lunes, 10 de febrero de 2014

Evaristo Carriego, de Jorge Luis Borges (1930)



Palermo de Buenos Aires


«La vindicación de la antigüedad de Palermo se debe a Paul Groussac. La registran los Anales de la Bibloteca, una nota de la página 360 del tomo cuarto; las pruebas o instrumentos fueron publicados mucho después en el número 242 de Nosotros. Nos retraen a un siciliano Domínguez (Domenico) de Palermo de Italia, que añadió el nombre de su patria a su nombre, quizá para mantener algún apelativo no hispanizable, y entró a beinte años y está casado con hija de conquistador. Este, pues, Domínguez Palermo, proveedor de carne de la ciudad entre los años 1605 y 14, poseía un corral cerca del Maldonado, destinado al encierro o la matanza de hacienda cimarrona. Degollada y borrada ha sido esa hacienda, pero nos queda la precisa mención de una mula tordilla que anda en la chácara de Palermo, término de esta ciudad. La veo absurdamente clara y chiquita, en el fondo del tiempo, y no quiero sumarle detalles. Bástenos verla sola: el entreverado estilo incesante de la realidad, con su puntuación de ironías, de sorpresas, de previsiones extrañas como las sorpresas, sólo es recuperable por la novela, intempestiva aquí. Afortunadamente, el copioso estilo de la realidad no es el único: hay el del recuerdo también, cuya esencia no es la ramificación de los hechos, sino la perduración de rasgos aislados. Esa poesía es la natural de nuestra ignorancia y no buscaré otra».



Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego. Buenos Aires: Manuel Gleizer, 1930.

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