“Años
después, Dante se moría en Ravena, tan injustificado y tan solo como cualquier
otro hombre. En un sueño, Dios le declaró el secreto propósito de su vida y de
su labor; Dante, maravillado, supo al fin quién era y qué era y bendijo sus
amarguras. La tradición refiere que, al despertar, sintió que había recibido y
perdido una cosa infinita, algo que no podría recuperar, ni vislumbrar
siquiera, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de
los hombres.”
Espacio para compartir los múltiples encuentros entre la literatura argentina y la italiana.
jueves, 28 de abril de 2016
"Inferno, I, 32" de Jorge Luis Borges (1960)
miércoles, 27 de abril de 2016
"Descubrimiento de Italia" de Jorgelina Loubet (1973)
“¿En
qué momento comienza el amor por un país que no es el nuestro y tampoco el de
los antepasados? Desde luego, necesita esta apertura una actitud que no es sólo
personal: el ambiente en que se vive debe resultar propicio al rechazo de
nacionalismos paralizantes. Así disponibles nosotros mismos, pueden afecto y
entendimiento inclinarnos a adoptar una tercera patria que amplía la visión
local y que fecunda generosamente toda búsqueda.
Creo
que mi amor por Italia comenzó en un banco de colegio y aprendiendo su lengua.
Sonora me resultaba la prosa de Manzoni, estremecedores los versos de Leopardi.
Pero, adolescente yo misma, mi amor, aunque tumultuoso, era inseguro como todo
amor adolescente.
Años
después visité a Italia y ahora sí creo que me es posible decir en qué momento
preciso reconocí la hondura de mi sentimiento, creciente más tarde a cada nuevo
contacto. Había recorrido entonces Génova, Nápoles y Roma, y con ellas sus
aledaños. Capri acababa de desplegar, ante mis ojos deslumbrados, un cielo azul
y un mar azulísimo. Me sentía bien: la afinidad, sin duda, guardada se iba
expandiendo en mí, dichosamente, con cuanto veía. Campiñas y ciudades me encontraban
siempre dispuesta a la admiración. Yo ejercitaba divertida la lengua que había
estudiado, curioseaba paisajes y seres, atisbaba problemas de postguerra,
espiaba el futuro italiano. Pero curiosear, atisbar, espiar son actos que se
cumplen desde afuera. Faltaba algo a mi admiración: de algún modo debía hacerse
ella recogida, más secreta, más íntima que ese despreocupado júbilo con el que
iba escandiendo mis descubrimientos. El amor no es sólo alegría, el amor
necesita de la lágrima para consolidarse.
Entonces
llegué a Florencia. Para ella, más que para ningún otro lugar de Italia, tenía
preparado yo mi ardiente avidez. Era aún joven para estimar con justicia el
largo preludio de colinas y valles que me las escamoteaban. Impaciente por
abrazar a la ciudad, apenas si consignaba con algo más que con precisión
topográfica los pinos y olivares, los verdes y grises, desde el plata al
ceniza, de la Toscana que corría tras el amplio ventanal del ómnibus en el
atardecer de un abril claro y liviano. Reí de gozo cuando mi pie impaciente
holló las piedras milenarias. No perspectivas aceptaba entre mi afán posesivo y
la deliciosa ciudad, no distancias entre mi ojo que tocaba casi cuanto veía y
las imágenes codiciadas.
Palmo a palmo me adueñé de Florencia.”
Fragmento
de “‘Descubrimiento’ de Italia” de Jorgelina Loubet en Revista Lyra. Número-homenaje a Italia. Año XXXI, N° 225-27, 1973.
"Italia en la formación de un chico" de Carlos Mastronardi (1973)
“Como
tantos hijos de aquellos italianos cuyo destino se cumplió en esta tierra, el
influjo de mis antecesores gravitó resueltamente sobre el chico que fui alguna
vez, por mucho que el ámbito nada tuviera de peninsular. Ese ámbito era el de
Entre Ríos o, más precisamente, el de Gualeguay, ciudad chica o pueblo grande
cuya edad pronto alcanzará los dos siglos. Allí como escondido en esplendores y
siempre acechado por los cielos y las calmosas aguas, se grabaron mis primeras
experiencias que, siquiera por vía emocional o afectiva, incluyen a Italia.
No
me mueve el propósito de narrarme ni me ofrezco a la curiosidad del lector,
pero como soy la suma de las impresiones que en mí genera el mundo, pienso que
éstas me determinaron de manera profunda. La cultura italiana es parte de ese
remoto acervo. Sin embargo, en función del tiempo que recuerdo, tiempo en que
todo es mágico y fabuloso, más bien debería referirme al tierno asombro que en
mí promovía la imaginada Italia. Más que de ‘cultura’, palabra que lleva algún
sabor artificioso, máxime cuando evoco años de infancia, cabría hablar de pasmo
admirativo o de prodigioso encanto. No otras son las direcciones del ánimo en
el chico, para quien todo se vuelve descubrimiento feliz, pues comienza a
sospechar que el mundo es numeroso y diverso.
En
la tranquila Gualeguay, en una época reposada, cuando aún no se quería manejar al tiempo, transcurrió el suave
período que intento rescatar. En la región cuya cabecera es dicha ciudad, y
también en zonas vecinas, mi padre cumplía sus tareas de agrimensor. Señalo
estos hechos mínimos para subrayar que, en virtud de su profesión, los libros
más visibles en su escritorio eran los de matemáticas. Es natural y explicable que
la tabla de logaritmos y los áridos manuales de Geodesia ocuparan el primer
plano. Tras ese plano evidente se escondía el ‘segundo mundo’ de la biblioteca
paterna. Los estantes más lejanos excluían el lenguaje impersonal de los
guarismos y los teoremas, ya que estaban casi enteramente dedicados a las
letras italianas.
Nuestro
padre nos adoctrinaba con ánimo jovial, encabezando a veces la festiva columna
que formábamos los cinco hijos alineados con marcialidad risueña. Por entonces,
en razón de nuestra corta edad, todo respondía a una suelta voluntad de juego.
El agrado desplazada a la rígida coerción escolar. En fila y a paso de marcha,
con unos pintados jalones al hombro –elementos de trabajo del progenitor– recorríamos
el patio entonando aires militares italianos. Puesto que se trataba de un
desfile, nada mejor que acompañarlo con marchas. Sólo recuerdo aquella
despedida, para nosotros alegre, de quien debe partir para la guerra:
Addio, biondina, addio,
che la armata se ne va…
El
padre mandaba la diminuta legión y proponía la letra, pues su empeño no era
otro que enseñarnos, como al descuido, su idioma patrio. En lo que respecta a
juguetes, aparate del teodolito y los sextantes, me divertían ciertas pequeñas
armazones de cartón coloreado que reproducían algunas bellezas arquitectónicas
de Florencia. Solía llevarlas al campo para armarlas, mientras mi padre cumplía
su trabajo junto a los paisanos que lo ayudaban a tender las cintas métricas y
que le conocían por ‘el mensurero’. Tanto como esos cartones pueriles, aquellos
viajes tenían para mí la seducción de la aventura.”
Fragmento
de “Italia en la formación de un chico”, de Carlos Mastronardi en Revista Lyra. Número-homenaje a Italia.
Año XXXI, N° 225-27, 1973.
Sulla memoria, Conversazione con Umberto Eco. Regia di Davide Ferrario (2015)
~ Parte 1 ~
~ Parte 2 ~
~ Parte 3 ~
La Divina Comedia, Siete noches, Conferencia de Jorge Luis Borges (1980)
Conferencia de Jorge Luis Borges sobre la Divina Comedia.
Teatro Coliseo de Buenos Aires, junio de 1977.
"Italia", de Jorge Luis Borges (1961)
“En Roma se reconcilian y se conjugan la pasión dialéctica del griego y la pasión moral del hebreo; el monumento estético de esa unión de las dos direcciones del espíritu se llama la Divina Comedia. Dios y Virgilio, la triple y una divinidad de los escolásticos y el máximo poeta latino, traspasan de luz el poema. Esta armonía de la antigua hermosura y de la nueva fe es una de las múltiples razones que hacen de Dante el poeta arquetípico de Italia y, por ende, de todo Occidente”.
Nueve ensayos dantescos, de Jorge Luis Borges (1982)
“Declina
el día, se fatiga la luz y, a medida que nos internamos en el grabado,
comprendemos que no hay cosa en la tierra que no esté ahí. Lo que fue, lo que
es y lo que será, la historia del pasado y la del futuro, las cosas que he
tenido y las que tendré, todo ellos nos espera en algún lugar de ese laberinto
tranquilo... He fantaseado una obra mágica, una lámina que también fuera un
microcosmo; el poema de Dante es esa lámina de ámbito universal.”
Jorge
Luis Borges, Nueve ensayos dantescos (1982).
Domenico di Michelino, “Dante y su
poema” (1465).
Catedral de
Santa Maria del Fiore, Florencia.
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