiempo; Carpi, mi segundo maestro que aún vive, era más tolerante. Nos parecía tocar el cielo con las manos. Nosotros poníamos en pose al modelo. Recuerdo que en una ocasión, como no le satisfizo lo que yo había hecho, me pidió la paleta para corregirme; al pobre le salió tal “bodrio” que se fue abochornado. A veces no conviene hacer muestras de sabiduría ante los alumnos.
El maestro Carpi siempre nos daba consejos. Uno de los que recuerdo era que la lucha no era en la Academia, sino que empezaría cuando saliéramos a competir con los colegas.
Mi primer talle independiente se encontraba en Via Solferino, 11. En la misa casa había tenido el estudio Tranquilo Cremona. Cinco pisos, una escalera de caracol y luego la bohardilla junto a las chimeneas.
Tengo un recuerdo triste de una romana compañera de la Academia. Un día de carnaval, con veinte centímetros de nieve, delante de la estatua de Leonardo, frente a La Scala, se desnudó y le dijo al bronce: “Leonardo, los pintores no pintan ahora mujeres hermosas porque no saben, no porque les falte modelo, mírame a mí”. Un “vigile” la cubrió con el capote y la llevó al manicomio. Se había vuelto loca. Recuerdo que la fui a visitar varias veces. Volvió una vez más a Brera y luego no supe más de ella. Había regresado a Bucarest.
Al terminar la Academia, como hijo de italiano tenía que hacer el servicio militar. El cónsul argentino me aconsejó ir a Lugano. Ya habíamos dejado el departamento, y los trámites de la Embajada argentina demorarían mucho tiempo. Se me ocurrió ir a Ponte Tresa, en la frontera suiza, y me puse a pintar un paisaje de Suiza visto desde Italia. Luego, en un descuido de los aduaneros, crucé el puente y pinté otro paisaje de Italia visto desde Suiza. En otro descuido, tomé el tranvía y me fui a Lugano. De allí a Ginebra y de Ginebra a Marsella donde me reuní con mis padres que se habían embarcado en Génova, en un barco francés.
A bordo se realizó una rifa a beneficio de los marineros. Regalé un dibujo que vio Jacqueline Ibels, nuestra recordada amiga que viajaba en el mismo barco. Quiso conocerme, y al llegar me presentó a Héctor Basaldúa, pintor que recuerdo siempre con gran cariño por ser el que organizó mi primera exposición en Amigos del Arte, la cual despertó gran hilaridad en algunos sectores del público.
Buenos Aires me atrapó con su encanto, y aquí, estoy luchando con alegría.»


Patio toscano de la Academia de Brera, en el centro, la estatua de Canova.


Aula de dibujo de la Academia de Brera; de pie, a la derecha, Raúl Soldi con algunos compañeros y el modelo vestido de romano.


Brera también, en el centro, el celador que descubrió la caja de zapatos conteniendo carbón.


Frente de Via Solferino II, en Milán, donde tuve mi primer taller. En la placa se lee: "Aquí vivió Tranquilo Cremona, il grande pittore."


En Revista Lyra. Número homenaje a Italia. Año XXXI, N° 225/27, Año 1973.
Imágenes de la Revista Lyra.

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