viernes, 23 de octubre de 2015

El Vesubio. Volcán en actividad, de Bartolomé Mitre y Vedia (1885)


“De regreso de Nápoles, vía Roma, Pisa, Florencia, Venecia, Turín y Milán, amén de varias otras ciudades secundarias como Bolonia, Verona, Padua, Voghera, etc., cumplo con el deber de comenzar a dar cuenta del resultado de mis exploraciones por estas interesantísimas comarcas, en las que la historia y el arte, la naturaleza y la labor humana han sembrado tantas y tantas maravillas.
Stanley uruguayo al servicio de la República Argentina, debo hacer en Italia para La Nación de Buenos Aires, lo que el otro hizo en África para el Herald  de Nueva York.
Dificilísima tarea que procuro realizar del mejor modo posible, lamentando únicamente no tener un Livingstone a quien buscar, porque de seguro lo encontraría: con tales bríos exploratorios me siento.

Como por algo hemos de empezar, hablemos primero del Vesubio, monte situado al oriente de Nápoles, que vomita llamas (el monte, no Nápoles), piedras, ceniza y no sé cuántas otras cosas, y de cuya existencia tuve noticia cierta por un rarísimo opúsculo titulado Guida di Napoli, por B. Pellerano. Y digo cierta, porque contemplando desde el balcón de mi cuarto, en la ribera de Santa Lucía, el incomparable panorama de la bahía napolitana y sus adyacencias, había sospechado la existencia de un volcán o cosa parecida en aquella montaña, no pudiéndome convencer que horno de ladrillo, fragua o aparato alguno industrial pudiese echar fuera tanto fuego, y tan continuamente.
Con mis sospechas confirmadas por el libro citado, me puse en campaña para explorar el misterioso y terrible monte, queriendo mi buena suerte que, por veintiocho francos por cabeza, un audaz cochero se comprometiese a llevarme hasta la cumbre y volverme a traer a Nápoles, acompañado de mi mujer y mi hijo, a quienes logré inspirar la confianza suficiente para emprender excursión tan peligrosa, ocultándoles sus dificultades y riesgos.
Resuelto el viaje, procedimos a hacer los preparativos necesarios, empezando por aligerarnos lo más posible de ropas, pues era natural que con tanta fatiga y tanto fuego sintiésemos allá arriba mucho calor.
Siento que La Nación no admita ilustraciones, porque de lo contrario rogaría a Giudici o Ballerini, nuestros jóvenes y aventajados compatriotas que estudian pintura en Italia, que hiciesen mi retrato en traje vesubiano para mandárselo.
No siendo tal cosa posible, he aquí  el retrato a pluma.
Sombrero blanco, levita de lustrina negra, pantalón y chaleco ídem, camisa de cuello volcado con corbata de seda, zapato escotado, varita de ballena, guantes de cabritilla…
Mis compañeros de viaje vestían poco más o menos con la misma ligereza.



Bartolomé Mitre y Vedia, Páginas serias y humorísticas. Prólogo de Adolfo M. Sierra. Buenos Aires: W. M. Jackson, 1944.

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