lunes, 1 de diciembre de 2014

Puerto América, de Luis María Albamonte (1942)




«En una apacible, transparente mañana de 1906. Sobre el mar. El “Principessa Maria” se desliza como un juguete, y el agua, un poco del agua azul y misteriosa que huye, ondula suavemente a su paso. Luigi Pietra piensa: “Ella va en busca de la tierra que yo he abandonado”. Y lo asalta una pequeña, incomprensible tristeza.
Anoche parecía que la tormenta iba a hacer trizas el barco. Era como si el cielo, el viento, las estrellas y las olas, indignados, rompieran sus puños tremendos contra la pobre embarcación. Una indignación que, de pronto, le pareció lógica a Luigi Pietra, que había dejado a los padres en la aldea en donde él había nacido, y habían nacido ellos y sus abuelos y los otros hombres de su raza y de su sangre cuyos nombres apenas conocía.
Luigi Pietra es un muchacho. En su pueblo decían: “Luigi es un toro”. Su pueblo se llama Rocca Imperiale. Está aferrado a las montañas como un helecho y desde él se ve el Jónico azul de legendarios pescadores, acostado al pie de las casas como un anciano rey cubierto de gloria, mientras por otro lado bosques de cerezos tiñen el horizonte, rojos como cardenales. ¡Qué hermoso pueblo! Luigi Pietra piensa: “Raíces de cinco mil años me adherían a su suelo adorable. ¡Yo las he roto de un zarpazo!”.
Está apoyado en la baranda de la cubierta. Ve agua, nada más que agua. El cielo también es un océano dado vuelta, arriba. Sus manos, sus labios y sus cabellos son salados. A ratos lo domina una terrible desesperación, cercado por el agua, pero es preferible a estar en el hacinamiento de inmigrantes, sucios, malolientes, apilados como bolsas.»


Albamonte, Luis María. Puerto América. Buenos Aires: ALA, Club del Libro Amigos del Libro Americano, 1942.

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