lunes, 7 de enero de 2019

En la tierra de promisión, de Laura Borga (2002)




«En mayo de 1880, Mariana Cotturi dejaba Turín convertida en Mariana Cotturi in Comba. También dejaba su bella casa sin saber con certeza si habría un regreso. En América serían tan ricos como su orgullosa familia.
Mariana era la menor de los siete hijos del matrimonio formado por Tistín y Regina Cotturi. Los cinco hijos varones trabajaban con el padre en los campos de frutales y en la viña; comandaban a vecinos y peones que se ocupaban como empleados y colaboradores en la época de la vendimia, recolección de frutas, cuidado de las plantas, regado, limpieza, etc. Mantenía toda una empresa. Regina, por su parte, estaba al frente de una de las mejores, más elegantes y caras casas de moda de Turín. Sus hijas, Elena y Mariana, colaboraban estrechamente con la madre. Para aumentar su cultura social recibían clases de piano de un profesor a domicilio; profesor que recibía grandes amenazas de parte de Madama Regina, dado que sus hijas no aumentaban sus escasos conocimientos musicales.
Las paredes de la lujosa casa estaban revestidas con cortinados de terciopelo y ornamentadas con grandes espejos que reflejaban la elegancia de las clientas de Madama Regina cuando se probaban las prendas que se confeccionaban en el taller. Madama Regina viajaba a París dos o tres veces al año y de cada viaje regresaba con abultados baúles conteniendo bellas sedas, estampados fabulosos, rasos, fieltros y organdíes para la elaboración de sombreros y capelinas, cintas, flores de adorno, etc. Todo lo vendía a muy buen precio. Desde su taller daba trabajo a innumerables modistillas, las clásicas «caterinette”, que tras largas e interminables horas de hilo, dedal y aguja dejaban las prendas listas para ser probadas frente a los espejos. Entonces, Madama Regina daba el toque mágico, el toque final, el sello de su artesanía. Luego, la prenda volvía al taller con las indicaciones que las modistillas seguían al pie de la letra bajo pena de no cobrar las exiguas monedas que, después de varias idas y venidas, Madama Regina les pagaba. Tistín no era mucho más generoso con sus empleados de la viña. Cuando guardaba su dinero, después de contarlo con unción religiosa, no pensaba en el esfuerzo y las necesidades de sus pobres vecinos que se olvidaban de sus familias para hacer permanentes turnos en las huertas. En esa familia toro era brillo y ostentación, y se hacía un culto del dinero que después era prestado con intereses abultados y tremendas cargas cuando no se cumplían los plazos.
Con esa manera de pensar, Tistín desconfiaba de las intenciones de Beppe, un contadino pobre que había osado enamorarse de Mariana, la menor de sus hijas. Tistín, sus cinco hijos varones, Elena y, a no dudarlo, Regina, toda vez que se trataba el tema de Beppe hacían descarnados comentarios referidos a que Beppe era un aventurero, y Mariana, en silencio, a veces compartía los pensamientos de su familia; otras veces dejaba la mesa familiar llorando, y así terminaba todo.
Esa es la situación que se vivía en Turín a fines del siglo XIX, en casas de familias adineradas con hijas casaderas, que podían ser apetecibles bocados para pretendientes ambiciosos. Pero en este caso, la historia es diferente.»

Laura Borga, En la tierra de promisión, Villa María (Córdoba), 2002.

Imagen: “Miss Auras. El libro rojo” (c. 1892) de John Lavery (1856 - 1941). 

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