martes, 20 de septiembre de 2016

Por la Tierra del Pan. Novela de costumbres, de Emilio P. Corbière (1933)



«Aquella mañana, al subir Betino Saveri a la cubierta del transatlántico que le conducía desde el puerto de Génova, vió por primera vez las aguas del Río de la Plata, barrosas y calmas, que el navío surcaba suavemente, rodeado de gaviotas, cuyos agudos gritos pareciánle un saludo de bienvenida. El sol, asomando por la costa uruguaya, iluminaba el estuario, dándole colorido plateado que afectaba los ojos con el excesivo brillo de las aguas. No se destacaban todavía las costas, esfumadas en el horizonte como pequeñas nubes grises, en tanto al paso del buque iban quedando otros pequeños navíos, de marcha rezagada, en los que a esas tempranas horas, los marineros hacían el baldeo de las cubiertas u otros trabajos de limpieza, mirando indiferentes el tránsito del gigantesco transatlántico.
El Río de la Plata presentábase a Betino como la visión de un sueño feliz, con ansiedades de misterios y acicates de aventura, y miraba la línea de avance del buque, buscando en el infinito el mundo de felicidad que tantas veces habían referido a la familia los paisanos radicados en la Argentina. Apoyado en la borda, indiferente a lo que sucedía a su lado o lo que hacían otros pasajeros, que como él también vivían horas de incertidumbre, su pensamiento pretendía descubrir tierras y hombres, con pueblos para él incomprendidos pero que presentía de amigos y hermanos, porque idealizábanse en el trabajo que era el objetivo de su viaje.
El monótono y continuo chasquido de las olas al abrirse cortadas por la proa del navío, representaba un repiqueteo de otros tantos ruidos que alcanzaban su cerebro, aturdiéndole en el análisis de las cosas presentes para revivir el recuerdo de las pasadas. Propicio el momento para las evocaciones cariñosas, la aldea del Piamonte, a los veinte y dos días de la partida, aparecía en su mente con rasgos de una virilidad que antes no habíale conocido. La distancia y las impresiones nuevas aumentaban en su retina la belleza de los detalles. Allá estaría aún la vieja madre mirando, con ojos anhelosos y empañados por ardientes lágrimas, la carretera inmediata a la casa, por donde él y su hermano Carlo salieron del pueblo rumbo a Génova, y creyendo que los veía alejarse, murmurando cada mañana una oración que debía favorecerles en la suerte del viaje, con ese espíritu cristiano tan hondamente arraigado en el alma de las mujeres aldeanas. Betino la había dejado en ese lugar al despedirse y conocíala bien, para saber cuántas bendiciones les daría a todas horas, buscando así un lenitivo para su atribulado espíritu de madre, que intuitivamente adivina en la ausencia de los hijos, la muerte o el olvido.
Betino Saveri tenía 26 años. Vivaz, inteligente, espontáneo en el examen de los hechos y comprensión de las contrariedades; su temperamento manso hacíale adaptable a las horas y cosas que vivía, sin amargarlas. Robusto, sano, de ancha frente y ojos azules, esos ojos de los italianos del Norte, que tienen imágenes de poesía o arte en la mirada, atraía sugestivamente. Sin ser un hombre ilustrado, sus estudios escolares y el ejemplo del hogar paterno, habíanle habilitado para presentarse ante los demás con recato y fineza, dejando de ser el rústico labrador de la tierra que no levanta la cerviz del surco del arado. La lectura de algunos libros viejos que el padre guardaba religiosamente y sus conversaciones con los amigos de éste, el párroco, el médico y el alcalde, ex diputado departamental, también nutrieron su cerebro con otros conocimientos que le permitieron sobresalir en el círculo de los convecinos, en mayoría analfabetos.»


Emilio P. Corbière.
Por la tierra del Pan. Novela de costumbres. Buenos Aires: Librerías Anaconda, 1933.

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