miércoles, 17 de octubre de 2012

Misia Jeromita, de Carlos María Ocantos (1898)





Si él emigró fué por humor de aventuras...

«Y Felipe, apretándose la barriga, se acercó al oído del padre y le secreteó buen rato; luego a Barbarossa, y a Pietro y a Giácomo, que descendió de las alturas. Y todos se rieron locamente, estrepitosamente, como al principio; desplomado Barbarossa sobre el mostrador; Giácomo en brazos de Pietro; Nero, el padre, en el escritorio… Callaban y volvían a reírse, siendo todo esfuerzo inútil para detener la desbordada jarana, ni el mismo gesto del patrón, mueca de broma que no llegaba a adquirir la necesaria rigidez del mando.
Felipe, Giácomo y Pietro cantaron aquello de Alle tre, alle tre… haciendo reverencias a Fortunato; y otra vez le pusieron la corona de hierro y le pasearon en triunfo. Barbarossa mismo tamborileó sobre un balde con un par de clavos largos y el viejo Nero se colgó del badajo de la campana, plum, plum, plum, que no parecía sino que tocaban a fuego.
Entraban los mozos empujando la vagoneta vacía y en ella hicieron subir al alegre toscanito, proclamándole el más travieso de los traviesos.»

Ocantos, Carlos María, Misia Jeromita. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Idamor Moreno, 1898. 


Después del día de fiesta, de Griselda Gambaro (2005)




Dulce y clara es la noche, y sin viento…


«Le cedió la palabra a Giacomino, que comenzó a hablar de la luz del sol o de la luna contemplada desde lugares donde no se distinguía el origen de la luz y se explayó sobre el tema de una manera imposible de creer: las diferencias si uno veía la luz por un balcón, a través de persianas entreabiertas, de un vidrio coloreado, en el bosque, en un valle, del lado oscuro de un monte cuya cima se dora bajo los rayos últimos del sol. Y cómo la luz, según los lugares y los objetos, era rechazada, se confundía, se mezclaba con sombras y se volvía incierta, difusa, imperfecta, incompleta, fuera de lo ordinario, devenía vaguedad e incertidumbre, y cómo esta vaguedad e incertidumbre pedían de uno para advertirlas una atención extrema, y era gratísima esta observación porque permitía volar con la imaginación hasta aquello que no se ve, concediendo más placer que ver todo enteramente.»

Gambaro, Griselda, Después del día de fiesta. Buenos Aires: Editorial Norma, 2005.


lunes, 15 de octubre de 2012

El padre y otras historias, de Antonio Dal Masetto (2002)


El padre



«De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo. Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. […] Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos de los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.»

Dal Masetto, Antonio, El padre y otras historias. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.

Imagen: Giuseppe De Nittis, «Pioppi nell'acqua», 1878 circa, Firenze, Uffizi, Gabinetto Disegni e Stampe.

Paese, de Gigliola Zecchin (2000)



TIRANÍA DEL ARTE

 A María Negroni


un mármol indeciso se cubre a sí mismo con un paño de tiempo
la memoria trabaja
las manos piensan


en otra tierra
otra mujer de piedra
escucha incansablemente el ruido del mar



Zecchin, Gigliola, Paese. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2000.

Otro lugar, de Elena Bossi (2008)



«Debajo de la mesa, contiene la respiración para que los grandes no la descubran. Un rayo de sol atraviesa el encaje del mantel y Patricia puede ver el polvo dorado que flota; trata de tocarlo, pero las pelusas se arremolinan y escapan.
Una voz pastosa y áspera, de anciano, la del tío Alessandro, recorre la casa. Hay alegría en la mesa: Alessandro vino desde Italia a visitar a Pina y a Gino, los padres de Patricia. También está tío Marco, el hermano de Pina. Claudia y Assunta llegarán más tarde, a la hora de cenar.
Patricia ve, desde su escondite, que Marco tiene los cordones desatados.
Tía Virgina no está porque tiene permiso para salir de la clínica sólo los domingos y hoy es sábado. Virginia está loca desde antes de que vinieran a la Argentina.

Llegan todas las voces un poco acolchadas. Hablan de hace mucho, de otro lugar.

Patricia, ahí acurrucada, casi sin respirar, ve un pueblo con vías anchas y asfaltadas; ve también otras calles, con adoquines. En los bordes, casas bajas; en el centro, casas de dos pisos. Tejas rojas. Patricia recorre el pueblo detrás de la voz de su madre.»

Bossi, Elena, Otro lugar. Córdoba: Ediciones del Copista, 2008.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Le avventure di Chifellino, de Collodi Nipote (1902)




«Cari bambini, vi auguro di non esser mai costretti a traversar l’Oceano per andare in America a far fortuna. Prima di tutto, perché quando uno ha voglia di lavorare, e un po’ di sale in zucca, come voi, può far fortuna anche nel suo paese; in secondo luogo, perchè in America per vivere bisogna lavorare quanto in casa nostra e forse più, con la differenza che invece di far guadagnare col nostro lavoro i nostri fratelli, facciamo guadagnare degli uomini che dovrebbero essere nostri fratelli, ma che invece, quando si sono serviti di noi, ci dànno spesso e volentieri in ricompensa un calcio... nel posto della cosa.

Ma se qualcuno di voi fosse così fortunato da poter fare quel viaggio per divertimento, gli dò il consiglio amorevole, paterno, disinteressato, di portarsi un dottore in tasca, perchè novantanove volte su cento potrà capitargli come medico di bordo un ammazza-cristiani, come quello che toccò a Chifellino.

Si chiamava Meo Lopurgo. Il suo sistema di cura si riassumeva, cosa strana, nel suo casato; purgava tutti. Nella farmacia di bordo non aveva che olio di ricino, sale inglese, e la fiamigerata canna da clisteri.»




Collodi Nipote, Le avventure di Chifellino. Libro per i ragazzi, con illustrazioni di Carlo Chiostri. Firenze: Bemporad & Figlio – Editori, 1902.