domingo, 2 de marzo de 2014

Juicio crítico, de Ernesto Quesada (1884)


«Cané es un estilista consumado. Dice en su carta que don Pedro Goyena se intrigaba buscando su filiación literaria, y M. Groussac formalmente declara haberla encontrado en Taine. Error completo en mi concepto. Si de alguien parece derivar directamente Cané, es de Merimée, y el autor de Colomba comparte su influencia en esto con lo que ha dado en llamarse el beylismo. No diré que tuviera la altiva escrupulosidad de Merimée en limar hasta diez y siete veces un mismo trabajo, para no chocar con su concepto artístico, sin importársele mucho de la popularidad; pero sí que está impregnado de la desdeñosa filosofía del autor del Rouge et Noir. Pero el autor de los Ensayos, como de En Viaje, es más bien de la raza de Th. Gautier, de P. de Saint-Victor, y—¿por qué no decirlo?—del escritor italiano a quien tanto festéjase ahora en Buenos Aires: De Amicis. Es ante todo y sobre todo, estilista. No diré que para él la naturaleza, las cosas y los acontecimientos son simplemente temas para desplegar una difícil virtuosité (para echar mano del idioma que tanto prefiere el autor de En Viaje). ¡No!, se ha dicho de De Amicis que es el ingenio más equilibrado de la moderna literatura italiana: su pensamiento es variado y de un colorido potente; pero atraído por su índole generosa y cortés, prefiere las descripciones que se amoldan mayormente con su carácter: se conmueve y admira. Creo que hay mucho de eso en Cané, pero por cierto no es el sentimentalismo lo que campea en su libro, sino que hay mucha—¿demasiada?—grima en juzgar lo que ve y hasta lo que hace. Cané lo confiesa en su carta. Pero, en cambio, ¡qué facilidad!, ¡cómo brotan de su pluma las descripciones brillantes, los cuadros elegantes! El lector nota que se encuentra en presencia de un artista del estilo, y arrullado por el encanto que le produce la magia de la frase, se deja llevar por donde quiere el autor, y prefiere ver por sus ojos y oír por sus oídos.»


Quesada, Ernesto, «Juicio crítico». En Miguel Cané, En viaje (1881-1882). Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1917 [1884].

Turín, Londres y París, de Edmondo De Amicis. Trad. de Hermenegildo Giner de los Ríos (1898)


«Se representan en la imaginación las pampas sin límites, los torbellinos de arena, las hordas de caballo, los innumerables rebaños, los caminos desiertos, cuyos lindes son titánicos monumentos de piedra; los inmensos bosques y los valles, sobre los cuales apenas ha lucido la aurora de la vida humana; y en todas partes, detrás de un velo de bruma, las caras monstruosas y estupefactas de los Incas, que escuchan asombrados los gritos de victoria de la civilización que avanza. Hay allí un laberinto de galerías y salas que os conduce del Perú al Uruguay […] pasando por los muebles de Buenos Aires.»



Edmondo De Amicis, Turín, Londres y París. Traducción de Hermenegildo Giner de los Ríos. Madrid, Sáenz de Jubera editores, 1898.

Tigre reale, de Giovanni Verga (1875)



«La sera venne la visita della signora Roncaglia, ma stavolta non era accompagnata dal suo ufficiale.
— Sai la bella notizia? disse alla figliuola; Carlo ha ricevuto l’ordine di partire fra tre giorni, per andare a raggiungere a Genova il suo bastimento che salpa per la Repubblica Argentina, pel Paraguay, che so io, insomma per l’America, un brutto paese in cui si ammazzano fra di loro come cani arrabbiati, e quasi non bastasse quel castigo di Dio, i poveri cristiani muoiono di febbre gialla al pari delle mosche. Domando io se è agire da galantuomini! E proprio adesso che quel povero ragazzo ha tanto bisogno di rimettersi in salute! chè l’avrai visto com’è magro e sparuto!»



Verga, Giovanni, Tigre Reale. Tutti i romanzi, Vol. 2. Firenze, Sansoni, 1983. Primera edición: Milano, Libreria editrice G. Brigola, 1875.

sábado, 22 de febrero de 2014

Poemas gringos, de Álvaro Yunque (Arístides Gandolfi Herrero; 1932)



                         INMIGRANTES

En la estación, solemne como un templo,
Sobre los duros bancos de 2a., se aprietan.
Son montones de carne sonrosada
Y rubias cabelleras
Que van a las provincias
Seguidos de su prole y de sus hembras.

Hace unos pocos días nos los trajo el océano,
Ya se van por las pampas, los pueblos y las selvas;
Y el gaucho, el negro, el indio
Sentirán el fermento rubio en su oscura gleba.

Antes sólo teníamos
Sol en tu cielo, América.
A más del sol del cielo tendremos este otro
Que nos viene brillando en las cabezas
De estas jóvenes gentes, sanotas y grandotas
Como parvas de trigo rubio que se movieran.

Ahora, así tendremos sol de día y de noche,
Sol en el alto cielo, sol en la baja tierra;
Sol celeste, el paterno sol: el sol que nos alumbra,
Sol humano, el fraterno sol: el que nos calienta.

Los inmigrantes rubios vienen de tierras frías,
El sol casi no brilla en esas tierras.
Aquí van estos hombre rubios a enriquecerse
Con su sol generoso de luz, cielo de América
Y así vamos a hacernos todos dos veces ricos:

Habrá sol en el cielo y sol en las cabezas.

Álvaro Yunque, Poemas gringos. Buenos Aires: Claridad, 1932.

lunes, 10 de febrero de 2014

Evaristo Carriego, de Jorge Luis Borges (1930)



Palermo de Buenos Aires


«La vindicación de la antigüedad de Palermo se debe a Paul Groussac. La registran los Anales de la Bibloteca, una nota de la página 360 del tomo cuarto; las pruebas o instrumentos fueron publicados mucho después en el número 242 de Nosotros. Nos retraen a un siciliano Domínguez (Domenico) de Palermo de Italia, que añadió el nombre de su patria a su nombre, quizá para mantener algún apelativo no hispanizable, y entró a beinte años y está casado con hija de conquistador. Este, pues, Domínguez Palermo, proveedor de carne de la ciudad entre los años 1605 y 14, poseía un corral cerca del Maldonado, destinado al encierro o la matanza de hacienda cimarrona. Degollada y borrada ha sido esa hacienda, pero nos queda la precisa mención de una mula tordilla que anda en la chácara de Palermo, término de esta ciudad. La veo absurdamente clara y chiquita, en el fondo del tiempo, y no quiero sumarle detalles. Bástenos verla sola: el entreverado estilo incesante de la realidad, con su puntuación de ironías, de sorpresas, de previsiones extrañas como las sorpresas, sólo es recuperable por la novela, intempestiva aquí. Afortunadamente, el copioso estilo de la realidad no es el único: hay el del recuerdo también, cuya esencia no es la ramificación de los hechos, sino la perduración de rasgos aislados. Esa poesía es la natural de nuestra ignorancia y no buscaré otra».



Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego. Buenos Aires: Manuel Gleizer, 1930.

miércoles, 22 de enero de 2014

Alijerandro, de Leopoldo Marechal



«DIRECTOR.- ¡Qué bestia fabulosa! Dígame, señor: ¡para qué lo mandamos al puerto?
ALIJERANDRO.- Mi oficio es reportear a los inmigrantes.
DIRECTOR.- Ajá. Y un inmigrante, ¿qué cosa es?
ALIJERANDRO.- Es un mortal que desafía las leyes del movimiento.
DIRECTOR.- ¡Estamos locos! No, señor. Ante los ojos del Lector Standard, un inmigrante, puesto en la cubierta de un buque negro, es algo que también echa sangre. Algo lleno de roturas, como la mujer degollada en el Lavadero.
ALIJERANDRO.- ¡Ya lo sé!
DIRECTOR.- Y entonces, ¿a qué vienen esas “plumas del ansia” y esos “alones borrachos del futuro” que tanto abundan en sus crónicas del puerto? ¡Alones! ¡Ja!
ALIJERANDRO.- Le diré. Un inmigrante, al fin y al cabo, es una golondrina, ¿sabe? La golondrina recién llegada está rota de cansancio, y no es difícil que llore. ¿Y sabe por qué llora? Porque dejó, al otro lado del mar, una primavera muerta, un nido vacío y tres pichones libres. Pero llora con el ojo derecho y ríe con el izquierdo, ¿a qué no saben por qué? Porque al llegar, y pese a su fatiga, ve delante suyo la cara de otra primavera. Señor, ¿quiere que le diga una cosa? La golondrina es el único animal que puede tener dos primaveras, dos nidos y dos polladas en un solo año. Y todo eso, ¿gracias a qué? A la potencia de volar.»


Marechal, Leopoldo, Alijerandro. Madrid: Del Centro Editores, 2012. Edic. crítica de Javier de Navascués.

martes, 21 de enero de 2014

Argentina, de Renata Mambelli (2009)




«Scese dal treno e affannate per strada sconosciute, sono arrivate al porto seguendo l’odore di salsedine e i passi degli altri. Tanta gente, così tanta. Valigie, cappelli, cesti, fagotti, bambini in collo: un corteo grigio e nero, macchiato dei vestiti a colori di qualche ragazza. Come una processione che scende verso il basso, verso il porto.
E qui, legata al molo come fosse sul punto di volare via, hanno trovato la nave.
Alta come una Chiesa, profonda di cunicoli infiniti, scalette, corridoi, tremante di un brivido continuo, un battere di cuore accelerato, ritmato dal rumore delle macchine.
Rumore, certo, chi avrebbe pensato che una nave fa rumore? Immaginavo qualche cosa di leggero, imparentato col vento, l’aria, il cielo, il silenzio. E invece no: la nave puzza, è nera, pesante e rumorosa, sa di ferro, di carbone, di olio e corde, risuona di passi e di grida e, soprattutto, trema in continuazione, come se fosse lei ad avere paura.
Quel tremito le sale lungo le gambe, le arriva al petto, e Assunta ora si chiede: cosa sono venuta a fare? Dove sto andando? Perché?»


Mambelli, Renata, Argentina. Firenze: Giunti, 2009.